martes, 24 de abril de 2018


Lo sé. Plenamente consciente soy de ello. Es más, siempre lo he sabido. Este es el mejor momento de la (mi) vida. Es el presente que acaricio en cada instante. En todos los presentes que llevo de camino en mis cincuenta y tan pocos años de recorrido. Lo fue en mi niñez, en mi adolescencia y las etapas posteriores. Quizás sea mi afición por conducir. Desde los trayectos por las interminables y llanas autovías, o por valles llenos de plenitud de bellísimos paisajes, por carreteras solitarias, por senderos intransitables, por lúgubres medianías de baches caprichosos, por montañas escarpadas e indómitas, hasta por desiertos de dunas impenetrables o incluso he disfrutado atravesando túneles configurados por la sorpresa y creatividad de la ingeniería humana.


Todo es un mejor momento. Si de algo he sido testigo es de saber aprovechar los vaivenes de la senda de la vida. He sido muy afortunado. Lo vivido ha sido siempre óptimo aprendiendo a aprender de las circunstancias y la sensibilidad de la longitud y altitud de las relaciones con mis semejantes. Mi mayor éxito ha sido emparejar mi empuje con el camino de la vida.

Elijo a las personas que crean valor o pueden crearlo en la proximidad. No he tenido ningún remordimiento en apartar al enjambre de mediocres que intentaban inyectar toxicidad o sombras en mi bienestar. Es en el fondo un arte sutil que va modelando el destino con los manejos del espacio y por encima de todo, del tiempo.

Cada día, cada instante, cada momento, va incrementando mi entusiasmo por la luz que proyecta el silencio de saber escuchar, de hacer lo correcto en la excelencia de lo que yo sólo en mi independencia pienso que es delicadeza y bondad, de reconocer la crítica, de otear en la cercanía los recuerdos que brillan en mi memoria, de la paciencia que simboliza la lluvia, del frescor de la cándida nieve, de prescindir de cualquier posibilidad de síndrome de inferioridad, de no dejar piedra que levantar, de distinguir con nitidez el momento siguiente, de querer a los que me quieren, de comprender a los que no me entienden, de cumplir los sueños que solo son míos, de flotar en la burbuja de mi imaginación, de proteger y cuidar a las personas más cercanas a mí, del derecho a elegir mi propio destino en cada segundo, de no obcecarme con conquistar la estima ajena, de procurar acompasar mis pasos con la simplicidad de una melodía.

Es el mejor momento de la (mi) vida. Sin duda. El de mañana también lo será, como le ocurrió a mi pasado. Me siento inmortal frente a la fugacidad de las cosas. He ido perfeccionando en el modo de fluir la vida a darle valor a las cosas, a los acontecimientos, a la confianza en la condición humana, a trazar con las reglas establecidas por mi razón el círculo de formas de convivencia magistral, a desterrar las expectativas de la otra orilla inalcanzable de los absolutos, a dejar de sufrir con las decisiones.

Nunca me ha atraído la nada, ni el vacío de los textos invisibles, ni siquiera imitar la apariencia de un hombre plagado de éxitos. Ya no me cautivan las redes sociales que cada vez utilizo menos. Escribo por mí y para mí. Me encantan los libros, y por tanto descubrir la estética de lo desconocido, del conocimiento, de dejar las cosas en paz, de observar mi entorno, de aullar sin ruido, de aceptar la continuidad del presente, de buscar lo que se ignora, de construir un hogar a la imaginación.

Es el mejor momento de mi vida. De la vida. Lo es siempre. Sólo hay que encauzarla y aprovecharse de ella.


jueves, 8 de marzo de 2018

Escribir sin palabras. O cómo escribir una carta que no piensas enviar. Da igual. Dos cosas formadas por su propia simetría; por un vacío de tejer y moldear un relato de cortezas fosilizadas en nuestro propio miedo. Si uno lo piensa a conciencia es el relato absurdo del mundo que vivimos de singular prestancia y vulgar decadencia y de principios. Alguien pensará que exagero. Es posible o quizás me guste exagerar las cosas exhibiéndolas en su punto más extremo y más radical, pero al fin y al cabo de un relato real. Constante. Diario.

Nos empeñamos en la necesidad de tener mitos de carne y hueso; de esos espejos iluminados e iluminantes que nos impregnan de anhelantes fantasías. Esa es la radicalidad. A mí, personalmente y profesionalmente, me gusta pensar que no debería ser así. Que el mito está en nuestro interior, en nuestro protagonismo, en nuestro modo de vida. Pienso que los mitos allende a nuestra personalidad provocan tensiones sostenibles (o insostenibles) que corroen como el ácido nuestros pensamientos, y lo más preocupante, nuestros sentimientos. Los mitos insertan leña para nuestro peregrinar de las obsesiones.  
Escribimos sin palabras. Al menos las que no deberíamos escribir. Somos incapaces de reconstruir una historia a causa de nuestra enfermiza confianza en los dotes de persuasión y no entender al mismo tiempo que la gente pueda discrepar. No sabemos expresarnos en un mundo que no sabe escuchar y por tanto queremos coincidir sin que lo parezca disfrutando de la incapacidad de sortear las sandeces.
Los libros no se pueden leer eternamente. Alguna vez hay que cerrarlos. El problema es que lo clausuramos en una lectura inacabada como esa felicidad que puede inscribirse en un instante fugaz. Al final, extraemos lecciones de ese incompleto manual queriendo construir nuestro propio mundo en breves líneas y con rostros de emoción cambiante y parasitismo.
Los milagros no duran para siempre, especialmente los de los demás. Si queremos moldear palabras de lo inexplicable, escribiremos en el vacío, sin palabras, en relatos sin transcendencia, o mejor dicho, relatos que se ahogarán por sí mismo en la rueda de la intrascendencia.
La gente cree a pie juntillas en el poder de las expectativas, cuando lo que importa es el ahora, incluso en nuestros planes de futuro. Nuestro paso de ventaja sobre uno mismo empieza disfrutando de la envolvente vida cotidiana desterrando la severidad de formas en el territorio de las sombras.
Es lícito escribir sin palabras con la tinta de la necia altanería. Pero corremos el riesgo de que se quede en nada y en la nada. Es por ello que existen las burbujas. Una palabra muy habitual en la que nos encanta sumergirnos en el vaivén del entorno y que ensalzamos sin una pizca de análisis.
Escribir palabras sabias con relatos que impulsen un paso firme de ventaja sobre nosotros mismos. Sin burbujas. Así será factible que las cartas lleguen a su destinatario, que no es otro que nuestra evolución constante.

lunes, 19 de febrero de 2018

Uno debe siempre llevar consigo la sensación de estar lleno de grandeza. Lo cual facilita que una buena reputación extienda sus raíces en la sencillez que encuentra el verdadero modo de diferenciación, o en replantearse temas ya superados con la perspectiva que otorga el tiempo, y por tanto no especular sobre situaciones que quizás hubieran terminado de manera distinta.

Las cosas vienen como vienen. A mí me encanta verlo así. Con un toque ligero de ensoñación, de ficciones que nos gratifican. Los éxitos y fracasos son fragmentos subjetivos, y jamás el juicio de muchos. La buena reputación son miradas nuevas sobre nuevas cosas, del deleite sin prisas en el espíritu de esas mismas cosas, de descubrir los gestos cotidianos, de saber estar en la sombra y disfrutar de la luz.
Mi buena reputación me la erijo yo, sin nadie que me diga o que me indique o me soflame de ideas atraídas por la estrechez de criterio, o de crápulas que se esconden sobre etiquetas de marca personal, de branding, del egoísmo que engordan su propio laberinto de idolatría.
La buena reputación no significa, ni implica que la vida de los demás gire en torno a uno mismo. No lo puede ser. Detrás de muchísimos grandes influenciadores de la red se esconden seductores de la nada. Sólo hay que rascar. Vacío, humo. Se esconden en la anónima irrealidad.
Mi buena reputación, la mía y no la de los demás, considera a la vida un asunto más bello que pronunciarse sobre determinados aspectos de la realidad que adquieren valor de mandamiento. Mi buena reputación le da más valor a lo esencial que a lo superficial, de disponer del tiempo a mi entero gusto, de poder amar eternamente un instante, de poder manejar con fluidez por encima de los laberintos del contexto.
Soy dueño y garante de mi índole, de mi equilibrio, de mi coherencia, de darle mayor sentido a mi propia existencia. De poder sumergirme en las complejidades del silencio que rellena los vacíos. De atravesar los túneles más complicados para encontrar serenidad. De saber en cada instante superar los tormentos ocasionados por las dudas que nos acompañan en las experiencias sutiles sin fatigar el tiempo.
La buena reputación me implica en la realidad de la gente común. En discurrir los pensamientos al borde de la aventura. En gozar del cálido descanso que tienen los momentos de soledad. En saber que jamás debo ser esclavo por no atreverme a decir que no, en la sensación de final con un gran principio a la vista, en disipar las brumas de la memoria.
Mi buena reputación. La mía.

jueves, 11 de enero de 2018

La eterna cuestión. La inmortal respuesta. A vueltas con la felicidad. A quién se le habrá ocurrido el invento de tan soberbia palabra. Oh, la la. Y si tienes la osadía de preguntarlo, nadie sabe qué significa con exactitud. Se oye, se dice, se comenta, se imagina, se desea, pero en el fondo saber como saber, pocas mentes manejan con dignidad su figura.


Fue en el posterior ronroneo de una reunión donde unos empresarios consiguieron --eso sí, tras multitud de idas y venidas-- una financiación para un gran proyecto. “Ya soy feliz”, comentó alguien. “Pues no te queda nada para serlo”, respondió otro. A partir de ahí, y con los rostros mezclados de emoción y cansancio, un tercero me hizo la temida pregunta: “Y tú que no dices nada, ni expresas alegría después de haber impulsado este acuerdo, ¿hay algo que no está bien? ¿no eres feliz? “. Tras unos segundos de silencio, argumenté: “Nunca lo he pensado. No lo sé. Quizás si me explicas de que se trata eso de la felicidad, podré satisfacer tu curiosidad”. Claro, no supo, ni a mí, ni a las personas que se encontraban ya distendidas en la amplia sala, explicarlo con nitidez, o con conocimiento. “Tu felicidad, siempre que conozcas, o que creas que lo es, no puede depender de un poder económico que tampoco tienes. Es sólo un paso.”, le expuse yo.
A partir de ese momento, se abrió una especie de tertulia que no se abandonó hasta altas horas de la madrugada. Algo muy práctico, pero sin conclusiones.  Les hice ver, quizás por la madurez que entraña muchos los muchos años de experiencia, que la felicidad o lo que sea, no la da el dinero, y ejemplos de lo que argumento hay cientos de miles, y que se equivocan de todas, todas, si la financiación lograda y el frágil poder que representa era el cénit de sus aspiraciones.
Es mucho menos que eso, traté de exponer. O más, según el prisma como se observe. No me van los papeles de gurú, o de dar consejos a nadie, así que lo que hice fue exponer en voz alta mis reflexiones, mis pensamientos. Algo así como dar curso hacia apuntes mentales que a lo largo de todo un recorrido de usos y manejos influyen en el estado social, profesional y personal. Un espejo que vuelve.
Quizás eso que llamemos felicidad tenga mucho de estilo de vida, de equilibrio. No depende de poder económico, asunto al que me he referido. Es el valor justo que se le dan a las cosas. Las que tienes y las que no tienes. Mucha gente dice que para avanzar hay que tener ambición. No estoy seguro de ello. Me inclino a pensar que no. Me gusta creer que el poder de la imaginación nos hace infinitos, mucho más que la cartera llena de ambiciones desmedidas. 
Ese estilo de vida al que me refiero, es vivir el presente siempre con las reflexiones justas e imaginativas de un futuro que no retorne al pasado. A experimentar en tu propia piel las fuertes sacudidas de los cambios, e incluso vivir el miedo de un fracaso y posteriormente aprender de él. La vida se aprende viviendo. En la ternura de esa locura que te hace perder el norte para descubrir que siempre existen nuevas metas y direcciones. En disfrutar de lo que estás haciendo. En las pequeñas acciones. En no tener como prioridad a quien te tiene como una opción. A defender el silencio, tu silencio, como una clase magistral de sabiduría. En extraer lecciones cuando compruebas de primera mano quien está y quien no está, cómo se comportan tus allegados, amigos, cuando ya no necesitan de tus impulsos. De ver como existe un rico manantial en tu interior de logros y que no se hallan fuera de ti, o dependen del capricho del otro.
Es posible que ese estilo de vida tenga que ver con ese concepto de la felicidad. Un estilo donde no puedes actuar como víctima de unas circunstancias que uno mismo crea. Un estilo que no se basa en un paradigma, sino en capítulos diferentes. Estar en paz consigo mismo. En lograr que lo que te hiere hoy, mañana te hace más sólido. En dejar huella en vez de heridas. En valorar por encima de todas las cosas a esa persona que es capaz de dibujarte humildemente una sonrisa en tu rostro. Ese estilo de vida que te hace sentir, que eriza tu propia piel. Cuando se capta la libertad al dejar se sentir vergüenza de uno mismo. Y por qué no, ser capaz de construir la puerta de las oportunidades y llamar con perseverancia y sentido común.
Un espejo que siempre vuelve cuando tus actuaciones y tus pensamientos se ordenan a la misma vez que se tiene la plena seguridad de no dar marcha atrás al reloj del pasado. Nuestro mundo, nuestro estilo de vida, es como nosotros lo cimentemos con los ajustes de personalidad imprescindibles.
Pocos procesos son tan grandiosos en tu estilo de vida como el tener que reinventarse o reencontrarse.
No sé si es la felicidad, pero sí estoy seguro que es mi estilo de vida. Aún caben más cosas que no se pueden encasillar en un solo concepto. Creo que me dejo muchas.

martes, 5 de diciembre de 2017

Uno de los mayores desatinos que me encuentro en las estrategias y la gestión de ciertas organizaciones, quizás demasiadas, es esa manía espectral de mirar hacia el pasado; a unir piezas inconexas que pretendan articular un nuevo sendero a recorrer sobre pasos ya andados. Es como si se deseara iluminar un mundo de tinieblas (con más densidad o no) cuyo fondo es un espectáculo oscuro de naturaleza severa. 

Mi consejo que es siempre el mismo, eso sí, adornado según matices de la organización donde me hallo, es no pensar tanto en un pasado al cual hay que considerar como una puerta ya cerrada de forma permanente. Es verdad que es inevitable arrastrar lastres. Incluso, analizar cosas o hechos con una mentalidad sin perspectiva histórica o incapaz de desenmascarar nuestras propias incapacidades.
A muchos les asusta el gen de lo nuevo, de los cambios. Quizás les atraiga jugar con el peligroso mito del eterno retorno. O bien les encanta esa posición inmóvil de estar siempre mirando hacia atrás. Según sus argumentaciones, respetables en todo caso, es que están saturados a causa de esa agotadora espera de que las circunstancias sean las perfectas. Son, pues, de esa clase de personas que están muy acomodadas en la decisión de dejar el destino en otras manos y que ruedan en la noria de hablarse de sí mismo en vez de sus proyectos de vida o de negocios.
No meditan o incluso no creen estar suficientemente preparados para llegar a  convertirse en su propio mago que hiciese desaparecer para siempre lo que se produjo en el pasado. Parecen disfrutar en sufrir por dos veces sin percatarse de que es una pérdida de tiempo. No es imprescindible dejarse fluir hacia donde nos lleva el paisaje de nuestras vidas o retos profesionales; es más simple que eso, es anticiparse en el disfrute de ese paisaje y poderlo manejar por lo que uno quiere.
Ya somos todo lo que nos ha pasado. No debemos flagelarnos por el hecho de que la vida no haya transcurrido por el camino que deseábamos. Es esencial vivir nuestras propias vidas, dejando al vaivén del olvido lo que deberíamos haber hecho o dejado de hacer. Siempre es el momento idóneo de volver a dirigir el curso de nuestras vidas. Es más, los huecos del entorno donde aportar nuestro granito de arena siguen estando disponibles.
Ni siquiera las organizaciones más preparadas, ni las mismas personas que la integran, ni la vida laboral o profesional, pueden huir de las expresiones pretendidamente ciertas o severas, o que intenten prevalecer opiniones o de que se hable bien o mal de uno. En ciertos errores o fracasos, soy de la opinión que hay que seguir creyendo en el entorno que nos rodea, aún a riesgo de observarlo desde ese habitáculo del silencio en el que muchas personas se sienten acomodadas.
Nada se gana mirando atrás. Ni haber hecho o dejado de hacer.
Es vivir nuestras vidas. Hay más campo siendo optimistas.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Un examen mesurado y prudente cimentado en la sensatez. Una visión aprendida y antológica del porvenir y del paso corto de la realidad del presente. Es la emoción y actitud cambiante que reduce la pesadez del vago contorno de las tareas habituales. La capacidad de construir el mundo en tres páginas de innovación como fuente de secreto compartido. Es hacer, fundar, desde la mirada que volatiza las palabras huecas, una columna de anticipación de triunfos intemporales e inexorables.


Así es la estrategia y la calidez de la mirada que la acompaña. Así es esa estrategia que le encantaría pensar que la necesitas porque te defiende, te define y te impulsa. Es la que proporciona la estabilidad y el equilibrio imprescindible mediante gestos de juicioso conocimiento para así impedir que te ahogues  en la intrascendencia.

Existe lo que hacemos, pero también lo que no hacemos o lo que dejamos de hacer o las oportunidades malogradas.  La mirada estratégica mesurada y prudente desde el compás rítmico de la sensatez que te rescata del tedio, te permite anestesiar esos recuerdos irrelevantes, te transforma anhelantes fantasías en sueños posibles que pinta en colores alegres esa realidad que combina en tono gris.

Una buena reflexión estratégica crea el ambiente ideal para encontrar el lugar perfecto donde toda esperanza arraigue; donde su mirada nos enseñe magistralmente a comprender, a entender el corte de un traje del entorno que nos facilite extraer de la manga una carta ganadora.

La mirada estratégica nos muestra el camino. Unos más enrevesados. Otros más sencillos. Esa libertad de opción de poder vislumbrar su pulcra longitud, de seleccionar el calzado adecuado para afrontar su recorrido. .Incluso de reventar la imagen negativa del sacrificio como arte del éxito. No es suerte, ni siquiera azar. La mirada estratégica marca con sello profundo nuestro devenir; nuestro andar por el presente; lo que queremos ser.

Se equivocan aquellos lentos de reacción  que se escudan en que los ojos de la mirada estratégica no son más que una cualidad con la que solo algunos privilegiados nacen.

La mirada estratégica. Existe lo que hacemos y lo que no hacemos. 

martes, 5 de septiembre de 2017

Hace ya algunas fechas impartí un pequeño seminario sobre estrategia y gestión para directivos de una multinacional. Al finalizar la última sesión de trabajo, una mujer bastante joven me comentó si le podía recomendar algún libro o manual que ampliara su visión acerca de las nuevas tendencias de “management” a las que yo incidía y reincidía en mis clases. Algo normal que sucede de inmediato al finalizar las sesiones y más en este tipo de formación cuyos asistentes interesados teóricamente por ampliar conocimientos se muestran ávidos de inquietud en metodología estratégica y operacional. Vamos, esos libros que se adquieren para adornar las librerías y la mesita de noche y casi nunca se leen.



“Pues sí, te puedo recomendar uno, en mi opinión, excelente, muy de actualidad que si lo lees desde una óptica de mente abierta al sarcasmo de la realidad  te podrá mostrar fehacientemente el entorno en el que vives y así poder tomar y completar tus decisiones personales y profesionales.”—le comenté.  

Le recomendé “El proceso”, de Franz Kafka.

No hube de esperar mucho. Tres segundos, quizás. Un directivo más experimentado y maduro mostró su sorpresa. Enorme, a su parecer. Me imagino que se esperaban que les recomendara algo más actual, dependiendo a lo que entendieran por “más actual”. O más chic, no sé. Pero me refrendé en dicha sugerencia. Que era un libro clásico, magnífico, escrito por los años veinte por un narrador insolente y extraordinario; un libro de casi cien años de existencia. Que si querían ampliar otros conocimientos, también podían recurrir, si no les apetecía como era lógico y normal seguir mi recomendación, a esos buscadores de internet que te pueden facilitar ese tipo de información, incluso críticas y comentarios sobre diversos manuales o libros de ayuda o autoayuda. Los hay por doquier, algunos muy buenos, sobre “management”, pensamiento estratégico, dirección estratégica, marca personal, e inteligencia emocional y no digamos tutorías visuales.

Pero insistí que hicieran la prueba. Que si querían comprender o captar el mensaje de la realidad en la que vivimos en este presente por el que cohabitamos, yo les sugería que lo leyeran. Unas trescientas páginas. Nada farragoso. Un fin de semana que merecía dedicarse a su lectura. El aprendizaje y la visión de las cosas surgidas de la lectura de este imperial libro son asombrosos. Ni tenían que comprarlo. En cualquier biblioteca pública lo tenían seguro a su alcance. Incluso me arriesgué a preguntar si alguno de los presentes alguna vez lo habían leído. Ninguno, claro. El directivo que había mostrado su sorpresa me indicó que un amigo le había descrito el libro como “espeso e infantil”… Una opinión tan respetable como la mía. Lo primero no estoy de acuerdo, sin más;  lo segundo quizás, y según la óptica no idónea, la cerrada.

“El proceso”, reitero, escrito en los años veinte del siglo pasado, describe a la perfección y cien años después, de una forma sarcásticamente magistral e irónica la deformación de los hechos cotidianos de una sociedad, de un sistema tal cual lo entendemos y lo sufrimos. Me imagino que la de entonces también. Pero creo, en mi modesto entender, lo que describe visionariamente es a esta sociedad, la actual, de forma implacable e impecable. Que es la que hay, la que sufrimos. Que es lo que necesitamos entender para poder tomar conciencia, si lo pensamos, si nos fijamos bien, si lo reflexionamos de forma racional y lógica, de lo que ocurre a nuestro alrededor e incluso de nuestro proceder, de nuestro espejo. El inmediato y el lejano. En lo político, en lo cultural, en lo económico, en lo social, en lo familiar, en lo personal, en lo profesional…

Es decir, una sociedad de diálogos sordos; de monólogos eternos de querer imponer a toda costa; de intentar deformar la realidad subjetiva, pero especialmente la objetiva, de los hechos para acomodarlos a nuestros intereses; de caprichosa destrucción de las personas;  de la ineptitud para la escucha activa con el fin de ampliar el espectro de lo banal; de la desorientación del liderazgo; de idolatrar a los personajes incómodos por su rudeza y estupidez; de premiar la incertidumbre y la inseguridad; de ese horrible gusto por enfrentar posiciones paralelas que nunca tienen esa necesidad por converger; de la cultura ya muy arraigada de la hipocresía como si fuera un derecho inalienable; del refinamiento por distraerse de lo esencial; de no querer, ni poder, cuidar las palabras ni las formas; del insulto fácil y la destrucción simple de la dignidad; de la burocracia longeva; de los procesos y los proyectos no entendibles…

Comprender o captar el mensaje de esta descripción de la sociedad que anticipó Kafka nos es muy útil y práctico para planificar y gestionar. Y lo que es más importante, para vivir, para despertar del letargo a lo que estamos habituados a soportar.  Siempre digo que sólo de nosotros depende desterrar estas costumbres y formas de proceder, que por otra parte están muy de actualidad y muy arraigadas. En los debates, en nuestras conversaciones, en las charlas, en las noticias…en general. Tenemos que vivir, no subsistir. No tenemos que adaptarnos, sino liderar los cambios.

Ese es el libro que recomiendo. “El proceso”, el genial Franz Kafka. Estrategia y Gestión (en mayúsculas)  al más puro nivel de lo absurdo para entender la realidad absurda de hoy en día y así poder tomar decisiones transcendentales.



viernes, 28 de julio de 2017

No existe libertad más idílica que poder soñar despierto con los ojos solidarios de la realidad. En época estival, todavía mucho más, cuando los pensamientos te pertenecen y los sentimientos se expresan sin aversión. Cuando las olas se muestran perezosas y la brisa te moldea el carácter con lentitud insolente.



Es un período diferente, que deja atrás silencios austeros, que impone miradas que hablan por sí solas, nobles,  que permite escuchar el propio lenguaje intrépido y aventurero. Es el gozo de una compañía que se encuentra a sí misma y que muestra el sueño del camino de toda una vida.

Unos sueños de eternidad conquistada de buen corazón que ayuda a mantener buena cara y mejores deseos en la espuma frenética de los cambios de nuestro entorno. Son los sueños, los sueños son. Esos donde uno sale del encierro de esos manuales que nunca se llegan a abrir, del impulso de una devoción caballeresca, de afrontar verdades y contagiarse del amor propio. Esos sueños que permiten arraigar una conciencia que no se reprocha posteriormente, de buscar a tientas una melancolía impune y positiva a lo largo del calor de una sonrisa.

Es por ello y por muchas más razones que los sueños se pintan con hermosos lápices; que sugieren con notoria indiferencia olvidar angustias físicas y económicas, e incluso metafísicas; donde la imaginación se nutre de historias novelescas donde se es capaz de levantar el vuelo a la misma creatividad que anticipa su incumplimiento de cadenas forjadas de costumbres áridas y vacías.

Me encanta el verano. Ese período estival donde nos transformamos en personajes de carácter y destino, lejos de furtivas miradas, donde procedemos a dar rienda suelta a la simetría de los hechos, a la inquietud, a las expresiones fascinadas, al atrevimiento de la opinión, al relato sin miedo del disfrute de la escucha activa, de los recuerdos que destellan brillo en los ojos, del paraíso de un amanecer, del silencio atronador e incómodo más sólido, de olvidar miedos agónicos y alejarse de los meandros sin sentido.

Debería ser siempre así. Soñar con los ojos bien abiertos. Sin expedientes de urgencia e incertidumbre pero divirtiéndonos con nuestras propias contradicciones; qué seríamos sin ellas. Los sueños bien pintados impulsan claridad de propósito, de realidades que nos son entregadas, del arte sutil de poder oir nuestro corazón latiendo en la oreja, de ser actores protagonistas en la batalla de nuestro interior, de mezclar el presente con la leyenda inapelable de nuestra historia, de recuperar muchas de las palabras que se habían perdido en el aire.


Los sueños son así. Llegan con un confuso rumor de fondo a la orilla de nuestra alma pudiendo escoger las grandes oportunidades que la vida es capaz de entregarnos, de regalarnos, con fantasías exquisitas. Los sueños, si uno quiere, pintan muy bien; con lápices extraordinarios y de colores vivos. 

jueves, 25 de mayo de 2017

Me encanta esa creatividad cimentada en sinceras y sutiles dosis de sinceridad con uno mismo. Me encanta esa creatividad que empatiza con las formas, con los detalles y se enriquece con los diversos puntos de vista. Me encanta esa creatividad que no se dota de buenas o malas ideas, sino de las que simplemente encajan o no. Me encanta esa creatividad que puede escrutar, que puede ver, aquello extraordinario en lo aparentemente normal. Me encanta esa creatividad que, en medio de inaccesibles entornos, encuentra las circunstancias que potencian nuestras habilidades, nuestras fortalezas.


Me encanta esa creatividad que se inicia con un pequeño acopio de información; mucho mejor y más eficiente que esa excelente y cuidadosamente medida inspiración vacía de sentimientos y planes de futuro. Me encanta esa creatividad que se construye a través de preguntas reveladoras que limpian de impurezas y estereotipos a nuestra mente. Me encanta esa creatividad que quiere liderar nuestro entorno, el de aquí y el de allá, y se mueve tan veloz que debe confrontar el coraje suficiente para incorporarse, cada instante, cada momento,  al eterno cambio de la operatividad diaria y la estructuralidad futura.

Me encanta esa creatividad que aprende a vivir con la duda y que no la castiga, ni la hace exigente e inconformista; que convive con la incertidumbre; que se aprovecha del miedo para navegar a favor de la corriente de la coherencia y del equilibrio y así completar el mapa del liderazgo. Me encanta esa creatividad que cuestiona las cosas. Me encanta, por supuesto, esa creatividad que late en el mundo de las ilusiones y los sueños.
Me encanta esa creatividad que presta atención sana al entorno en el que se producen las ideas y  no rebaja el valor de la evidencia de la historia. Me encanta esa creatividad que atiende a los caminos que iluminan el liderazgo del ser humano. Me encanta la realidad en esa creatividad que no sólo piensa en el hoy, sino además, en los objetivos a medio y largo plazo que clarifican la estrategia del movimiento para cambiar a un mundo que no es perfecto.

Me encanta esa creatividad que sabe inteligentemente desterrar a los pensamientos inútiles y así poder cambiar de rumbo; a evitar que cualquier controversia que se plantee no se tome como una disputa irreversible; que esa creatividad impulse la transformación en el planteamiento de las cosas que no podemos cambiar porque no depende de nosotros. Me encanta esa creatividad que cuenta, que considera que los hechos futuros son imperfectos; que comprende que la verdad absoluta conduce a la irrelevancia, al fanatismo. Me encanta esa creatividad que aporta soluciones y no se obceca.

Me encanta esa creatividad que usa la experiencia impagable del fracaso para entender, para comprender mejor los errores o los fracasos de los demás. Me encanta esa creatividad que encabeza un liderazgo propio que sabe convertir ideas en acciones que encajen, en realidades. Me encanta esa creatividad que se readapta constantemente, que se reinventa, que sabe sufrir; al mismo tiempo que sabe descansar la mente.


Me encanta esa creatividad, que con sus pequeños empujes, transforma y mueve al mundo. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Fue en pleno verano. Hace tres ya. Una tarde de julio insulsamente tórrida e impregnada de ambigüedades tuve que asistir a una reunión en la que  insistieron mi presencia y de muchos otros –me imagino que por el miedo de no completar aforo-- y escuchar una sobredosis de profundo y tierno ego de un convocante que ya conocía por sus groseras formas. Pero asistí. He de decir que sin demasiada ilusión y un poco de modorra.


Esa tarde impracticable se convirtió en uno de esos momentos inolvidables que uno recuerda –o tiene siempre presente, o el recuerdo le obliga a tenerlo siempre presente-- en el transcurso de su devenir personal y profesional. Una tarde, que pese al bochorno y un imperceptible aire acondicionado, oxigenó mi mente de impurezas como pocas veces recuerdo. Una ventolera saturada de cambio en la percepción de un modo anodino y particular de pensar –y practicar--sobre los retazos del comportamiento humano. Un antes y un después, vaya.

En esa tediosa reunión conocí a un tipo mediocre del que ya tenía referencias mediocres. Uno con apellido conocido de familia –de esos compuestos—y tan ilustre como el betún agrietado. Se sentó a mi lado, cosa que me extrañó en un principio, al dispensar la sala multitud de huecos vacíos donde poder ubicar sus posaderas. No sé todavía cómo se arregló para que en el transcurso de la reunión y en medio del fragor de una  charla de medias verdades y palabras que se perdían en el ambiente, el tipo mediocre en cuestión me hizo partícipe de unas confidencias encubiertas en un fulgor de crítica exasperante y maliciosa. Me contó tres historias. Yo no desplegué mi vista del conferenciante charlatán más por vergüenza y preocupación en el arte sutil de la ocultación que por acallar el rumor de fondo que desplegaba mi joven compañero.

Tres historias anodinas de las que dos ya tenía yo constancia. Una del mismo personaje –o conferenciante grosero-- que hablaba sin piedad y sin claridad de propósito. Lo despellejó. Que si sus negocios son impíos –no que lo fueran los negocios presentes sino la lúgubre procedencia del capital con la que invirtió en negocios--, que si su anterior esposa lo ponía como un déspota y miserable, que si se aprovechaba de sus trabajadores con sus nimios salarios, que… Una historia que ya conocía de primera mano de la misma sufrida y anterior esposa, pero sin las saturadas fantasías exquisitas relatadas por el tipo mediocre en cuestión.

La segunda insufrible historia fue acerca de su misma familia del tipo mediocre que conocí. Que también la conocía en boca de su mismo tío –que éste a su vez no lo quería ni ver-- pero de forma muy diferente de la que me iba a regalar en versión de melancolía novelesca. Pero él no lo sabía. No era consciente de  la simetría y el contraste del que me iba a hacer partícipe entre ambos relatos. En definitiva, este tipo mediocre se había deshecho de su propio hermano en la sociedad que construyeron para la explotación de un desordenado negocio de nuevas tecnologías. Según este tipo mediocre, por razones de gestión operativa; según su propia familia de forma vergonzante, humillante y furtiva con el único objetivo de aprovecharse y apropiarse de su parte en la sociedad.  Me percaté de que todos hablaban mal de todos, y hasta era posible que todos tuvieran razón. Hasta ese preciso y exacto momento me llamaba la atención, y hasta me daba cierto morbo,  escuchar estas historias, e incluso creo que llegué a revivirlas como el destello de una pesadilla cruel. Y eso me impactó, en ese momento, en ese lugar, en esas circunstancias.

Ya empezaba a declararme insumiso, a rebelarme,  ante la fácil y peligrosa capacidad de que la gente juzgara a la gente sin entender las circunstancias de cada uno, y sinceramente, mi incapacidad de llegar a ser juez y verdugo de mis semejantes. Empezaba a detestar, a aborrecer, este modo de proceder que tan a la mano se nos da.
Quedaba lo mejor. A esas alturas, ya me estaba planteando excusarme de una forma tan diplomática que entonces yo sólo sabía hacer y marcharme –o salir por patas--, pero eso de atravesar pasillos, personas, y la posible mirada de desprecio del grosero conferenciante por osar interrumpirle y encima abandonar su espesa charla, me hizo desistir. El tipo mediocre en cuestión, impulsó carburante a su imaginación –yo ya no escuchaba, sólo oía-- y me solicitó mi intervención en contactos y en un plan de negocio para atraer inversión a unas operaciones de expansión de su empresa, concretamente en México.

Con notoria indiferencia y la inmovilidad del silencio, le comenté un escueto “ya veré que puedo hacer”. Falso. No iba a mover una sola pestaña. Una persona o tipo que sin haber cruzado con él una sola palabra en mi vida, me hacía partícipe de tal cúmulo de flatulencias no era recomendable. Ni para compartir café. Ni siquiera el grano. Gente que extirpa opiniones de los demás como si fuera un cirujano en acción enfundado con un precioso guante de béisbol.

Mientras seguía disertándome con más cosas que ya no le prestaba la mínima atención –con esa habilidad de hablar en voz baja e inaudible en una conferencia de alma vacía y árida—yo continuaba reflexionando sobre el derecho impropio e insano que nos asiste a las personas en juzgar los actos de los demás sin saber ni las circunstancias ni las texturas que conllevan a determinar acciones y soluciones. Me vino a la memoria ese dicho “el que juzgue mi camino le presto mis zapatos”. Qué grandiosa frase. La tendríamos que llevar  grabada en el mismo alma.

Este golpe brutal de crítica feroz e impropia de un ser humano hacia otro ser humano, del que se me estaba haciendo partícipe, me sirvió, a partir de ese momento, para comenzar a limpiar de forma paulatina mi forma de pensar y de actuar relativo a ese gris proceder de crítica sanguinaria. No quise escuchar jamás—y lo he cumplido a rajatabla--  más historias invertebradas absolutamente de nadie, ni críticas de acontecimientos con o sin rumbo, ni defender lo imposible, ni de mañanas frías o calurosas, ni de conciencias que no se reprochan después, ni de corazones nublados, ni claridades difusas, ni de perplejidades pintadas en el rostro. Y por supuesto, de mi parte, jamás juzgar las conductas ni realidades, fantasiosas o no, de los demás. Cada uno sabe los zapatos que lleva con los que afrontar el camino de su destino. Cada uno conoce mejor que nadie los ingredientes de su propia existencia, de su propia cocina personal y profesional. Cada uno es lo mejor de sí mismo. Cada uno es como es. Yo y mis circunstancias, decía Ortega y Gasset.

Zapatos de papel. Esos que calzan con expresión fascinada las aventuras de los demás sin pararse un solo momento en su propia alma mezquina, en su modo de proceder, en su particular camino, en el tipo de calzado que lleva. Quien sabe nadie…

Una tarde tórrida e impracticable de julio de un verano en la que sopló una brisa limpia y clarificadora que oxigenó de impurezas mi mente. Sobre el tipo mediocre en cuestión, me lo quité de las redes sociales, como personas que no me aportan nada –al igual que otras muchas—y en alguna imagen con efecto de espejismo lo he visto impartir algunas charlas a estudiantes jóvenes. Quien sabe nadie….zapatos de papel sobre terrenos escarpados.