martes, 5 de diciembre de 2017

Uno de los mayores desatinos que me encuentro en las estrategias y la gestión de ciertas organizaciones, quizás demasiadas, es esa manía espectral de mirar hacia el pasado; a unir piezas inconexas que pretendan articular un nuevo sendero a recorrer sobre pasos ya andados. Es como si se deseara iluminar un mundo de tinieblas (con más densidad o no) cuyo fondo es un espectáculo oscuro de naturaleza severa. 

Mi consejo que es siempre el mismo, eso sí, adornado según matices de la organización donde me hallo, es no pensar tanto en un pasado al cual hay que considerar como una puerta ya cerrada de forma permanente. Es verdad que es inevitable arrastrar lastres. Incluso, analizar cosas o hechos con una mentalidad sin perspectiva histórica o incapaz de desenmascarar nuestras propias incapacidades.
A muchos les asusta el gen de lo nuevo, de los cambios. Quizás les atraiga jugar con el peligroso mito del eterno retorno. O bien les encanta esa posición inmóvil de estar siempre mirando hacia atrás. Según sus argumentaciones, respetables en todo caso, es que están saturados a causa de esa agotadora espera de que las circunstancias sean las perfectas. Son, pues, de esa clase de personas que están muy acomodadas en la decisión de dejar el destino en otras manos y que ruedan en la noria de hablarse de sí mismo en vez de sus proyectos de vida o de negocios.
No meditan o incluso no creen estar suficientemente preparados para llegar a  convertirse en su propio mago que hiciese desaparecer para siempre lo que se produjo en el pasado. Parecen disfrutar en sufrir por dos veces sin percatarse de que es una pérdida de tiempo. No es imprescindible dejarse fluir hacia donde nos lleva el paisaje de nuestras vidas o retos profesionales; es más simple que eso, es anticiparse en el disfrute de ese paisaje y poderlo manejar por lo que uno quiere.
Ya somos todo lo que nos ha pasado. No debemos flagelarnos por el hecho de que la vida no haya transcurrido por el camino que deseábamos. Es esencial vivir nuestras propias vidas, dejando al vaivén del olvido lo que deberíamos haber hecho o dejado de hacer. Siempre es el momento idóneo de volver a dirigir el curso de nuestras vidas. Es más, los huecos del entorno donde aportar nuestro granito de arena siguen estando disponibles.
Ni siquiera las organizaciones más preparadas, ni las mismas personas que la integran, ni la vida laboral o profesional, pueden huir de las expresiones pretendidamente ciertas o severas, o que intenten prevalecer opiniones o de que se hable bien o mal de uno. En ciertos errores o fracasos, soy de la opinión que hay que seguir creyendo en el entorno que nos rodea, aún a riesgo de observarlo desde ese habitáculo del silencio en el que muchas personas se sienten acomodadas.
Nada se gana mirando atrás. Ni haber hecho o dejado de hacer.
Es vivir nuestras vidas. Hay más campo siendo optimistas.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Un examen mesurado y prudente cimentado en la sensatez. Una visión aprendida y antológica del porvenir y del paso corto de la realidad del presente. Es la emoción y actitud cambiante que reduce la pesadez del vago contorno de las tareas habituales. La capacidad de construir el mundo en tres páginas de innovación como fuente de secreto compartido. Es hacer, fundar, desde la mirada que volatiza las palabras huecas, una columna de anticipación de triunfos intemporales e inexorables.


Así es la estrategia y la calidez de la mirada que la acompaña. Así es esa estrategia que le encantaría pensar que la necesitas porque te defiende, te define y te impulsa. Es la que proporciona la estabilidad y el equilibrio imprescindible mediante gestos de juicioso conocimiento para así impedir que te ahogues  en la intrascendencia.

Existe lo que hacemos, pero también lo que no hacemos o lo que dejamos de hacer o las oportunidades malogradas.  La mirada estratégica mesurada y prudente desde el compás rítmico de la sensatez que te rescata del tedio, te permite anestesiar esos recuerdos irrelevantes, te transforma anhelantes fantasías en sueños posibles que pinta en colores alegres esa realidad que combina en tono gris.

Una buena reflexión estratégica crea el ambiente ideal para encontrar el lugar perfecto donde toda esperanza arraigue; donde su mirada nos enseñe magistralmente a comprender, a entender el corte de un traje del entorno que nos facilite extraer de la manga una carta ganadora.

La mirada estratégica nos muestra el camino. Unos más enrevesados. Otros más sencillos. Esa libertad de opción de poder vislumbrar su pulcra longitud, de seleccionar el calzado adecuado para afrontar su recorrido. .Incluso de reventar la imagen negativa del sacrificio como arte del éxito. No es suerte, ni siquiera azar. La mirada estratégica marca con sello profundo nuestro devenir; nuestro andar por el presente; lo que queremos ser.

Se equivocan aquellos lentos de reacción  que se escudan en que los ojos de la mirada estratégica no son más que una cualidad con la que solo algunos privilegiados nacen.

La mirada estratégica. Existe lo que hacemos y lo que no hacemos. 

martes, 5 de septiembre de 2017

Hace ya algunas fechas impartí un pequeño seminario sobre estrategia y gestión para directivos de una multinacional. Al finalizar la última sesión de trabajo, una mujer bastante joven me comentó si le podía recomendar algún libro o manual que ampliara su visión acerca de las nuevas tendencias de “management” a las que yo incidía y reincidía en mis clases. Algo normal que sucede de inmediato al finalizar las sesiones y más en este tipo de formación cuyos asistentes interesados teóricamente por ampliar conocimientos se muestran ávidos de inquietud en metodología estratégica y operacional. Vamos, esos libros que se adquieren para adornar las librerías y la mesita de noche y casi nunca se leen.



“Pues sí, te puedo recomendar uno, en mi opinión, excelente, muy de actualidad que si lo lees desde una óptica de mente abierta al sarcasmo de la realidad  te podrá mostrar fehacientemente el entorno en el que vives y así poder tomar y completar tus decisiones personales y profesionales.”—le comenté.  

Le recomendé “El proceso”, de Franz Kafka.

No hube de esperar mucho. Tres segundos, quizás. Un directivo más experimentado y maduro mostró su sorpresa. Enorme, a su parecer. Me imagino que se esperaban que les recomendara algo más actual, dependiendo a lo que entendieran por “más actual”. O más chic, no sé. Pero me refrendé en dicha sugerencia. Que era un libro clásico, magnífico, escrito por los años veinte por un narrador insolente y extraordinario; un libro de casi cien años de existencia. Que si querían ampliar otros conocimientos, también podían recurrir, si no les apetecía como era lógico y normal seguir mi recomendación, a esos buscadores de internet que te pueden facilitar ese tipo de información, incluso críticas y comentarios sobre diversos manuales o libros de ayuda o autoayuda. Los hay por doquier, algunos muy buenos, sobre “management”, pensamiento estratégico, dirección estratégica, marca personal, e inteligencia emocional y no digamos tutorías visuales.

Pero insistí que hicieran la prueba. Que si querían comprender o captar el mensaje de la realidad en la que vivimos en este presente por el que cohabitamos, yo les sugería que lo leyeran. Unas trescientas páginas. Nada farragoso. Un fin de semana que merecía dedicarse a su lectura. El aprendizaje y la visión de las cosas surgidas de la lectura de este imperial libro son asombrosos. Ni tenían que comprarlo. En cualquier biblioteca pública lo tenían seguro a su alcance. Incluso me arriesgué a preguntar si alguno de los presentes alguna vez lo habían leído. Ninguno, claro. El directivo que había mostrado su sorpresa me indicó que un amigo le había descrito el libro como “espeso e infantil”… Una opinión tan respetable como la mía. Lo primero no estoy de acuerdo, sin más;  lo segundo quizás, y según la óptica no idónea, la cerrada.

“El proceso”, reitero, escrito en los años veinte del siglo pasado, describe a la perfección y cien años después, de una forma sarcásticamente magistral e irónica la deformación de los hechos cotidianos de una sociedad, de un sistema tal cual lo entendemos y lo sufrimos. Me imagino que la de entonces también. Pero creo, en mi modesto entender, lo que describe visionariamente es a esta sociedad, la actual, de forma implacable e impecable. Que es la que hay, la que sufrimos. Que es lo que necesitamos entender para poder tomar conciencia, si lo pensamos, si nos fijamos bien, si lo reflexionamos de forma racional y lógica, de lo que ocurre a nuestro alrededor e incluso de nuestro proceder, de nuestro espejo. El inmediato y el lejano. En lo político, en lo cultural, en lo económico, en lo social, en lo familiar, en lo personal, en lo profesional…

Es decir, una sociedad de diálogos sordos; de monólogos eternos de querer imponer a toda costa; de intentar deformar la realidad subjetiva, pero especialmente la objetiva, de los hechos para acomodarlos a nuestros intereses; de caprichosa destrucción de las personas;  de la ineptitud para la escucha activa con el fin de ampliar el espectro de lo banal; de la desorientación del liderazgo; de idolatrar a los personajes incómodos por su rudeza y estupidez; de premiar la incertidumbre y la inseguridad; de ese horrible gusto por enfrentar posiciones paralelas que nunca tienen esa necesidad por converger; de la cultura ya muy arraigada de la hipocresía como si fuera un derecho inalienable; del refinamiento por distraerse de lo esencial; de no querer, ni poder, cuidar las palabras ni las formas; del insulto fácil y la destrucción simple de la dignidad; de la burocracia longeva; de los procesos y los proyectos no entendibles…

Comprender o captar el mensaje de esta descripción de la sociedad que anticipó Kafka nos es muy útil y práctico para planificar y gestionar. Y lo que es más importante, para vivir, para despertar del letargo a lo que estamos habituados a soportar.  Siempre digo que sólo de nosotros depende desterrar estas costumbres y formas de proceder, que por otra parte están muy de actualidad y muy arraigadas. En los debates, en nuestras conversaciones, en las charlas, en las noticias…en general. Tenemos que vivir, no subsistir. No tenemos que adaptarnos, sino liderar los cambios.

Ese es el libro que recomiendo. “El proceso”, el genial Franz Kafka. Estrategia y Gestión (en mayúsculas)  al más puro nivel de lo absurdo para entender la realidad absurda de hoy en día y así poder tomar decisiones transcendentales.



viernes, 28 de julio de 2017

No existe libertad más idílica que poder soñar despierto con los ojos solidarios de la realidad. En época estival, todavía mucho más, cuando los pensamientos te pertenecen y los sentimientos se expresan sin aversión. Cuando las olas se muestran perezosas y la brisa te moldea el carácter con lentitud insolente.



Es un período diferente, que deja atrás silencios austeros, que impone miradas que hablan por sí solas, nobles,  que permite escuchar el propio lenguaje intrépido y aventurero. Es el gozo de una compañía que se encuentra a sí misma y que muestra el sueño del camino de toda una vida.

Unos sueños de eternidad conquistada de buen corazón que ayuda a mantener buena cara y mejores deseos en la espuma frenética de los cambios de nuestro entorno. Son los sueños, los sueños son. Esos donde uno sale del encierro de esos manuales que nunca se llegan a abrir, del impulso de una devoción caballeresca, de afrontar verdades y contagiarse del amor propio. Esos sueños que permiten arraigar una conciencia que no se reprocha posteriormente, de buscar a tientas una melancolía impune y positiva a lo largo del calor de una sonrisa.

Es por ello y por muchas más razones que los sueños se pintan con hermosos lápices; que sugieren con notoria indiferencia olvidar angustias físicas y económicas, e incluso metafísicas; donde la imaginación se nutre de historias novelescas donde se es capaz de levantar el vuelo a la misma creatividad que anticipa su incumplimiento de cadenas forjadas de costumbres áridas y vacías.

Me encanta el verano. Ese período estival donde nos transformamos en personajes de carácter y destino, lejos de furtivas miradas, donde procedemos a dar rienda suelta a la simetría de los hechos, a la inquietud, a las expresiones fascinadas, al atrevimiento de la opinión, al relato sin miedo del disfrute de la escucha activa, de los recuerdos que destellan brillo en los ojos, del paraíso de un amanecer, del silencio atronador e incómodo más sólido, de olvidar miedos agónicos y alejarse de los meandros sin sentido.

Debería ser siempre así. Soñar con los ojos bien abiertos. Sin expedientes de urgencia e incertidumbre pero divirtiéndonos con nuestras propias contradicciones; qué seríamos sin ellas. Los sueños bien pintados impulsan claridad de propósito, de realidades que nos son entregadas, del arte sutil de poder oir nuestro corazón latiendo en la oreja, de ser actores protagonistas en la batalla de nuestro interior, de mezclar el presente con la leyenda inapelable de nuestra historia, de recuperar muchas de las palabras que se habían perdido en el aire.


Los sueños son así. Llegan con un confuso rumor de fondo a la orilla de nuestra alma pudiendo escoger las grandes oportunidades que la vida es capaz de entregarnos, de regalarnos, con fantasías exquisitas. Los sueños, si uno quiere, pintan muy bien; con lápices extraordinarios y de colores vivos. 

jueves, 25 de mayo de 2017

Me encanta esa creatividad cimentada en sinceras y sutiles dosis de sinceridad con uno mismo. Me encanta esa creatividad que empatiza con las formas, con los detalles y se enriquece con los diversos puntos de vista. Me encanta esa creatividad que no se dota de buenas o malas ideas, sino de las que simplemente encajan o no. Me encanta esa creatividad que puede escrutar, que puede ver, aquello extraordinario en lo aparentemente normal. Me encanta esa creatividad que, en medio de inaccesibles entornos, encuentra las circunstancias que potencian nuestras habilidades, nuestras fortalezas.


Me encanta esa creatividad que se inicia con un pequeño acopio de información; mucho mejor y más eficiente que esa excelente y cuidadosamente medida inspiración vacía de sentimientos y planes de futuro. Me encanta esa creatividad que se construye a través de preguntas reveladoras que limpian de impurezas y estereotipos a nuestra mente. Me encanta esa creatividad que quiere liderar nuestro entorno, el de aquí y el de allá, y se mueve tan veloz que debe confrontar el coraje suficiente para incorporarse, cada instante, cada momento,  al eterno cambio de la operatividad diaria y la estructuralidad futura.

Me encanta esa creatividad que aprende a vivir con la duda y que no la castiga, ni la hace exigente e inconformista; que convive con la incertidumbre; que se aprovecha del miedo para navegar a favor de la corriente de la coherencia y del equilibrio y así completar el mapa del liderazgo. Me encanta esa creatividad que cuestiona las cosas. Me encanta, por supuesto, esa creatividad que late en el mundo de las ilusiones y los sueños.
Me encanta esa creatividad que presta atención sana al entorno en el que se producen las ideas y  no rebaja el valor de la evidencia de la historia. Me encanta esa creatividad que atiende a los caminos que iluminan el liderazgo del ser humano. Me encanta la realidad en esa creatividad que no sólo piensa en el hoy, sino además, en los objetivos a medio y largo plazo que clarifican la estrategia del movimiento para cambiar a un mundo que no es perfecto.

Me encanta esa creatividad que sabe inteligentemente desterrar a los pensamientos inútiles y así poder cambiar de rumbo; a evitar que cualquier controversia que se plantee no se tome como una disputa irreversible; que esa creatividad impulse la transformación en el planteamiento de las cosas que no podemos cambiar porque no depende de nosotros. Me encanta esa creatividad que cuenta, que considera que los hechos futuros son imperfectos; que comprende que la verdad absoluta conduce a la irrelevancia, al fanatismo. Me encanta esa creatividad que aporta soluciones y no se obceca.

Me encanta esa creatividad que usa la experiencia impagable del fracaso para entender, para comprender mejor los errores o los fracasos de los demás. Me encanta esa creatividad que encabeza un liderazgo propio que sabe convertir ideas en acciones que encajen, en realidades. Me encanta esa creatividad que se readapta constantemente, que se reinventa, que sabe sufrir; al mismo tiempo que sabe descansar la mente.


Me encanta esa creatividad, que con sus pequeños empujes, transforma y mueve al mundo. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Fue en pleno verano. Hace tres ya. Una tarde de julio insulsamente tórrida e impregnada de ambigüedades tuve que asistir a una reunión en la que  insistieron mi presencia y de muchos otros –me imagino que por el miedo de no completar aforo-- y escuchar una sobredosis de profundo y tierno ego de un convocante que ya conocía por sus groseras formas. Pero asistí. He de decir que sin demasiada ilusión y un poco de modorra.


Esa tarde impracticable se convirtió en uno de esos momentos inolvidables que uno recuerda –o tiene siempre presente, o el recuerdo le obliga a tenerlo siempre presente-- en el transcurso de su devenir personal y profesional. Una tarde, que pese al bochorno y un imperceptible aire acondicionado, oxigenó mi mente de impurezas como pocas veces recuerdo. Una ventolera saturada de cambio en la percepción de un modo anodino y particular de pensar –y practicar--sobre los retazos del comportamiento humano. Un antes y un después, vaya.

En esa tediosa reunión conocí a un tipo mediocre del que ya tenía referencias mediocres. Uno con apellido conocido de familia –de esos compuestos—y tan ilustre como el betún agrietado. Se sentó a mi lado, cosa que me extrañó en un principio, al dispensar la sala multitud de huecos vacíos donde poder ubicar sus posaderas. No sé todavía cómo se arregló para que en el transcurso de la reunión y en medio del fragor de una  charla de medias verdades y palabras que se perdían en el ambiente, el tipo mediocre en cuestión me hizo partícipe de unas confidencias encubiertas en un fulgor de crítica exasperante y maliciosa. Me contó tres historias. Yo no desplegué mi vista del conferenciante charlatán más por vergüenza y preocupación en el arte sutil de la ocultación que por acallar el rumor de fondo que desplegaba mi joven compañero.

Tres historias anodinas de las que dos ya tenía yo constancia. Una del mismo personaje –o conferenciante grosero-- que hablaba sin piedad y sin claridad de propósito. Lo despellejó. Que si sus negocios son impíos –no que lo fueran los negocios presentes sino la lúgubre procedencia del capital con la que invirtió en negocios--, que si su anterior esposa lo ponía como un déspota y miserable, que si se aprovechaba de sus trabajadores con sus nimios salarios, que… Una historia que ya conocía de primera mano de la misma sufrida y anterior esposa, pero sin las saturadas fantasías exquisitas relatadas por el tipo mediocre en cuestión.

La segunda insufrible historia fue acerca de su misma familia del tipo mediocre que conocí. Que también la conocía en boca de su mismo tío –que éste a su vez no lo quería ni ver-- pero de forma muy diferente de la que me iba a regalar en versión de melancolía novelesca. Pero él no lo sabía. No era consciente de  la simetría y el contraste del que me iba a hacer partícipe entre ambos relatos. En definitiva, este tipo mediocre se había deshecho de su propio hermano en la sociedad que construyeron para la explotación de un desordenado negocio de nuevas tecnologías. Según este tipo mediocre, por razones de gestión operativa; según su propia familia de forma vergonzante, humillante y furtiva con el único objetivo de aprovecharse y apropiarse de su parte en la sociedad.  Me percaté de que todos hablaban mal de todos, y hasta era posible que todos tuvieran razón. Hasta ese preciso y exacto momento me llamaba la atención, y hasta me daba cierto morbo,  escuchar estas historias, e incluso creo que llegué a revivirlas como el destello de una pesadilla cruel. Y eso me impactó, en ese momento, en ese lugar, en esas circunstancias.

Ya empezaba a declararme insumiso, a rebelarme,  ante la fácil y peligrosa capacidad de que la gente juzgara a la gente sin entender las circunstancias de cada uno, y sinceramente, mi incapacidad de llegar a ser juez y verdugo de mis semejantes. Empezaba a detestar, a aborrecer, este modo de proceder que tan a la mano se nos da.
Quedaba lo mejor. A esas alturas, ya me estaba planteando excusarme de una forma tan diplomática que entonces yo sólo sabía hacer y marcharme –o salir por patas--, pero eso de atravesar pasillos, personas, y la posible mirada de desprecio del grosero conferenciante por osar interrumpirle y encima abandonar su espesa charla, me hizo desistir. El tipo mediocre en cuestión, impulsó carburante a su imaginación –yo ya no escuchaba, sólo oía-- y me solicitó mi intervención en contactos y en un plan de negocio para atraer inversión a unas operaciones de expansión de su empresa, concretamente en México.

Con notoria indiferencia y la inmovilidad del silencio, le comenté un escueto “ya veré que puedo hacer”. Falso. No iba a mover una sola pestaña. Una persona o tipo que sin haber cruzado con él una sola palabra en mi vida, me hacía partícipe de tal cúmulo de flatulencias no era recomendable. Ni para compartir café. Ni siquiera el grano. Gente que extirpa opiniones de los demás como si fuera un cirujano en acción enfundado con un precioso guante de béisbol.

Mientras seguía disertándome con más cosas que ya no le prestaba la mínima atención –con esa habilidad de hablar en voz baja e inaudible en una conferencia de alma vacía y árida—yo continuaba reflexionando sobre el derecho impropio e insano que nos asiste a las personas en juzgar los actos de los demás sin saber ni las circunstancias ni las texturas que conllevan a determinar acciones y soluciones. Me vino a la memoria ese dicho “el que juzgue mi camino le presto mis zapatos”. Qué grandiosa frase. La tendríamos que llevar  grabada en el mismo alma.

Este golpe brutal de crítica feroz e impropia de un ser humano hacia otro ser humano, del que se me estaba haciendo partícipe, me sirvió, a partir de ese momento, para comenzar a limpiar de forma paulatina mi forma de pensar y de actuar relativo a ese gris proceder de crítica sanguinaria. No quise escuchar jamás—y lo he cumplido a rajatabla--  más historias invertebradas absolutamente de nadie, ni críticas de acontecimientos con o sin rumbo, ni defender lo imposible, ni de mañanas frías o calurosas, ni de conciencias que no se reprochan después, ni de corazones nublados, ni claridades difusas, ni de perplejidades pintadas en el rostro. Y por supuesto, de mi parte, jamás juzgar las conductas ni realidades, fantasiosas o no, de los demás. Cada uno sabe los zapatos que lleva con los que afrontar el camino de su destino. Cada uno conoce mejor que nadie los ingredientes de su propia existencia, de su propia cocina personal y profesional. Cada uno es lo mejor de sí mismo. Cada uno es como es. Yo y mis circunstancias, decía Ortega y Gasset.

Zapatos de papel. Esos que calzan con expresión fascinada las aventuras de los demás sin pararse un solo momento en su propia alma mezquina, en su modo de proceder, en su particular camino, en el tipo de calzado que lleva. Quien sabe nadie…

Una tarde tórrida e impracticable de julio de un verano en la que sopló una brisa limpia y clarificadora que oxigenó de impurezas mi mente. Sobre el tipo mediocre en cuestión, me lo quité de las redes sociales, como personas que no me aportan nada –al igual que otras muchas—y en alguna imagen con efecto de espejismo lo he visto impartir algunas charlas a estudiantes jóvenes. Quien sabe nadie….zapatos de papel sobre terrenos escarpados.  



martes, 7 de marzo de 2017

La peor traición que uno puede hacerse a sí mismo, a su modo de vida, a ese encaje dinamizador de nuestro devenir, es no hacer aquello por lo que nos brillan los ojos.



Una mirada, un sentimiento, una voluntad, una pasión, una creatividad que debe simbolizar la conquista de aquello en lo que creemos firmemente. En los retos que nos impulsa a seguir adelante. En salir y contar lo bueno que somos y nuestra capacidad de mejorar, y que nadie lo va a hacer en nuestro lugar.

Toda historia de éxito tiene un principio. Y muchas piedras y zoquetes en el camino. Incluso imperfectos rodeos. Hacer lo que a uno le guste requiere de valentía controlada; en transformar nuestros sueños, nuestras inquietudes en una mentalidad o excelsa forma de vida, y nunca en una profesión.

En aprender a enseñar, y a enseñar lo que aprendemos. En guiar nuestro camino, en despejar horizontes, en orientar la meta, y en definitiva poder ayudar con excelencia, porque así contribuiremos a formar el puzzle de nuestro encaje en la vida.

No debemos esperar nada de nadie. Lo debemos esperar sin fisura alguna de nosotros mismos. Ni siquiera rodearnos de personas que nos halaguen, mucho menos que nos martiricen, pero sí que sean capaces de creer en nuestros sueños, en nuestras inquietudes.

En priorizar la escucha sobre nuestra doctrina unidireccional, en pensar antes de reaccionar, en sintetizar antes que explosionar, es transformar la metodología antes de criticar, en renunciar para conquistar. A veces, basta un simple toque de reinicio para avanzar, con el más simple objetivo sutil de poder vivir sin límites una vida absolutamente extraordinaria.

Nuestro ego será capaz de transformarse en liderazgo cuando también seamos capaces de reconocer cuando y cuanto estamos equivocados, la voluntad inequívoca de aprender de nuestros fracasos y errores y ser lo suficientemente sabio para redireccionar nuestro camino cuando es necesario.

La vida es muy corta. Quizás demasiado para emprender todo aquello que desearíamos hacer. Es por ello que deberíamos ocupar el tiempo en todas esas cosas que en la realidad soñamos que se produzcan. No es buena idea permanecer inmóvil donde estás ni esperar ese momento perfecto para que las cosas ocurran o transcurran. Ningún sueño es demasiado grande, pero se oxidará como tal, si no hacemos que las cosas evolucionen hasta enfocarse en lo que queremos.

Los problemas se resuelven, los obstáculos se saltan. Cuando no lo afrontemos así, otros lo harán por nosotros. Y nos reintegrará sin piedad al estado inicial. Así, de esta forma, el camino se nos presentará mucho más largo, entre otras cosas, porque siempre permaneceremos en el mismo sitio.

Nadie es demasiado mayor para reinventarse; nunca es demasiado tarde para intentarlo. Es en ese intento más, lo que marca la diferencia; es lo que nos marca la distancia de hacer lo que otros esperan de nosotros.


Hay que entrenar más la viabilidad. Es la chispa que enciende nuestro faro. 

jueves, 19 de enero de 2017

La contradicción es efímera. Si no conseguimos evolucionar de nuestra contradicción fundamental a otro estadio de contradicción nos volveremos obsoletos. Es obvio. Nadie se atreve a rebatirlo. O si lo hace, es con otros desconocidos matices. Hemos entrado por fin en otra nueva enésima era de delicados y perplejos cambios permanentes. Incluso hasta la indiscutida globalización ya no es la salsa de cualquier baile. Toca arrebato. Ese horizonte lineal de avance personal, social, económico y tecnológico se difumina por un insaciable individualismo que martillea la realidad como las olas forjan con su empuje incasable la arena de nuestras mejores playas. A golpes.



La verdad ya no es lo que el conocimiento antaño producía; ahora se encubre. La “generación del yo” se impone.  No es ni la pasión, ni siquiera el coraje o la determinación, ni la capacidad de aprendizaje o la visión. Ni la confianza o la autoestima. No, no. La lustrosa rueda que mueve los molinos de nuestra frágil actitud creativa es la contradicción. Estoy totalmente de acuerdo con el escritor Werber cuando subraya a la contradicción como el motor de nuestro pensamiento. Esta nueva enésima era le otorga, incluso, más brillantez.

¡Qué seríamos sin nuestras contradicciones.¡ Sin esos argumentos de ayer que el presente los moldea hacia otros parámetros, hacia otras verdades; a esa sinceridad hueca que rellenamos según propios y legítimos intereseses; sin esos enconados diálogos interiores que nos impulsa a liberarnos de las ataduras de nuestro proceder. ¡Qué aburrida sería nuestra existencia, incluso nuestra supervivencia, si no cohabitaran con nosotros las dulces contradicciones¡

Argumentos llenos de vacío que cambian sin rubor, sin respeto, como las fichas de dominó de mano en mano; individualismo que rezuma excelso y cuidado de formas como los señoritos de palacete y sin patrimonio; sembrando viendo sin memoria cada vez que hablamos; entrenando la mente para tantear la mejor orilla que se adapte a nuestra situación; haciendo de la hemeroteca de nuestras vidas un pozo lleno de lindos guijarros.

La vida es un teatro. Todo el mundo lo dice. No seré yo el que diga lo contrario. Nuestro devenir se basa en un intercambio de preguntas y respuestas entorno a enigmas sin solución. Y todo esto lo situamos en un escenario de tragicomedia donde poder desenmascarar nuestras propias verdades y falsedades en el mismo espacio temporal.

Unas contradicciones que nos permiten expresar sentimientos con censuras; donde escupimos los problemas de los demás para poder alojar los nuestros; que repudiamos un pasado en el que estamos dispuestos a vivir permanentemente; que estigmatizamos el fracaso de nuestro amigo o colega a la misma vez que ensalzamos el nuestro como una etapa de aprendizaje; donde las deudas de gratitud impagadas pretendemos situarlas en el centro de nuestro reproche…

Esperamos tiernamente que nuestras contradicciones nos impregnen de una fuerza invisible, de una valentía radical,  para así enfrentarnos a los vaivenes de nuestro egocentrismo, eso sí, recubiertos con un alma desnuda y cobarde. Mis argumentos son míos, tan míos, tan llenos de textura, tan pulcros, que vacían de contenido el mismo argumento sostenido por cualquier otro cándido cuya meta es llenar de metáforas la vereda de su existencia.

Y no es nada malo. Claro que no. Es el tiempo que nos toca vivir. Mirándolo bien, es lo que se tolera. Nos vestimos cada día con nuestras mejores galas y salimos a la calle con el mundanal objetivo de adaptarnos al entorno. Como la esbelta armadura de un caballero medieval.

Son esas contradicciones las que nos zarandean. Las que hacen latir con fuerza nuestro corazón que ambiciona desenganchar ese hilo conductor con nuestro cerebro, con la razón y la lógica misma. Esas insaciables contradicciones que hacen a la curiosidad e inquietud más imprescindibles que el conocimiento. Que configuran nuestra personalidad a fingir una normalidad en un mundo complejo como los vaivenes de un tobogán interminable.

Nuestra propia virtud es que no vivimos como nos dicta la conciencia. Incluso, desconocemos qué significa, como la felicidad. Algo demasiado inconexo que discurre entre nuestra propia guía de sueños. Seguridad o inseguridad, qué más da. O ese silencio que pretendemos posea voz propia con sonidos nuevos y extravagantes.

Somos tan ignorantes que nuestra prioridad es tan sólo una opción indigente para los que no nos entienden.

Lo expresaba muy bien Pascal,  un famoso filósofo y matemático francés hace ya algunos siglos: “Ni la contradicción es indicio de falsedad, ni la falta de contradicción es indicio de verdad”.

Todo no iba a ser perfecto. Sería muy aburrido. ¿No es así?

lunes, 5 de diciembre de 2016

Las empresas siguen reinventando su propuesta de valor. Eso sí, con una mentalidad y metodología diferente. Con una nueva manera de pensar y trabajar. Con una estrategia de mejora continua en el valor generado para clientes y consumidores. Y es una muy buena noticia. Ya se han dado cuenta por fin, aunque tristemente tarde en muchos casos, que los procesos de desarrollo de los negocios tradicionales ya no sirven para los escenarios ni entornos actuales.  Se aprecian en sus actitudes una mayor agilidad en las  tomas de decisiones enriquecidas con un caudal enorme de información sistematizada. Como si fueran  nuevos emprendedores de élite.



Es de agradecer que muchas organizaciones al vaivén de las iniciativas del ecosistema emprendedor e innovador, hayan apostado firmemente por un talante intraemprendedor o ambiente de generación de ideas en paralelo al calado en el propio alma de la empresa de la innovación como algo ágil y sutil. Como un aprendizaje permanente. Incluso en el interior de esta nueva mentalidad y metodología se vislumbra una aceptación de la adaptabilidad a la incertidumbre, en una realidad abierta a los cambios, a testear nuevos modelos de negocio, a experimentar con clientes reales que requieren una solución a su problema y que está dispuestos a pagar por ello, y muy importante también, a no hostigarse con esa falacia de que la innovación es cara y complicada.

Es genial comprobar en el mismo corazón de muchas empresas como ese cambio de mentalidad y metodología contribuye también de manera espectacular al tratamiento de las personas y de su talento. Como el sacrificio de elementos estructurales y coyunturales de la organización ya no son las personas de esfuerzo, eficacia, responsabilidad, habilidad, valía y mérito, sino de productos y procesos que no tienen valor en el mercado. Como ese concepto tan manido de reducción de costes no es la creatividad del personal de la compañía. Que es precisamente esa creatividad la que contribuye a despejar todo lo superfluo y así propiciar un aumento de la productividad.

Es gratificante escuchar tanto a gestores como empresarios una convicción sincera en el cambio de mentalidad a la hora de generar sobreproducción y niveles de almacenamiento innecesario e inapropiado que generan falta de liquidez, entre otras consecuencias, y por tanto repercusión grave en la viabilidad de las empresas. Algo tan obvio ha sido costoso de erradicar por culpa de esa leyenda falaz inserta en los empresarios de que un inventario robusto era sinónimo de señal de anticipación al mercado y por tanto de suculentos resultados. La apuesta es ahora el consumidor a la que se adapta la producción y la comercialización. Y eso obliga a una mayor calidad y agilidad en el proceso de crear valor al producto y al servicio.

Es sorprendente verificar muestras de contenida y tierna satisfacción entre las pequeñas y medianas empresas de que su tamaño no importa al encontrar una vía de oportunidad en el mercado al poner en práctica esta nueva metodología innovadora y dar rienda suelta a una nueva mentalidad que incluso no sólo las grandes empresas quieren aplicar sino que les permite a éstas crear sinergias positivas con aquellas. Que lo que importa no es el tamaño de la organización sino la rapidez y la eficiencia.

Es enriquecedor asistir al reconocimiento en todos los integrantes de una organización de que trabajar mejor no implica trabajar muchas más horas ni sudar de modo exagerado, sino aportando valor con eficacia, creatividad y conocimiento y con el aprendizaje continuo como compañero de viaje y el  consiguiente reconocimiento a su labor.

Que frente a las recetas mágicas de la teoría de multitud de estudios y análisis estoicos de despacho está la magia de la realidad de un entorno que nos permite interactuar y aprender de los datos recabados de nuestros clientes y así diseñar y producir unos productos o servicios validados en el mercado sin necesidad de grandes recursos y sí poder generar valor de forma continua.


Al igual que el entorno, las empresas van cambiando. Un proceso eterno. Lo que más disfruto de esta mentalidad y metodología  es la vuelta al reconocimiento al talento interno, con el impulso de personas y su capacidad de proponer ideas y ejecutar modelos de negocio. Es el reconocimiento al cambio de una nueva cultura empresarial. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Edipo comprendió él mismo lo que era padecer la tiranía de la responsabilidad. La culpabilidad de sus terribles sufrimientos la asumió hiriéndose en los ojos, quedándose ciego y en consecuencia abandonar su tierra. Una culpabilidad originada por unos acontecimientos que él desconocía.



¿Culpabilidad sin causa? ¿Responsabilidad de lo que no hacemos, decimos o pensamos? Quizás sea más complicado que eso, ya que la acción de la responsabilidad se ha quedado difuminada, por no decir obsoleta, en un mundo donde todo deba incrustarse en un cuadro de Instagram o en ese mensaje insulso (en muchas ocasiones hiriente) en Twitter del que se está pensando en comunicar todo el día. Somos esclavos (¿o no?) de lo que transmitimos, incluso de las voces de nuestro silencio.

Si Sófocles levantara la cabeza se daría cuenta de que Edipo es ciertamente un mito desfasado; ancestral; demasiado ininteligible su metáfora en un mundo demasiado pendiente de las redes sociales,  y profundamente incoherente en la representación de una toma de decisión. No entendería que algo llamado algoritmo, (que la mayoría de gente no sabe ni comprende qué es) ya se ha apoderado de nuestra forma de actuar  (y de la personalidad) y de tomar nuestras propias decisiones, incluso de las cosas más sencillas. Excusa fenomenal para escaparnos de la responsabilidad  de nuestras decisiones, e incluso de las inacciones irresponsables. Echaríamos la culpa al empedrado, transformado en hada revestido de algoritmo.

Aún así, estamos pétreamente convencidos de que somos más independientes que nunca cuando en la realidad es que, en lugar de eso, lo que somos es demasiado previsibles. Nuestros gustos y preferencias ya los manejan a muchos miles de kilómetros de nuestro hogar aunque no los sepamos ni nosotros mismos. Es genial. O monstruoso. (Algunos pensarán que es la consecuencia de la conquista de la globalización)

Y es ahí donde se quiebra (o se dulcifica) nuestra responsabilidad. Desaparece más bien. En todos los ámbitos. El mundo de colores y de formas diferenciadas se reemplaza por una percepción falsa y austera de la realidad. Nos creemos toda la comunicación que nos llegue sin comprender los canales por donde llegan ni las formas diferenciales de ese artificial y brillante argumento vacío. Sin reflexión alguna y con la ambigüedad por bandera, nuestro cerebro construye una percepción falsa de esa realidad.

Existe un ejército de avatares anónimos que se disfrazan de personas que insultan y menosprecian a cualquier hijo de vecino que no comulgue con sus pensamientos, pero nosotros no sólo lo toleramos, sino que le damos hasta el valor de la duda. Y aún peor que eso, es nuestra capacidad infantil de creernos cualquier cosa que nos llegue por la red. De todas formas, la culpa es del mensaje, ¿no?

¿Cuál es la verdad? ¿Quizás tener clase en un mundo de apariencias? ¿Nos vamos a tener que acostumbrar a la revolución de la inmediatez subjetivada a distancia? ¿Alguien se ha parado a pensar que  esa revolución de subjetividad o de datos no garantiza una impecable objetividad y anula nuestra capacidad de raciocinio y argumentación?

Yo creo que en el fondo nos encanta que tomen decisiones por nosotros; que iluminen nuestro miedo. Que los algoritmos no sólo capturen los acontecimientos, sino que los cambien. Y con ello evacuar la responsabilidad a través de la cloaca de las vulgaridades.

Edipo asumió su responsabilidad, su culpabilidad, incluso de aquellos acontecimientos que le eran totalmente ajenos.  Nosotros la rehuimos como aceite hirviendo. La rechazamos, directa o indirectamente. Lo vemos todos los días.  Si Trump gana las elecciones, la culpabilidad es de los “zafios” e “incultos” que le han votado. ¿Alguien ha pensado en la responsabilidad de los que se han quedado en casa? Y, ¿algún medio intelectual se ha cuestionado la razón por la cual le hayan votado sesenta millones de personas? ¿Es la culpa del brutal mensaje de odio, de los mensajeros o los receptores que lo creen como la última tabla de salvación? ¿La responsabilidad no es compartida por todos aquellos que lo han hecho posible tanto en la acción como en la inacción?  ¿De los que no han sabido con inteligencia talar el árbol del dramatismo de la desesperación, de la demagogia pura? ¿Y si Marie Le Pen se alza a la Presidencia de la República Francesa, de quien será la culpa? ¿De los que le votan o de los que con sus torpes y austeras respuestas a una realidad lo impulsan?  La desafección también cuenta. Y vota. Pero le echaremos la culpa al algoritmo. Que sea el que se saque los ojos de su visión matemática.

Nos aterramos ante la idea de que la historia cruel se repita, pero somos tan pedantes que no nos damos cuenta que también contribuimos a ello dejando la puerta abierta al jardín de la locura colectiva.  En el fondo de la condición humana, nos encanta jugar con el petardo más grueso y el riesgo que nos explote en la mano.

Ayer mismo una anciana falleció en Reus por una mísera vela que prendió su colchón. No tenía calefacción. No tenía energía eléctrica desde hace dos meses. Nadie asume la culpa ni la responsabilidad; la tiene el otro. Pero el cabreo en general es de órdago y con razón. El cabreo también vota, (y la demagogia barata), aunque luego lo lamentemos, como cualquier decisión que tomamos en el fragor de una calentura. Y seremos todos culpables de ello aunque miremos a otro lado. No dar soluciones a los problemas cuenta y mucho, como es lógico y natural. Es en ese momento crucial cuando somos nosotros mismos los que encendemos el petardo, que explote y ya veremos.

La tiranía de la responsabilidad. Todos somos culpables y responsables de lo que pasa a nuestro alrededor y más allá. No es necesario lesionarnos los ojos como Edipo, pero también es ciego aquel que no quiere ver.


La solución a los retos del mundo contemporáneo incluye el valor añadido de la responsabilidad humana. Claro que sí.