martes, 24 de agosto de 2010

El 24.8.10 por Roberto MARTÍNEZ en    Sin comentarios
Es época estival y estamos insertados en una especie de relajación vacacional donde parece ser que la crisis hace paréntesis en nuestras costumbres operativas. Me seduce más seguir con esas reflexiones sobre la filosofía de nuestra existencia y la ética de nuestro destino que con los problemas empresariales y de gestión.

Hace unos días un grandísimo amigo mío, comentaba en una comida distendida que las cosas pasan por algo que hemos hecho. Dicha observación puso en marcha mi maquinaria pensativa y un vaivén de argumentos sobre si será así, y más viniendo de una persona tan equilibrada y tan objetiva como es este amigo.

¿es así de simple? ¿las cosas pasan por algo que hemos hecho?

Es totalmente cierto que las consecuencias de nuestros errores las sufrimos por la misma razón de algo que hemos realizado mal o porque no hemos calibrado todas las variables. No hay nada que objetar. O al contrario. Nuestros aciertos y éxitos son respaldados por acciones concretas.

Pero las injusticias pasan por algo que hemos hecho, también? O, los seres queridos que actuando bajo el paraguas de la felicidad, sufren el rencor, el odio visceral o el resentimiento facilón, también lo sufren porque han hecho algo? Esos inquisidores que te juzgan o te calibran sin haberte oído, que se zarandean entre sensaciones radicales y que se mueven por intereses espúreos, haciéndote un daño moral enorme, que ya se permiten en calificarte con todo tipo de adjetivos sin saber que posiblemente hay otras razones que respaldan tu comportamiento también es consecuencia de que todo pasa por algo que has hecho?

Me resisto a creer que siempre somos los culpables de todo tipo de consecuencias. No.

La gente de buena fe somos portadores de valores siempre. Y la esperanza de vivir un presente y un mañana feliz no tiene que comportar que tengamos que cargar con la sinrazón, el odio visceral y las paranoias de personas que tienen mucho tiempo libre en intentar hacerte ver que la tierra es cuadrada como sus cabezas y más cuando ni siquiera se han sentado contigo a oir tus argumentos o las razones de ciertos comportamientos.

La esperanza tiene nombre. La esperanza tiene un sentido. Soy consciente de que es muy fácil describirlo. Pero debemos tener una estrategia de vida y de rumbo, sin apartarnos un ápice de nuestros valores, y sin importarnos las mediocridades supinas de gente con intereses oscuros y chantajes emocionales. Esos valores deben estar muy por encima de todo. Para eso debemos creer en ellos.

martes, 10 de agosto de 2010

El 10.8.10 por Roberto MARTÍNEZ   Sin comentarios
Es obvio que vivimos tiempos desconcertantes. Tiempos oscuros en donde los valores pierden ese sutil aroma de lucidez, causado creo yo en parte, por el nerviosismo y la incertidumbre. Se toman decisiones precipatadas, se dicen barbaridades, y se comparan las mismas situaciones a los tiempos donde el olor a canela y vainilla se expandía por doquier, a pesar de que esa canela y esa vainilla fueran virtuales.

Soy consciente de que no es fácil superar situaciones terribles que en multitud de casos vienen concatenadas en un período corto de tiempo como esa avenida plagada de semáforos que te pillan siempre uno tras otro en rojo. Lo que en épocas pasadas te salía a pedir de boca con cada chasquido de tus dedos, ahora se ha vuelto todo lo contrario.

Se empieza con romper las atuduras del pasado, se sigue con la llegada de un período económico asfixiante y las condicionantes tomas de decisiones de todo nivel personal y profesional; se continúa con las comparaciones odiosas, y se termina con
enfrentamientos de film barriobajero con tu entorno que no es sino la traducción de los sinsabores de la propia existencia. Ah¡. Y la inseguridad. Esa palabra incolora e insípida pero que te taladra hasta el movimiento de las cejas. Se hacen al revés las cosas del derecho. Y lo más sangrante es que uno tiene conocimiento de que es así, y vuelve a caer en infinidad de ocasiones, repitiendo lo irrepetible, lo insensato, lo estúpido, lo irracional.

Pero se aprende la lección. Una buena ducha puede ser vital para la vuelta a la cordura y la sensatez y la toma de decisiones valientes y dolorosas, aunque sea tarde. Decisiones que dejan otear un horizonte de esperanza y de vida. De nueva e ilusionante vida. Y esto es válido para todo tipo de situaciones, tanto profesionales como personales.

Siempre amanece después de la más profunda oscuridad. Incluso en los veranos más tórridos.

Odio los veranos.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El 4.8.10 por Roberto MARTÍNEZ en    Sin comentarios
Desde que se inició la crisis, la pyme, realiza un grandísimo esfuerzo y una reclamación permanente sobre la escasísima financiación derivada de las dificultades que les plantean las entidades financieras para obtener créditos.

Hasta hace no mucho tiempo recibía llamadas de responsables de sucursales entidades financieras, rógándome (lo digo bien) para que intentara convencer a mis clientes para que remitieran a dichas entidades, esas remesas de papel comercial de cualquier tipo, para su descuento y en unas condiciones financieras muy ventajosas para el propio cliente. El fin no era otro que cubrir objetivos comerciales de la propia entidad financiera. Era un ruego.

Hoy es simplemente una quimera. Esos directores están, pero ya no están. La potestad de facilitar créditos de cualquier clase, o abonarte esas remesas de papel a los diez minutos de haberlas presentado, ya no existe. Esos mismos directores se han convertido en simples operarios facilitadores de información de menor cuantía o gestores comerciales o intermediarios con el peldaño subsiguiente del poder de decisión del banco o caja en cuestión. Algunos directores, con voz baja y meláncolica, me transcriben que son ahora la nada. Otros que añoran el poder de antaño, y otros lacónicamente, que agradecen su nuevo status.

Pero quien padece esta nueva situación es la pyme. Las estadísticas dicen que casi el 90% de los empresarios que han intentado obtener un crédito han tenido muchos problemas para conseguirlo, creciendo de manera insuitada los obstáculos, soportando un incremento de los tipos de interés abusivo y el encarecimiento de las comisiones. Ni que decir tiene el aumento de las garantías y avales exigidos para conceder los préstamos.

El martirio de la pyme. Que ve como el riesgo inmobiliario asumido por gran parte de las entidades financieras generadores del agravamiento y permanencia de la crisis y con la anuencia del Banco de España lo está sufriendo en su estructura inversora, ya que el dinero lo debe emplear en intentar salvar la operatividad diaria.

Si no hay inversión, no hay consumo, ni planificación a largo plazo, ni empleo.