martes, 23 de agosto de 2011

El 23.8.11 por Roberto MARTÍNEZ   Sin comentarios
Una de las controversias que más sucitó debate a raíz de una entrevista que me realizó el diario Información el pasado 17 de julio, fue mi opinión sobre la paradoja de esta crisis en la recuperación de valores perdidos. Y no me cabe duda alguna que es así. Al menos, en la voluntad irrefutable de que es el camino, ya que más que una crisis financiera, ésta ha sido una crisis de valores y de principios básicos, que no son sino los pilares por los que debe transcurrir tanto nuestro comportamiento personal, profesional, político y empresarial.

Decía Ortega que las verdaderas revoluciones no van contra los abusos, sino contra los usos. Y es así, queramos o no, o pretendamos en el fondo esperar que papá estado nos resuelva todos los problemas, y mucho más teniendo en cuenta los impulsos esquizofrénicos que subyacen en nuestros políticos a no querer perder la paltrona del poder y los intereses propios y de partido antes que la lógica y la razón.

Son nuestros comportamientos también los que han hecho que esta crisis desemboque en este paradigma de confusión e incertudumbre, donde se apelan en repetidísimas ocasiones, a argumentos falaces con tal de justificar el todo vale. Reclamamos derechos y tenemos el oportunismo de juzgar comportamientos impúreos, pero se nos olvida que existen obligaciones que debemos cumplir; que tenemos la obligación de cumplir, diría yo.

Es por ello, y como decía anteriormente, la contrastada voluntad de querer recuperar esos valores y principios perdidos. Es una vuelta a una recuperación de una realidad necesaria.

Hay que reaccionar todavía mas. La nefasta gestión de nuestro gobierno ninguneando una crisis y sus medidas a contrapelo adoptándolas con miras electorales y no por nuestro interés, no tienen que hacernos olvidar que no es más que el vétice de una situación que tiene una base o fundamento en esa pérdida de valores y principios que deben regir una sociedad avanzada.

Y lo que más nos puede preocupar es que los emprendedores, los nuevos empresarios, que no son sino la nueva hornada de conocimiento y gestión, transgredan este fundamento y no aprendan para el devenir que de estos barros vienen estos lodos. Es lo más preocupante. Igual se puede trasladar a políticos.

La responsabilidad, la honestidad, la transparencia, el cumplimiento de los contratos verbales y escritos, el respeto, el sacrificio, la valoración del trabajo de los demás, el esfuerzo, la tolerancia a las ideas, la justicia, la libertad, la igualdad, la verdad, la sostenibilidad...son valores que deben impregar todos nuestros actos, tanto personales como profesionales.

Que no todo vale. Que los intereses de todo tipo no pueden prevalecer ante un buen comportamiento y una buena gestión. Que debemos mirar simpre a largo plazo como la forma de rentabilizar unos actos o procedimientos en vez de generar espúreos beneficios a corto plazo.

Es el tiempo de generar cambios. Cambios fuertes y sostenibles que no pasan tan sólo por nuestro modelo productivo. Innovación, investigación y desarrollo, calidad, formación, internacionalización..., son tan sólo conceptos vacíos de contenido si no hay detrás un pilar de valores y principios sostenibles.

Me duele ver ciertos comportamientos, y todavía más, cuando se quieren justificar con argumentos banales e indecentes. Hay gente buena por el mundo. Y empresas y personas que no se merecen el todo vale. Para nada.

La cultura organizacional no sólo se cimienta sobre el fomento de la innovación, el espíritu de la creatividad, la comunicación, la cohesión y la identidad. También se fundamenta en la transmisión de valores. Así se generará esa confianza de que todo el mundo habla . Y no esta pesada y lúgubre incertudumbre que ha impregnado a todos los niveles de nuestra sociedad, originada en esa pérdida de valores y principios.

Incluso la amistad.