miércoles, 29 de febrero de 2012

El 29.2.12 por Roberto MARTÍNEZ en    Sin comentarios
Me trasladaban ayer un grupo de universitarios, en el transcurso de un debate, sus inquietudes acerca de la situación de coyuntura económica por la que atravesamos. En dicho foro, que se alargó mucho más de la cuenta, pude verificar por primera vez, que nuestros jóvenes están atravesando esa línea roja de pasotismo y pesadez que hasta ahora habían marcado su trayectoria en la mayoría de los casos, dejando que fueran otros los que marcaran el ritmo.

Es decir, hay una constatación muy real, y muy dinámica, de preocupación por el entorno en que habitan y voluntad en salir adelante, entre otras razones, porque su futuro está en juego y porque hay una constatación de que se han hecho muchas cosas de forma pésima. Y hay un hecho que también pude comprobar, y es que hay iniciativas, existen ideas valiosas y que la proporción de jóvenes que quieren ser empresarios y apostar por el riesgo y la creación de riqueza ha experimentado un aumento en un porcentaje muy considerable.

De las muchas conclusiones que pude extraer de este maravilloso debate en el que coexistían jóvenes de diferentes ideologías, hay una que me sorprendió gratamente; y es que todos coincidían en que la mejor vía para poder volver a la senda de crecimiento es la confianza en las posibilidades de uno mismo y en la del país en general.

Y es un tema que me viene preocupando bastante desde que se pusieron en marcha las reformas estructurales para sacar a este país del hondo pozo negro en que se encuentra. Ya que me imagino a una pléyade de asesores al costado de las personas que tienen ahora la dificilísima responsabilidad de sacarnos de este atolladero, discutiendo el cómo y el cuánto, realizando análisis de datos y escenarios y utilizando las herramientas idóneas de planificación en la toma de decisiones.

No voy a entrar en el porqué ni en los culpables, que los hay y graves, de la situación en que vivimos. Las dudas me vienen por otro extremo, y es saber si los españoles sabremos dar ese paso absolutamente necesario e imprescindible de cambio de modelo productivo, y absorber en buena medida todas estas reformas.

Es decir, la confianza en nosotros mismos y en no olvidar jamás que la riqueza y el crecimiento de un país dependen en gran parte de nuestra gestión personal y empresarial. Y me refiero a si seremos capaces de acompañar a ese cambio de estructura que se refleja en ese espejo al que todos deseamos y anhelamos de países de estabilidad, bienestar y fuerte empuje de crecimiento situados al norte.

Es el momento idóneo. Es el momento clave, en donde las decisiones que se han tomado y se vayan a tomar pueden ser nuestra punta de lanza hacia un estadio mejor, o bien pueden ser que aboquen en un modelo griego.

Necesitamos generar riqueza a través de un nuevo modelo que incentive la producción de bienes y servicios y con un mayor componente de innovación, investigación y desarrollo. Un nuevo modelo productivo que incentive a los emprendedores, y darles facilidades financieras para impulsar la producción y la creación de empleo con acceso a la financiación de sus proyectos. Y ya esto debe ser factible, una vez, que el saneamiento del sistema financiero está encauzado. Y se necesita ya.

Hay que controlar y adecuar el déficit público al nivel óptimo; pero hay que encontrar cuanto antes el equilibrio necesario para impulsar el crecimiento que precisamos. Subir más impuestos y ahogar más recortes a niveles insostenibles pueden no ser una medida adecuada, ya que provocará un hundimiento del consumo, menos ingresos públicos y más necesidad de acudir a financiación externa que cada vez será más cara y limitará aún más las posibilidades de inversión y por consiguiente, el crecimiento de este país.

Reformas estructurales todas las necesarias, porque las necesitamos. Controlar el déficit, también. Borrar de un plumazo todos los desmanes y desmadres de las administraciones, imprescindible, al igual que mandar a casa a aquellos políticos y no políticos que utilizan sus cargos para aprovecharse de ellos de manera infame.

Pero necesitamos crecer, y así derivará en un mayor empleo, un mayor consumo y más ingresos públicos para reducir el déficit y aumentar las inversiones.

Estamos preparados para asumir las reformas estructurales necesarias para llevar a cabo este proceso? O volveremos a las dos Españas?

La generación de confianza no depende sólo de los que nos administran; depende de nosotros mismos, de nuestra voluntad inequívoca en contribuir a ser mejor y dar ese salto cualitativo que nos falta.

jueves, 9 de febrero de 2012

El 9.2.12 por Roberto MARTÍNEZ en    Sin comentarios
Tengo un amigo que posee una extraña percepción de la realidad, o al menos eso me parecía a mí hasta hace unos años. Es un tipo genial, de mirada ambigua, de éstos que cuando le hablas no sabes si te está escuchando o si ya está pensando en argumentarte sabiamente, y con toda naturalidad, lo que le vas a rebatir o compartir.

Me decía a tenor de lo que sucede a nuestro alrededor: “Rober: creo que debo ser de origen extraterrestre. No es normal lo que está pasando. ¿O es que no lo ves tú igual? La gente está loca o soy yo el que lo está. Las cosas no se pueden hacer así de esta manera; y cómo vamos a salir de ésta si…”. Etc, etc…

Eso mismo, cómo vamos a salir de ésta, si…?

Y en determinadas ocasiones pienso que tiene algo de razón. O mejor dicho, bastante. La sensación que a uno le produce observar cómo se están gestionando determinadas cosas, conlleva irremediablemente, a que en el fuero interno de la estructura de la razón y de la lógica humana se derive a aceptar, efectivamente, que sea lo inadecuado y lo absurdo lo que en definitiva se haya apoderado de nuestra manera de actuar.

Todo el mundo apuesta por la innovación y habla de ella sin tapujos y te dan recetas y reglas y conceptos que en algunos casos son impronunciables, olvidándose de lo esencial. Pero, en realidad, de qué innovación estamos hablando? Casi nadie lo sabe. La mayoría de empresarios miran al cielo de la apuesta de la innovación sin saber de qué se trata, e introduciéndose en una vía sin saber a dónde conduce ni lo que significa; y los nuevos emprendedores todavía menos, ya que suponen que la genial idea que brilla en sus mentes será los suficientemente válida para crear un imperio de riqueza monetaria.

Las recetas con sentido común para salir de la crisis no están en el limbo. Están aquí abajo. Y se sitúan, y eso parece no entenderlo nadie, en nuestra habilidad. Dependen en grandísima medida de nuestra capacidad de hacer bien las tareas de la gestión diaria en la responsabilidad empresarial, tanto para empresarios que no paran de quejarse por la falta de todo tipo de crédito, subvenciones y ayudas, como de los futuros empresarios que dicen que no tienen medios ni liquidez para la puesta en marcha, pero que no saben lo que es un Plan de Negocio, y menos la utilidad que tiene.

No miremos siempre qué medidas van a tomar nuestros gobernantes para sacarnos de ésta. Es importante, sí. Pero no es todo. Mirémonos hacia nuestra forma de proceder, y lo más esencial, a nuestra forma de gestionar nuestra organización tanto la presente como la futura para salir hacia delante, y de igual forma en colaborar y contribuir de manera inequívoca en dar los pasos necesarios para un país mejor.

Y reitero. De nada servirá apostar por la innovación, el fomento del emprendedurismo, las mejores técnicas organizativas, las planificaciones con métodos aritméticos, etc., si luego en nuestra empresa u organización del tipo que sea no sabemos gestionar de manera sencilla y práctica el fundamento de la gestión empresarial, que dependen no de la Administración, si no de nuestra capacidad y voluntad. Hacer mal esas cosas conlleva de manera fulminante a contribuir de una manera enorme y absurda a que este país no prospere de manera efectiva y eficiente.

Y me refiero a esas empresas u organizaciones que lamentablemente existen en un porcentaje desolador, y que se basan en la improvisación total; a que no poseen la mínima información básica para la toma de decisiones en todos sus departamentos desde el contable que llevan retrasos de meses en la puesta al día por falta de tiempo , la gestión de stock, los cobros… pero que siguen adquiriendo complejísimos programas informáticos de gestión que no alimentan porque no tienen esos mismos datos al día; a las empresas que han olvidado que existen unos valores fundamentales en su interior para el desarrollo personal y externo; a las que les falta tiempo para la creatividad ; a las que no son flexibles y carecen de los mecanismos para la adaptación de sus estructuras en un mundo tan cambiante; las que no tienen siquiera organización; a las que el capítulo de la reducción de costes de manera estructural y no coyuntural lo basan en la eliminación del talento y no en otros elementos; a las que no les dan importancia a la gestión de la tesorería como prioridad para anticiparse a los posibles problemas de liquidez y evitar problemas mayores, y en la mayoría de ocasiones irremediables; en las que creen que la internacionalización no es más que un viaje en avión a países que no se saben ni de dónde están en el mapa; las que no controlan; las que las nuevas tecnologías creen que se refieren a video juegos para sus hijos; etc…

Podría seguir. No es ninguna broma pesada.

Y es la cruda realidad. E innovar significa de igual forma, hacer que este numerosísimo grupo de empresas que coexisten y habitan en este país, pongan al día sus estructuras, de esta manera tan sencilla y práctica.

A partir de eso, se alcanzarán metas más complejas. Es como imaginarse comprarse cualquier instrumento electrónico, en donde la carcasa es de ultimísima generación, pero que su interior estuviera completamente vacío. Por más que intentemos hacerla funcionar, jamás se logrará. Y eso podemos trasladarlo sin ningún complejo a lo que está sucediendo en España. Es nuestro mayor problema.

Empecemos por nosotros mismos. Es fácil. Es sencillo. Pero hagámoslo.
Esto es innovar y de qué modo. Es lamentable pero es así. Mientras no se realice, Alemania nos seguirá llevando no veinticinco años de adelanto; sino años luz.

Y serán los alienígenas los que tendrán que venir a rescatarnos.