miércoles, 16 de mayo de 2012

El 16.5.12 por Roberto MARTÍNEZ en    Sin comentarios

Creo llegar a la conclusión de que la felicidad es un estado impropio e indeterminado; algo a lo que todos aspiramos pero que ninguno alcanza a describir en su amplitud y que bascula en su cénit tanto en cantidad como en cualidad. Es seguro y nítido, que a muchísima gente a la que se nos preguntara en estos momentos de incertidumbre y agobio, sobre cuál sería ese cénit, la respuesta sería muy distinta a la que se le hubiera realizado hace algunos años. Nos  hubiéramos  conformado con bastante menos, tanto en lo material como en lo espiritual. Por lo tanto, esa felicidad indeterminada, que para un sector de población es una cosa, y para otros lo contrario, oscila y se debate entre estados de ánimo internos y externos dependiendo en muchísimas ocasiones de la pulcritud o del desasosiego del conjunto de circunstancias que nos rodean. Y debo añadir que lamentablemente.

Los acontecimientos pintan bastos. Pero no es tiempo de dejar caer los brazos. La condición humana que nos alumbra tiene el suficiente impulso para trazar ese hilo de ilusiones y aspirar a conseguir esos estados de éxito y felicidad que cada uno debe construirse en sí mismo. 

Es la época de afrontar las dificultades del tipo y condición que sean. Es tiempo de mirar irreversiblemente hacia delante. Siempre he dicho que los campos de la vida son infinitos y que por tanto es imposible tratar de cerrarlos y asfixiarlos con puertas y cerraduras en toda su amplitud. Es indiscutible que en estos momentos de auténtica presión hay más caminos que se han transformado en impracticables; pero no es menos cierto que esa amplitud de la que hablo tiene el suficiente margen de recorrido para intentar alcanzar otras metas por pedregosas y tortuosas que puedan aparentar. Volver la mirada atrás apenas sirve de nada, y retroceder en el mismo sentido mucho menos.

No es tiempo de valientes. No, no es eso.  Es tiempo de avanzar a paso firme y seguir luchando con aplomo y sin descanso. Es tiempo de recuperar hábitos de esfuerzo y sacrificio, salpicados con ese halo de lógica y compostura que nunca se debió perder. Es tiempo de recuperar valores que jamás se debieron perder, más que nunca,  y afrontar y resolver los problemas por muy duros e inalcanzables que pudieran parecer. Esos valores connaturales a nuestra propia existencia. Ante las dificultades uno debe crecerse a niveles  de superación máxima y no dejar que la melancolía o la frustración nos impidan ver otras opciones. 

Siempre hay un camino transitable o una puerta abierta. Siempre. Aunque existan en este momento muchas más clausuradas que antaño. Y confrontarlo de forma  sencilla y práctica que nos deriven a alcanzar esas metas más complejas que anhelamos. 

 
Y es fundamental que se realice por nosotros mismos,  sin esperar a que otros lo formen por nosotros.  Es un deber innato buscar la excelencia de las cosas,  de nuestro comportamiento y nuestra actitud como forma de contribuir a ese estado de convivencia solvente con las personas de nuestro entorno,  sin esperar a que Papá-Estado nos resuelva el devenir de nuestros acontecimientos. 

Sí se puede. Depende de nosotros mismos y de nuestra actitud en vertebrar cada paso que configuremos.