lunes, 27 de agosto de 2012

El 27.8.12 por Roberto MARTÍNEZ en , ,    Sin comentarios
A estas alturas de la película de ciencia-ficción, llamada economía perversa, y  que nos congregamos a intentar desmembrarla como si fuéramos esa especie de ávidos críticos cinéfilos, ya no sorprende nada. 

Todo se asimila como cuando vemos ciento treinta y siete veces seguidas la  repetición  de una jugada polémica en un partido de megafútbol. Dependerá el análisis, en primer lugar de la afición a los colores de uno de los dos equipos; igualmente del ángulo de visión de la misma; y de la misma forma de la percepción aguda y visual que uno tenga sobre ella. 

La economía perversa significa lo mismo. Hay decenas de analistas por doquier e incontables asesores gubernamentales y de mercado. Nadie se pone de acuerdo, ni de las causas y lo más extraño: de las soluciones. Los colores ideológicos cuentan y mucho, al igual que de la percepción de la realidad sobre el estado de las cosas, y ni que decir tiene los intereses sobre la misma. Pero todos tienen razón. Ellos mismos están plenamente convencidos.

España ha gastado lo que no tenía. España deseaba llegar al mismo nivel de infraestructuras y de máximo bienestar de sus vecinos. Y eso es obvio. Lo que para estos países fueron décadas de desarrollo, nosotros lo queríamos realizar en la cuarta parte de tiempo. 

En vez de alquilar el barco que nos llevara a América como antaño hicieron los emigrantes italianos, nosotros para realizar ese viaje a la élite de los países más desarrollados, lo que hicimos fue comprar al contado un avión supersónico como el mismísimo Concorde. 

Al igual que en las economías domésticas, se ha tirado de esa especie tarjeta de crédito VIP (no de débito) sin límite. Al principio, se podían atender los pagos y las inversiones de todo tipo y condición,  en una parte con ingresos reales y con otra recurriendo al fácil endeudamiento de toda clase y al descubierto de cuenta corriente. Aún teniendo la certeza absoluta de que los ingresos que se iban generando eran ficticios o temporales, pero que por diversas circunstancias y artimañas ya descritas se cubrían las obligaciones de pago sumado con la ayuda inestimable de una cosa llamada fondos europeos y una huída hacia delante de un modelo productivo pelotudo, operativo y no estructural. 

Y no guardamos. Y no anticipamos. Para qué?. Ya pagaríamos como fuera o fuese. La rueda de madera seguía en movimiento a pesar de que las  tinajas seguían llenas de vacío de futuro. 

Cuando la cruel realidad se impuso, este tipo de economía inició ese declive natural; es decir el globo comenzó a deshincharse y la pelota desgranó la esfera de la cordura. 

Y eso se materializó en una dificultad estable de pago, un más complicadísimo remedio al fácil endeudamiento, y con el inicio de la refinanciación como mal menor. Las tarjetas de crédito ya no eran operativas y mucho menos el descubierto, por lo que la confianza se resquebrajaba y desangraba el devenir de toda una economía doméstica y empresarial, y por tanto de un Estado en su totalidad.

El próximo paso es el de la ayuda. El de la familia, el de los amigos que lo puedan, y de nuestros socios europeos que exclaman a los cuatro vientos que necesitamos reformamos, como si hubiéramos sido esa especie de ratero de bolso de mano, pero que en el fondo quieren nuestras miserias para que puedan contribuir a su vez a un óptimo funcionamiento de sus propias economías; y si no, lo pueden comprobar a cómo nos financiamos nosotros en el mercado de deuda y cómo se han financiado negativamente en el día de hoy. 

Hemos hecho las cosas tan mal? Es posible. Se ha vivido, tanto economías domésticas, y empresariales, como el Estado, por encima de nuestras sabias posibilidades pero con la esperanza en nuestras acciones de que hacíamos lo correcto ; no ya en el mismo momento histórico, pero sí, no calculando las consecuencias en un futuro, ni anticiparse al devenir de los acontecimientos. 

Somos tan malos?. Nos merecemos tan superlativo castigo? Pues no. Me niego a ello. Lo que sí debemos aprender de este momento de coyuntura histórica es asumir las consecuencias,   no volver a cometer los mismos errores y que nos sirva de lección; ya que nuestra mejor formación y el pilar de nuestro bienestar y de nuestros hijos y nietos será la experiencia de los fallos garrafales y de cálculo generados. 

Y, demostrando que somos los mejores, pagando lo que debemos de forma racional y no brutal; y, por supuesto con una clarísima apuesta irreversible de políticas de crecimiento con la innovación, la creatividad, las nuevas tecnologías, la calidad y la educación como  pies de ese modelo productivo que tanto necesitamos. 

Ese es el camino para desterrar a la economía perversa. 

martes, 21 de agosto de 2012

El 21.8.12 por Roberto MARTÍNEZ en , ,    Sin comentarios

Son tiempos raros. Arrogantes, diría yo,  con  toques barrocos y un pelín superfluos. Virar en la dirección amable y de generación de valor permanente nos impulsaría a una mejor convivencia en cualquier ámbito de nuestros comportamientos y que derivaría, en mi opinión, a unos resultados globales más reconfortantes y óptimos. 

Y el mayor problema radica en ese halo de sentimiento impávido que acampa por doquier.  En esa fortaleza impropia que no somos. Nos estamos transformando en algo gélido y conformista en nuestro propio fuero interior. Incluso en las relaciones de afecto, donde sorprendentemente esta imperando e imponiéndose el cruel cálculo de situaciones, de lógicas aritméticas, cuya consecuencia es la arrinconamiento del calor del romanticismo. Y eso, lo vemos hasta razonable y acorde con la moda de los tiempos. La rosa y la flor. 

La consecuencia más inmediata es su consiguiente traslado al resto de combinaciones humanas, en todos los órdenes. La solidaridad ha dejado paso al interés razonable; es decir al cambio de cromos entre la emoción y el cálculo. Y los que más pueden impulsar esa mudanza de valores que tanto anhelamos, guardan pacientemente sus posibilidades en un frasco mudo, como si la cosa no fuera con ellos. 

Los rostros con los que cruzamos nuestras miradas a diario lucran esa expresión. Los diálogos con allegados y extraños conocidos hasta parecen vacíos. Incluso, se trata de configurar nuestra opinión buscando razonamientos inocuos e inverosímiles con tal de no aceptar, que, posiblemente no poseamos la verdad de las ideas y de los hechos. Cueste lo que cueste. Hábitos de antaño se mudan a otros comportamientos y pensamientos diametralmente opuestos, y lo más curioso, es que en ambos pretendemos imponer cordura.

Todos esperamos algo en un movimiento inerte; en donde la velocidad ágil de los cambios en nuestro entorno nos aprieta como una soga sin nudo. Son los problemas; es la incertidumbre, lo sé y soy consciente de ello. Aguardamos tras el árbol de la vida a que seres idénticos a nosotros nos restauren el paso de un bienestar mejor. Pero sin contribuir en nada.

Es frustante comprobar en el análisis de los vaivenes, cómo ha desaparecido la ilusión, la pasión, la emoción y el toque sutil de romanticismo en nuestras acciones y proyectos.  Craso error. Si permitimos que la frialdad, el desapego, la tibieza y el alejamiento de coraza herculina se introduzcan en nuestras formas de actuar, dejaremos de ser lo que siempre pretendimos alcanzar. 

El remedio hay que hallarlo en nosotros mismos. Me comentaba un buen amigo mío hace unas fechas que su fórmula magistral para no enquistarse era la de seguir soñando despierto y con los ojos cerrados. 

Pertenecemos a la condición humana irremediablemente, y por tanto, tratemos de darle a las cosas eso mismo, humanidad; y procuremos desterrar para todos los siempres esa halo gélido y de coraza interesada y pétrea que sin motivo realizamos. 

Nos irá mucho mejor. A nosotros y a los que nos rodean. Y al bienestar común, que es impagable.

martes, 14 de agosto de 2012

El 14.8.12 por Roberto MARTÍNEZ en , , ,    Sin comentarios
Creo que todos somos muy conscientes del terrible escenario de complejidad, incertidumbre y con ese denominador común que es la velocidad de los cambios que se producen en todos los ámbitos, cada día más acelerados, por el que transitamos. 

Es por ello, absolutamente imprescindible, y más que nunca, realizar las cosas con un orden lógico, racional y una excelencia en cualquier acción a emprender en todo lo concerniente al mundo de la actividad empresarial. Y en concreto, en su planificación. Estoy plenamente convencido de que alcanzar metas complejas requiere iniciarlas de forma sencilla, práctica y eficiente. Y todavía más el hecho de que es bastante más complicado perder en un juego o en una actividad o en un modelo de negocio que uno mismo haya planteado o planificado. Todas ellas dependen de nuestras acciones; es decir, no dependen de terceros, ni de la Administración; por lo que somos exclusivamente responsables del fracaso de cualquier Proyecto emprendedor o empresarial si no las planificamos con ese orden, y un toque de creatividad e innovación añadido. 

Planificar permite gestionar y adaptar los recursos que se tienen y controlar a qué se destinan. Y en la mayoría de ocasiones en tiempos de crisis, planificar adecuadamente significa hacer más de lo posible con menos de lo que en principio se pudiera necesitar. 

Este no es una artículo dirigido exclusivamente a emprendedores, aunque sí principalmente; es también un serio toque de atención para las empresas u organizaciones de cualquier tipo y género, en la mayoría de casos con graves problemas de gestión, y con el único fin o utilidad de que pueda servir para corregir el núcleo operativo y estructural en su proyecto o actividad empresarial. 

Lo que a veo a diario es bastante preocupante. En vez de ir a mejor, es al contrario, ya que contagiarnos del pesimismo, de las prisas y los agobios del entorno conduce a nada. Considerables Planes de Empresa o de Negocio pasan por mi mano para su análisis y puesta en marcha en los últimos tiempos, ya que existe cada vez más una actividad frenética de personas que quieren o pretenden iniciar una andadura empresarial o están en los estados iniciales de afrontar los mercados. Algunos de ellos por necesidad y otros por vocación emprendedora con altas dosis de creatividad. Y muchísimos con un enorme potencial.

Otros, en la mayoría de casos a los que me refiero, Proyectos ya iniciados y con una planificación o Plan de Negocio inexistente o muy pobre, y en donde se comienzan a vislumbrar verdaderos problemas de viabilidad ya que la gestión, verdadero núcleo de cualquier Proyecto, es un compartimiento inexistente, olvidado en un oscuro rincón. En el fondo, es la razón por la que acuden a nosotros para analizar la posibilidad de encauzarlos. 
Pero, lamentablemente, en algunos casos es muy tarde. Emprender hoy un negocio, aún en la difícil coyuntura económica por la que atravesamos, es menos complicado que gestionarlo. Y es, en donde se quiebra un modelo de negocio; en la gestión deficiente e ineficiente. 

La raíz de todo este fracaso empresarial se sitúa en la falta de planificación. Se improvisa en exceso; y tener que improvisar es la muerte anunciada para cualquier Proyecto. Hoy en día todavía más, por la velocidad de los cambios que se producen en todos los escenarios. Lo alarmante es el indudable desconocimiento en la utilidad de un Plan de Negocio; la ignorancia en saber que existe un altísimo porcentaje de garantía en la viabilidad de cualquier tipo de Proyecto si se afronta con un buen Plan de Negocio; pero también en no estructurar su indiscutible importancia a la hora de configurarlos y en su metodología; su significado, y que en ningún caso, debería servir como mero documento de marketing que se guarda en el cajón del despacho o como trámite simplemente administrativo. 

La mayoría de los fracasos de proyectos emprendedores ya iniciados tienen su verdadera causa en esa infrautilización de este documento de vital importancia como es el Plan de Empresa o Negocio. Y voy más allá, la mayor parte de los cierres de empresas consolidadas son debidos a la falta de planificación en todas las áreas de la empresa. 

Un Proyecto, jamás se debe iniciar si no se tiene estructurado un buen Plan de Negocio. Éste, puede salvar una idea poco brillante, pero nunca al contrario. 

Como ya he comentado anteriormente, un Plan de Negocio, debe ser un documento imprescindible en la planificación, análisis, gestión y control de cualquier tipo de Proyecto, sea o no emprendedor. Es vital, de igual medida, para cualquier proyecto de reestructuración, de diversificación, de lanzamientos de nuevos productos o servicios, de internacionalización, etc., y que aparte de describir y analizar una oportunidad de negocio, examine su viabilidad técnica, económica y financiera, además de desarrollar y conjugar de manera ordenada todos los procedimientos, estrategias y controles necesarios para llevar a efecto con éxito cualquier proyecto. 

La mayoría de los emprendedores se centran erróneamente en vender su idea, pero lo que desconocen es que la clave no está en la idea misma, sino en el modelo de negocio que el Plan de Negocio o Empresa va resolver, y lo que es más importante: ejecutar.

 Los emprendedores olvidan muy pronto que ante todo, y como garantía de éxito de su Proyecto, que su Plan de Negocio les va a servir de herramienta interna que evalúe permanentemente la futura marcha de su modelo de negocio; y fundamentalmente poder corregir y adaptar aquellas desviaciones que se puedan producir en un escenario tan cambiante como el que transitamos y así, poder anticiparse a ellas. Este su papel principal, básico diría yo.


Se centran más en su utilización externa, y no es así. Y, en la mayoría de ocasiones, por mero trámite. 

Anticipación y flexibilidad: dos claves de garantía en un mundo en que lo único permanente es el cambio continuo. Y ahí reside el carácter de un Plan de Negocio: su dinamismo, que lo hace ser configurado como una guía estratégica en evolutiva revisión y adaptación. Esta es la clave. 

Un buen Plan de Negocio va a permitir controlar y gestionar diariamente cualquier tipo de proyecto; ya que la falta de gestión o el inadecuado control son los verdaderos lastres en las organizaciones en la actualidad. A veces, inexplicablemente. 

No me olvido de otras utilidades, pero que obviamente forman parte inequívoca de la excelencia de un Plan de Negocio, como es la de la de servir como tarjeta de presentación ante inversores institucionales o privados, organismos públicos, entidades financieras, etc. O, lógicamente, para descartar la viabilidad de cualquier tipo de Proyecto. Pero en ningún caso olvidar que la verdadera esencia de un Plan de Negocio, es la de servir de herramienta interna de evaluación y control. Es un documento vital, y estratégico. Es esencial que sea veraz, real y profesional. Es un documento que debe irradiar confianza a todo el equipo, promotor o no y en cualquier ámbito en que se presente. 

Y por supuesto, huir de adaptar tu modelo de negocio a cualquier buen plan de negocios estándar o tradicional ya que puede llevarte al fracaso. Cada Proyecto requiere su propio Plan de Negocios personalizado, con los matices propios de cada uno de los apartados del mismo modelo de negocio, además de los propios del sector y sus características. He visto Planes de Negocio, encajados a la fuerza en esos modelos estándar que no tienen ningún sentido y en donde el modelo de negocio que se plantea está difuminado o perdido.

lunes, 6 de agosto de 2012

El 6.8.12 por Roberto MARTÍNEZ en    Sin comentarios

Buscar responsables de nuestros inadecuados actos o priorizar responsabilidades en el mismo tipo de actos de los demás,  es una profesión tan ancestral en nuestras costumbres  que lejos de fulminarlo, parece asentarse  en nuestra forma de ser y actuar como ese pie que depositamos en el suelo cada día que nos incorporamos a nuestros quehaceres. 

En estos tiempos tan llenos de podredumbre y de incertidumbre, la esperanza de algo nuevo y mejor parece que se esfuma como un acto obligatorio de alevosía hacia una vía de esclavitud que no pretendemos ver y, de igual modo, estúpidamente se enaltece aceptando que no hay remedio, pero a su vez,  sí responsabilizamos a nuestro entorno. Y lo que es más importante, esperamos a que nos lo arreglen. 

La voluntad es nuestra. Es un derecho inalienable. Es el momento idóneo para disponer de nuestros actos, y por qué no, de nuestros sueños. Desconozco la razón de alzar de manera reiterativa ese muro de pesimismo y victimismo cada amanecer,  cuando las cosas no funcionan como quisiéramos y nos dejamos encauzar y vertebrar hacia lo que no deseamos. Todos lo hacemos sin darnos cuenta. Hasta los que izan la bandera del optimismo por doquier. 

Estamos en una situación crítica; no hay discusión sobre ello. Pero, es lógico que espoleemos la negatividad de la situación sin analizar otras vías de arreglo, de impulso y de sacrifico? 

Tenemos la impresión equivocadamente, en determinadas ocasiones, de que la magnitud de la situación es algo que hemos aceptado como algo inevitable, que nos la merecemos y lo más grave, que intentar por nuestros propios medios ver que hay un horizonte mejor, es, casi un insulto a la razón. Es, comparativamente, como la mayor atención que prestamos a las noticias sobre catástrofes. Bajo ningún concepto debe ser así. 

No podemos conformarnos con la losa del pesimismo. Como decía esta mañana en un pequeño comentario en una red social, hemos sido presos de una especie de demencia colectiva, donde los límites a la prudencia y la forma de gestión no existían; donde todo nos parecía razonablemente bien y que si había  o no dinero para afrontar  todo tipo de inversiones por parte de  todas las administraciones no era un problema que nos incumbiera. 

Nadie se ha cuestionado alguna vez de dónde salía todo ese flujo de dinero o recursos para afrontar todo ese gasto o inversiones que se han materializado en los últimos tiempos, algunos casi faraónicos o prescindibles o inocuos? 

Nadie se ha planteado que era imposible que todo saliera de los propios recursos que generaba el Estado a través de nuestros impuestos y que acudir a la deuda pública era un riesgo desmedido a pesar de encontrarnos con algunos ejercicios con superávit? 

Que nuestro modelo productivo era superficial o temporal, y que tarde o temprano tanta casa o tanto ladrillo no tendrían cabida ni físicamente? Nadie se cuestionó tan sólo como las entidades financieras podían conceder y otorgar tanto préstamo hipotecario con unos niveles de valoraciones de mercado simplemente desmedidas? Nadie se cuestionó que vivíamos en una sociedad construida sobre un barro y un lodo maloliente muy peligroso?

Esa locura colectiva es también responsabilidad en parte nuestra. 

No podemos conformarnos con buscar solamente responsables de algo de lo que hemos sido parte aunque fuera en menor medida. Todos hemos disfrutado y gozado con la pulcritud engañosa en cómo se han desarrollado las cosas y los acontecimientos en sí.

Ni debemos, en mi opinión, de ninguna manera, enarbolar una bandera de revolución y de hastío descomunal para corregir lo que ya no se puede. Pero sí con otras banderas como las del esfuerzo, superación, reinvención, creatividad, y mirada hacia delante con el fin de afrontar nuestra viabilidad y nuestro futuro y el de nuestros descendientes. No es demagogia. Es una realidad sana. 

Hoy en día las puertas que se cierran son muchísimas, pero debemos ser conscientes con ese derecho inalienable que describía antes como es el de nuestra voluntad inequívoca, deben guiarnos a  atravesar ciertas ventanas que a su vez, nos gobiernen a  esa apertura de las puertas que se nos cerraron en su día. Sólo hay que buscarlas. Si hace falta, una y otra vez. 

La solución a todo es una palabra dramáticamente escondida. Se llama “gestión”- 

Y dentro de ella tienen cabida muchísimas vías de encauzar la situación definitivamente y estructuralmente: entre ellas, la anticipación; tanto a nivel de Estado, como a niveles empresariales y profesionales, y por supuesto, la personal. 

Estoy plenamente convencido de ello. Hagamos la prueba. Es muy sencillo.