domingo, 3 de marzo de 2013

El 3.3.13 por Roberto MARTÍNEZ en , , , ,    1 comentario
Es una tremenda suerte seguir los movimientos de muchos proyectos emprendedores en su vía crucis de trasladar sus magníficas ideas a modelos de negocios que, en definitiva, uno tiene la esperanza con una mezcla de inusitada convicción, de que más pronto que tarde se traducirán en creación de riqueza, empleo y sostenibilidad en la sociedad.

Y me permito denominar emprendedores a una amplia categoría de proyectos ilusionantes y sacrificados, que no tienen porqué pertenecer al espectro de aquellos que se inician en la apasionante aventura empresarial- Estos últimos, con un mérito inusitado, ya que en la mayoría de los casos no poseen los recursos necesarios para poner en práctica y en conocimiento todo su saber, si no que hacen muchísimo más de lo posible con menos ( o con nada) de lo que en principio era necesario. 

Lo son también emprendedores, y de categoría especial, aquellos que amplían sus horizontes empresariales con magníficos planes de expansión pesar de la coyuntura tan complicada; y lo son de igual forma, aquellos que tienen sus empresas en un estado tan delicado de supervivencia que siguen empañados y empeñándose en tirar de un carro sin ruedas por unas razones de simbiosis entre la esperanza y confiar en un futuro donde lo mejor está por venir. Excelentes todos los casos. Algún día la sociedad tendrá que reconocer esta labor tan ingente, y tan impagable. La de todos. 

Cuesta en estos últimos tiempos, y soy muy consciente de ello, levantarse cada mañana y encontrarse con esta especie de pléyade de acontecimientos tan desastrosos que tanto nos afectan en nuestro ánimo y nuestras actuaciones operativas. No podemos obviarlos, ya que una sociedad mal informada no tiene futuro, y en definitiva no permitiría que nos anticipáramos en la toma de decisiones y encauzar nuestros designios de buen hacer y recorrido en la más pura incertidumbre en que nos han instalado. 

Desconozco si los asesores de alcoba españoles y europeos (los mismos que no supieron anticiparse a la crisis) habrán tenido muy en cuenta la deriva y el riesgo latente de las políticas monetarias y económicas que tan malísimo resultado están originando. Ellos son los auténticos culpables en ambos casos. Desconozco si a Merkel y su equipo le están mereciendo la pena llevar por razones electorales el rumbo de unos acontecimientos que están derivando en una quiebra social con consecuencias muy alarmantes. Visto lo visto en Grecia, Portugal, Italia y en España, no me explico este afán de situar un epicentro en una explosión ciudadana nada buena para los mismos designios de la misma Unión Europea. 

No me olvido de la sociedad española que asiste con sonrojo y hastío al sinfín de tramas de corrupción en todos los ámbitos; de partidos que se espían y espían al conglomerado social; a la deriva de los nacionalismos gestionando un proceder de un mundo al revés; a una monarquía encerrada en sus propios mecanismos y al de los siempres oportunistas sectarios que la quieren hacer vomitar; a unos sindicatos retrógrados que sin rubor alguno denostan la actividad emprendedora que al fin y al cabo son creadores de empleo por el temor de perder el control de sus arcas; de las increíbles entidades financieras que se han convertido en piezas mastodónticas de poder y burocracia ineficiente y que no han sabido depurar sus propios pecados y qué tan alto coste estamos pagando; y al propio egoísmo de muchas personas sin principios e instituciones y organismos. 

Una sociedad que no se merece este infame trato. Y que tendrá que tomar las riendas de una gestión del cambio imprescindible, eso sí, de manera ordenada y desterrando esos radicalismos que siempre conllevan oscuros intereses en su proceder.

Es por ello, que admiro a esos emprendedores que están convencidos de que lo mejor está por llegar a pesar de las inmensas trabas que cohabitan en el momento en que vivimos. A esos emprendedores y proyectos que sin prácticamente recursos y que tienen que inventar,  están empeñados en seguir adelante.

Tenemos y debemos que dejar de mirarnos los pies, y levantar la cabeza bien alta, para en vez de ver un suelo negro y rugoso, observar un horizonte limpio, claro y de enormes posibilidades y de oportunidades. Que las hay y muchas.