domingo, 4 de agosto de 2013

Demasiada literatura está apareciendo en los últimos tiempos sobre el concepto y simbología de la llamada “institución del fracaso” en un entorno y cultura empresarial como la existente en nuestro país y que, no hay que olvidar nunca,  juega un papel esencial en todo el significado global de la posibilidad de un fracaso empresarial u organizacional.

Las reglas del juego aquí son totalmente diferentes y mientras no nos dotemos de otra mentalidad, no podremos cambiarlas. No debemos olvidarlo. No es una mera cuestión de legalidad, ni de impulso en todos los ámbitos institucionales; es una mera cuestión de mentalidad. Y por supuesto, de conocimiento.

Cuando he hablado de lo que significa el concepto de fracaso en cualquier foro empresarial o en las habituales Jornadas que imparto, siempre he procurado lanzar el mensaje inequívoco de que es importante aprender del fracaso empresarial, pero todavía más fundamental, saber gestionarlo. Imprescindible, añadiría yo.

Ese mensaje de que si se fracasa no pasa nada, en el fondo no es cierto. El fracaso no es la habitual regañina que se lanza a cualquier niño que haya realizado una acción desafortunada. Está razonable bien, que se den todos los impulsos imprescindibles tanto en sensibilidad, moral y hasta en conocimiento hacia aquellas personas o grupos de personas que al afrontar una iniciativa emprendedora, hayan fracasado en el intento. Y sobre todo, no penalizar ni banalizar, ni por supuesto hipotecar el futuro de toda una vida tanto empresarial como personal.

Ahora bien, tampoco hay que tomarlo a broma. Eso de “si fracasas, no pasa nada”, hay que matizarlo y mucho. Ya me he encontrado en muchas ocasiones a promotores de proyectos hasta bromeando sobre las consecuencias de un hipotético fracaso. Y eso, en sí mismo, es un error conceptual que conlleva o puede conllevar elevadas y penosas consecuencias. Y como he comentado más arriba, en un país, en que el impago por una factura de una operadora de telefonía por no estar de acuerdo en los importes de las operaciones facturadas al no corresponder con el contrato, ha traído consecuencias nefastas a la empresa en término de solicitar financiación. (Un caso muy real y desgraciado, no a muchos kilómetros de aquí)

Hasta los héroes tienen pánico al fracaso. Pero existe una clase de emprendedores que son capaces de asumir los errores como un desafío y que jamás claudican ante el entorno y la adversidad, convirtiendo el infortunio en una auténtica oportunidad, por la razón que he esgrimido antes; no sólo aprenden del fracaso, sino que lo gestionan magistralmente. Y lo más importante, no juegan al monopoly con él. Afrontan el fracaso como una oportunidad para superarse y crecerse ante las dificultades mejor que los demás, convirtiéndolo en su principal valor.

La dualidad del “no pasa nada”, se debe direccionar hacia la máxima superación, y nunca del cometer una y otra vez los errores sobre los mismos pilares sobre los que construyó su propio fracaso.

Decía Winston Churchill, que “El éxito es la capacidad de ir en fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”.  Es cierto, pero nunca se debe afrontar como fracasar o tropezar con la misma piedra una y repetida vez.

Hay gente que no lo tiene claro. Los errores tienen consecuencias, y desgraciadamente, insisto, en este país, todavía más. Que hay que cambiar esta mentalidad, completamente de acuerdo. Pero, mientras ese cambio no se logre, hay personas, organismos y sobre todo entidades financieras, que hacen lastrar el fracaso de por vida, como si fuera una pesadilla de una hipoteca a cien años. Hay que tenerlo muy en cuenta.

Reconocer los fallos; aprender de ellos; por encima de todo, saber gestionarlos; conocer las limitaciones de cada uno; saber lo que se quiere y conocer el mejor camino para conseguir los objetivos marcados; saber tomar decisiones; la formación continua; tener como aliado al mejor equipo posible; son factores fundamentales para acotar el riesgo de un fracaso. Y si después de todo esto, se fracasa, éste será el mejor conductor para el éxito en una segunda oportunidad.

Tenemos que ser muy conscientes de que muchas veces se juega con un fuego empresarial  asociado a la maravillosa aventura del riesgo de emprender. Lo que debemos procurar siempre es que ese fuego luminoso se realice lo más alejado posible de suelos impregnados en gasolina.


Y por supuesto, ir creando,  con una base de creatividad e innovación estructural y nunca coyuntural, una cultura que recompense experimentar y en donde se vea el fracaso como un paso hacia el aprendizaje, y su gestión como el camino más corto hacia el éxito.