jueves, 11 de diciembre de 2014

El 11.12.14 por Roberto MARTÍNEZ en , , , , ,    1 comentario

La semana pasada tuve la ocasión de compartir con un grupo nutrido de empresarios al hilo de una Jornada que impartí sobre la capacidad de innovación de las organizaciones, sus inquietudes y preocupaciones en esta materia que asumen como imprescindible, pero que todavía,  y lamentablemente,  siguen viendo como algo,  que erróneamente, piensan que no está a su alcance.  

Y lo está. Claro que sí. Esa transformación de conocimiento y experiencia en valor añadido que es la innovación, no es tan sólo de sofisticados departamentos de I+D, o productos muy avanzados tecnológicamente, sino de aspectos tan primarios y a la vez tan importantes, como la gestión de la propia empresa, del mismo modelo de negocio, de organización, de motivación y formación del mejor activo de una empresa como son las personas, de la actitud intraemprendedora, del diseño y desarrollo de productos y servicios, de la calidad, del servicio post venta, de la comunicación, de las estrategias de comercialización, de las alianzas estratégicas incluso con sus propios competidores, de la internacionalización, e incluso de la misma capacidad de financiación de la empresa. Y en todos estos aspectos, se puede y se debe innovar, y por tanto desterrar ese mito de que la innovación es cara. La solución está en nuestra propia casa. 

Ese rodar tan veloz e imparable de las reglas del juego de la competitividad y del mercado inexorables, los tiene asumidos en la cueva del temor empresarial y de la improvisación, al asociar la innovación con la necesidad de obtener grandes recursos económicos y financieros de los que no pueden disponer. Y ahí está uno de los grandes errores. Para innovar no hace falta grandes dispendios económicos, sino voluntad y compromiso.

Y tampoco esconde el  éxito de la innovación, en la mayoría de las ocasiones, la de un golpe genuino de suerte o iluminación, o una idea genial. Detrás de la innovación, hay mucho análisis, experiencia (que la poseen a raudales), interacción con los clientes, testeo, trabajo en equipo y colaboración. 

Las acciones de fomento, por tanto, de casi nada sirven ya que deben primero cambiar la mentalidad de un patrón cultural lento donde la creatividad y la innovación tienen que abrirse paso como actores principales de éxito en la evolución de cualquier empresa.

Es una tarea complicada. Pero no irreversible. La creatividad debe ser un patrón cultural de las empresas y así incorporar el espíritu innovador al cromosoma cultural y de gestión de toda la organización. De esta forma, la capacidad de las empresas para esa adaptarse (y corregirse) a la imparable velocidad de los nuevos mercados y de la ingente cantidad de retos y oportunidades implicará sin temor a error, a una apuesta sin fisuras a un modelo de crecimiento sostenible que desemboque en la generación de riqueza tanto a nivel local como regional.  Y para las empresas en un incremento de su cifra de negocio, en la mejora de la productividad y el aumento de márgenes y resultados. 

Además estos empresarios que quieren reinventarse poseen ya de inicio una ventaja diferenciadora sobre los que emprenden de cero, y es que pueden construir sobre el presente y el pasado todo el conocimiento que han ido acumulando a lo largo del tiempo. Y, precisamente, la innovación es una herramienta para esa reinvención esencial. 

Tienen que repensar el momento. Y convencerse que la innovación no es un feudo de especialistas tecnológicos, sino de los directivos y profesionales de su misma organización donde todos pueden aportar y diseñar ideas en operatividad y en nuevos modelos de negocio, productos o servicios que comercializar y llevar al mercado.

Y por supuesto, convencerse de que la información y los flujos generadores de ideas están al alcance de nuestra mano; es un flujo horizontal y que no está en el poder de unos pocos como antaño.