miércoles, 30 de diciembre de 2015

Ha sido un año extraordinario para mí. Complejo, quizás tosco en sus formas, pero atrevidamente insolente en sus metas y apasionante en el cénit de su vértigo en el logro de unos objetivos sobradamente cumplidos. Un período de reencuentro en planteamientos, estrategias y visiones de cosechas anteriores,  donde la cooperación y las alianzas estratégicas van ocupando ahora espacio  preferente como factor dominante tanto en el mundo de los negocios como en las sutiles relaciones sociales y esencialmente humanas.
Roberto Martínez


Tiempo éste donde uno incesantemente va construyendo pieza a pieza, molde a molde, vivencia a vivencia, la esencia de un rumbo junto a ese fiel acompañante que es la sabiduría lenta de la madurez y que te permite respirar en plenitud entre los parapetos de la vida. Tiempo en el que uno aprende a convencerse de que todo es posible si nos permitimos el lujo de pensar que absolutamente nada es imposible. Tiempo éste donde se entremezclan las curvas de dificultades, de estrés, de sueños, de logros y de éxitos como un gráfico matemático de embarazosa interpretación para verificar que el camino más práctico y más simple es la mejora continua. Tiempo insuperable de un “learning by doing” que nos sugiera aprender a pedir nuestras galletas favoritas en ese momento justo antes de que descubramos con decepción que ya no nos quedan.

Por tanto, nada especial que solicitar a este 2016 que se vislumbra en el horizonte que no sea seguir deleitándome de la magnificencia del insolente y veloz cambio permanente, mezclado, eso sí, de la gratificante paciencia adictiva. Saber esperar, dicen los expertos. Que siempre lo mejor está por venir, interpreto yo, incluso en los momentos más dulces.

Quiero seguir disfrutando de ese silencio magistral como cuando asumimos el sueño ligero; de esa magia de la sucesión de hechos inexplicables que van más allá de lo evidente; de la libertad de abrir y cerrar armarios transformando con indubitado asombro perchas y cajones; alegrarme de abrazar a la gente que me quiere y me aprecia y a la vez respeta mi espacio de soñar a lo grande con los ojos abiertos; esa tarea inquebrantable de poderme sustraer y tomar distancia irreversible de mi vida a la gente dolosa, tóxica y retorcida sin más manifestación que la indiferencia del silencio; de continuar mi espíritu solidario con orgullo ayudando a quien lo necesita sin pedir recompensa de vuelta; de poder respirar aromas de nostalgia que me transborde a ese patio interior de paz y sosiego; de estar convencido que los buenos deseos y los nobles propósitos dan esa fuerza misteriosa para impulsarnos hacia el encanto del color de la vida en un mundo de grises metalizados;  a la belleza de las cosas; de poder pasearme por la orilla de la playa en invierno y dar luz y alegría a mi reflexión más íntima; y por supuesto no permitir jamás que el amor se relaje en la rutina.

Nada especial. Es un deseo que traslado a todo el mundo de bien. Un proyecto insolente, fresco y en sintonía con el espacio social de unas satisfacciones que no deben devaluarse. Es así como creo podemos contribuir a una sonrisa eterna acompañada de una mirada resplandeciente como una luz de una hoguera imaginaria y sin renunciar a la palabra de las nuevas ideas y los hechos como soporte inmortal y libre de poder reinventarnos cada día.


Feliz insolente 2016. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015


Si queremos fomentar el espíritu emprendedor se tendrá que empezar a favorecer la creatividad y la innovación desde la escuela. Ya lo dijo el genial autor de “El Principito”, Saint-Exupery: “si quieres construir un barco, no empieces a buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo, sino que primero tienes que evocar en los hombres, el anhelo del mar libre y ancho…”



De nada servirá impulsar el mensaje de la actitud emprendedora si antes no favorecemos otras mucho más importantes para la actividad empresarial, profesional y laboral. Poner todos los bollos del emprendimiento en el mismo cesto terminará por saturarnos y a insertarnos en un mundo de incertidumbre más profundo y complejo del que ya existe. Y lo que es peor, a la ineficiencia operativa y estructural. Ya se habla de “burbuja emprendedora” y con razón.

Emprender debería ser algo natural. Un paso más. El resultado de una secuencia donde los resultados serían mucho más prácticos y eficientes de los que existen en este momento, donde se oyen campanas de gloria pero no se escucha el sonido.

Estoy plenamente convencido de que el futuro pertenece a todos aquellos que tienen el coraje y el sentido común de ser ellos mismos. Es por eso mismo, que la cultura de la excelencia tiene que venir acompañada de una más que suficiente preparación muy sólida y en donde los valores tienen un lugar muy prioritario.

El foco hay que ponerlo en otras cosas que para mí son más vitales. Aprender a pensar y comprender. A una metodología estratégica de entendimiento y conocimiento diferente que transforme nuestro entorno. A convertir la innovación en algo útil. A gestionar la incertidumbre. A saber plantear y aprovechar las oportunidades. A saber anticiparse y ser flexible. A validar y experimentar nuestro aprendizaje. A priorizar el modelo de gestión más que poner en valor la financiación (los proyectos mueren por una inadecuada de gestión, no por falta de financiación). A poner a las personas en el centro. A estar debidamente preparado antes de iniciar una aventura.

Incluso a emocionar. Los nuevos tiempos exigen desarrollar nuevas capacidades innatas en los seres humanos, y sobre todo en nuestros niños y nuestros jóvenes. Si queremos hacer emprendimiento despertemos este anhelo a través de otras fórmulas y situemos cada cosa en su lugar y cada oveja con su pareja.

Impulsemos una educación válida, absolutamente necesaria, que no destruya una creatividad que luego necesitaremos y que margine por completo el espíritu emprendedor. La educación no requiere de reforma, sino de transformación.

De nada servirá poner en marcha una idea genial (o no tan genial), si no cuidamos y no respetamos estas facetas.

En este país nos encanta querer confeccionar un puzzle que en el fondo carece de la base idónea con qué sostenerse. Así que en demasiadas ocasiones, a mitad de labor, las piezas se desentienden y no hay más remedio que empezar desde el principio; y en muchos casos sin volver a instalar la adecuada base y casi obligando a los participantes a seguir montando un puzzle del que no están muy seguros de querer construir.

Los datos están ahí, objetivos, en que nos muestran que las iniciativas empresariales, mueren en un altísimo porcentaje, casi un 82%, antes de los cinco años.

Sin obviar los miles de consejos irresponsables de personas, organizaciones e instituciones que creen haber descubierto el incontrolado ecosistema emprendedor cuando hace ya 4.000 años a. C existían intrépidos comerciantes que se abrían paso con nuevas propuestas en torno a las ciudades de la antigua Mesopotamia.

Tengo muy claro que los tiempos cambian. Pero como siempre. De no ser así estaríamos todavía en la Edad de Piedra. La única diferencia, es que cada vez los cambios son más veloces y hay que estar mucho más atento. Y de igual forma, el mercado tiende a construir nuestra propia marca y empleabilidad, con nuevas profesiones, nuevos perfiles, nuevas preferencias sociales, y en donde el trabajo para siempre, seguro y de por vida, se acabó. Tanto para jóvenes y medio jóvenes como para más experimentados.

Pero son nuestros jóvenes quienes más lo sufren; entre otras cosas porque no se les está preparando para unos tiempos difíciles y duros, donde las habilidades van a tener también un lugar esencial.

Nuestros jóvenes no necesitan que les facilitemos las respuestas, sino que les impulsemos a reflexionar sobre el planteamiento de las preguntas idóneas.

Emprender es cosa del pasado. Presente y futuro requieren apostar por otras formas. Emprender no es sino una pieza más de ese puzzle de progreso y sostenibilidad. En algunas ocasiones, observo atónito, como se impulsan demasiados eventos en torno al emprendimiento donde se exponen ideas y no modelos de negocio; donde se pretenden encajar esas ideas en un puzzle donde escasean elementos diferenciadores y esenciales de gestión; donde hay el triple de mentores que supuestos emprendedores;  jóvenes absortos y meticulosos con el despiece de una idea ya que ellos mismos no saben por donde empezar y que acaban por transformarse en un cuello de botella descomunal; y donde se quiere iniciar lo complejo en vez de gestionar desde lo simple.

Me gustaría que esa energía en torno a estos eventos, que siempre quieren sumar y son muy loables, se dedicara a poner en marcha bajo otras fórmulas, a potenciar esas actitudes y aptitudes de las que hablaba antes. Incluso para muchas pymes que lo necesitan. En creatividad, en innovación, en motivación, en liderazgo, en planificación, en aprendizaje, en mejora continua, en modelos de gestión, en organización, en competitividad, en diagnóstico, a intraemprender dentro de las organizaciones, en vocación, en confianza, en análisis de viabilidad, en procesos y metodologías innovadoras, en internacionalización, en relaciones, en saber comunicar lo bueno que tenemos y somos…

Pongamos los bueyes en lugar correcto. Menos talleres de creación de empresas y otros eventos similares y más impulso a los escalones anteriores. A evocar ese anhelo del mar libre y ancho del ecosistema empresarial, profesional y laboral.

Emprender no es un juego. La idea de negocio no lo es todo. En la mayoría de ocasiones, no es nada.




viernes, 13 de noviembre de 2015

A principios de semana asistí a una reunión muy productiva con un empresario turístico extranjero muy interesado en invertir por esta zona.



En el transcurso de la misma este potencial inversor me planteó una cuestión muy curiosa, pero no exenta de cruda realidad. Había descartado invertir en Cataluña por la incertidumbre política y los riesgos inherentes, (en su opinión, incluso  la posibilidad de conflicto social) pero a la misma vez empezaba a tener serias dudas si su efecto dominó podría trasladarse a estos lares.

El núcleo de su evidente preocupación versaba sobre el estado actual y cierto de la denominada “infrafinanciación” de la Comunidad Valenciana y esas noticias colaterales, principalmente, sobre si ese problema a medio plazo podía derivar en la excusa perfecta o en la piedra angular de reclamaciones de soberanía e independencia al igual que había ocurrido en Cataluña.

Como buen inversor estaba muy bien informado. No podía ser de otra forma. Necesitaba respuestas aquí mismo y desde su distancia geopolítica, económica y social. Aunque me sorprendió inicialmente, la verdad es que comprendía perfectamente su inquietud, ya que yo mismo asisto atónito en estos días a ciertas declaraciones en algunos foros, tanto de ámbito político como económico,  que se están pronunciando en ese sentido con esa estrategia de calado finísimo y constante, casi imperceptible. Incluso de personas e instituciones que enarbolan la bandera de la transparencia y la solidaridad.  

Es tan sólo un ejemplo de esas miradas que están muy pendientes  absolutamente de todo lo que ocurre en este país y del desvarío argumental que se utiliza para construir el caos y cimentar sobre las cenizas. En este caso, la denominada infrafinanciación (o cualquier otra excusa podría servir) para fomentar no sé que estupideces de “hacer país”, en este caso, el País Valencià. No dudo que exista esa falta de financiación y que se esté gestionando pésimamente. Pero de eso a pedir soberanía, independencia, la luna y el chocolate del loro por esta causa… va un mundo mundial.

Este inversor me inquirió: “¿Podría suceder esto a medio y largo plazo aquí…?” Yo no me corté: “Podría ser.” Y se lo argumenté en perfecto castellano. No podía engañarle, ya que los culpables somos nosotros mismos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Hemos llegado a un punto donde no tenemos tiempo para pensar. Leemos, oímos, miramos y observamos la realidad política, económica social y de opinión prestando una atención muy difusa. Nadie se para a escuchar la letra de la canción;  tan sólo nos dejamos llevar por la música. A veces, incluso estridente.

Hemos perdido esa capacidad de digerir un tiempo de reflexión, a mi modo de ver esencial, que no nos impulse a creer cualquier pensamiento fácil y lejos de la racionalidad y la lógica.

Es asombrosa nuestra capacidad de patinar sobre un laberinto de mentiras y dejarnos convencer incluso por lo que no es cierto, con una escalada de manipulación y en un anclaje de sumisión en la que se nos quiere implantar falsas expectativas y previsiones y lo que es más grave, jugar con nuestros propios sentimientos enarbolando banderas de odio y enfrentamiento infatigables.

No podemos dejarnos llevar por corrientes de opinión que atrofien nuestra capacidad de raciocinio y anulen nuestros sentimientos e impulsen un ámbito de caos que destruya lo que tanto nos ha costado construir. No podemos consentir que asalten nuestro cielo y nuestros anhelos.

Ni podemos descender a ciertos infantilismos democráticos impartiendo lecciones de reglas de juego con la excusa de instaurar otras que sólo sirven al interés y la especulación de unos pocos.

Es el fiel retrato de una sociedad perdida. De una comunidad humana, la nuestra,  que no debe permitir que se les aborregue. Del aprendizaje reflexivo y extirpar lo absurdo depende también nuestro presente  y el futuro de las próximas generaciones.

Quizás así, cuando despertemos de nuestro letargo y cortemos de raíz las cuitas de personas e instituciones, podamos recuperar una sociedad mucho mejor.

Más que nunca, hoy lo que vale es lo que decimos, lo que aprendemos, lo que reflexionamos, lo que sabemos y lo que somos y no tan sólo lo que transmitimos.

Depende de nosotros.



lunes, 2 de noviembre de 2015

Sin educación no hay futuro. Todos, sin excepción, debemos asumir que la educación es una prioridad absoluta con el objetivo de asegurar nuestro progreso de forma continua y el destino de millones de jóvenes como sociedad de vanguardia creativa, investigadora, científica, social, cultural y económica. Para ello, se requieren y se exigen pasos audaces y eficaces que mejoren el actual ecosistema educativo pero al mismo tiempo liderar fórmulas innovadoras en sintonía con una nueva era de excelencia en todos los ámbitos.



No hay nada más práctico en determinados momentos, como lo es el actual, que hacer balance, y proyectar y proyectarse hacia el futuro permitiéndonos el lujo de soñar a lo grande.

Una de dichas fórmulas innovadoras sería darle la debida y justa importancia, potencialidad y prioridad en nuestro sistema educativo a una asignatura  como es la “visión estratégica”. Urge afrontarlo en mi opinión. El paso adelante sería increíblemente positivo. Y no tan sólo en las Universidades o Escuelas de Negocio que ya existe con algunas disparidades, sino lo que es más fundamental, aplicarla en edades mucho más tempranas de manera sólida (y reitero, audaz) al igual que se quiere hacer con el espíritu emprendedor, el fomento de la creatividad, los valores o la educación financiera.

La “visión estratégica” es un factor determinante no sólo para comprender la viabilidad y fortalezas de una empresa a largo plazo, sino de igual forma podría servir  a las personas, como cualquier organización o institución,  con el fin de alcanzar una vía sostenible  y poder así crear una oportunidad de éxito a largo plazo en cualquier ámbito de nuestra vida laboral, profesional y empresarial y articular inteligentemente una razón de ser. Incluso, en nuestras relaciones cotidianas. Me atrevería decir que clarificaría nuestra identidad esencial.

La “visión estratégica” potencia la anticipación y flexibilidad de nuestra mente creativa con amplitud analítica que permite no sólo encontrar respuestas sino realizar las preguntas oportunas al desafío de una realidad tan cambiante.

No es una guía general y de sentido amplio y de vaguedades inconexas. No es una forma de predecir el futuro. Ni es una bola de cristal que prevea sus consecuencias.

En su esencia, la “visión estratégica” y su gestión es una metodología que impulsa y permite reflexionar sobre los posibles cambios que influirán en nuestro entorno y saber escoger entre una serie de alternativas cuyo resultado es el anhelado éxito en todas nuestras facetas y la libertad de elegir el sendero de nuestra propia felicidad.

Es saber qué, cuando y cómo mirar. Es una combinación entre esos cambios que tienen el punto de partida junto a nosotros en el presente; en otras ocasiones extrapolando vivencias anteriores como una guía; y de igual forma observando tendencias a nuestro alrededor.

La experiencia me dicta que el éxito no siempre llega de forma espontánea, o bien por un optimismo a raudales o por accidente. Todo éxito llega con una mínima planificación y estrategia imprescindible por mucho que los cambios se aceleren constantemente. Todas las compañías, todos los profesionales y todas las personas tienen el deber y la obligación de poder cambiar el rumbo y controlar la gestión del riesgo de los obstáculos, antes de que el mismísimo cambio sea el que lo devore y no poder evitar lo peor. Para ello, es imprescindible que se instale en nuestra mentalidad y nuestra forma de proceder una filosofía de excelencia y de largo plazo. Tenemos que estar absolutamente convencidos de que lo  podemos hacer e ir apartando esas limitaciones tanto internas como externas y hacer lo imposible en posible.

Para ello, esa imagen mental de reto y liderazgo de futuro que es la “visión estratégica”, debe ser clara, realista, sencilla y natural, coherente y lógica, con unas bases de diferenciación e innovación, con un perfil de lo que debe ser nuestro futuro a largo plazo, con un liderazgo que escuche, inspire y vincule, con dosis de estabilidad, espíritu de competitividad y por qué no, a través de una mentalidad, habilidad y voluntad de querer cambiar hacia adelante el rumbo de las cosas.

Las oportunidades están ahí para aprovecharlas. Y una “visión estratégica” creativa permite alcanzar los factores de éxito con un porcentaje elevadísimo de acierto. Podemos dominar los supuestos básicos que permiten alcanzar el futuro y no al contrario dejando que el destino controle nuestro futuro.

Nuestra mayor motivación es hacer algo que creemos podemos hacer de valor extraordinario no sólo en tiempo presente,  sino proyectándonos hacia una visión estratégica de futuro cuyo dinamismo nos va a exigir que las alternativas en la toma de decisiones sean muy ágiles, con coraje y la lucidez de ser nosotros mismos.


martes, 6 de octubre de 2015

Me viene a la memoria una enérgica moda en los años ochenta de ciertos libros que versaban sobre hipótesis acerca de visitas de extraterrestres en los albores de la humanidad o incluso de algunas teorías sobre su intervención en nuestro mismo origen. Incluso se llegaron a editar colecciones sobre la materia. En concreto, recuerdo a Erich Von Däniken y sus obras “El mensaje de los dioses”, “El retorno de los dioses”, etc… Otros autores se atrevieron a señalar hasta el remoto lugar de donde surgió todo: un satélite de Júpiter, llamado Ganimedes… Lo dejo ahí.


No creo que estemos solos el Universo. Aunque algunos egos prefieran convencerse de ser únicos, modélicos y por supuesto irresistibles.  Sí estoy completamente seguro de que este planeta, llamado injustamente Tierra, debe ser hoy en día el hogar del completo rebaño de ovejas negras y descarriadas que campe por el espacio sideral.

Estoy convencido de que si nos rindieron visita alguna vez, o nos estuvieran observando desde la infinita lejanía, tendrían el alma quebrada. Me queda la duda si de pena o lástima, o de carcajada amplia.

O si algo tuvieron que ver en la bella arquitectura y diseño de nuestro origen como seres humanos, de igual forma su alma se hallaría en un estado catatónico y quebrado de padecimiento, fracaso e impotencia al confirmar en qué nos hemos convertido. En todo, menos en humanos e inteligentes, salvo que sean sinónimos de sufrimiento y dolor.

Es tan sencillo como percibir el entorno global que nos rodea. Demasiada gente (su vida cabe en un trocito de papel) insiste que es consustancial a la condición humana, y yo me niego a aceptarlo. Nos gobiernan o nos manipulan los intereses de todo tipo. Guerras por doquier, por conflictos territoriales, por supremacías económicas, por ideologías, por algo denominado religión… Gente que mata de la forma más cruel y despiadada y con absoluto desprecio a lo que significa la vida…Gente que pasa hambre, que no tiene cobijo alguno, o que sufre de forma desoladora huyendo aterrada de esas guerras…Gente que argumenta pensamientos y estilos dictatoriales de forma única como si fuera el ideal de un modelo de vida…  Gente que aprovecha hasta la náusea la debilidad de otros…Peleas a diario, con inusitada frecuencia en directo… Gente que destroza social, política y económicamente a gente por disfrute…Un horror. Un auténtico horror.

Gastamos muchísimo más dinero en armas que en medios y recursos para curar enfermedades o erradicar el hambre en el mundo. Invertimos más dinero en querer colonizar Marte y buscar agua allí, que saciar la sed de la gente que no tiene medios, etc, etc… Nos importa más alzar excelsas estructuras que en pensar en el inmenso caudal de desasosiego que sigue fluyendo hacia la nada. Inverosímil, pero cierto.

Lo que más me inquieta es el vacío de solidaridad y de sensibilidad. No existe diálogo serio ni efectivo, ni entendimiento, ni mediación que valga. Con absoluto descaro se denomina “bien común” al beneficio de los propios intereses, confinando el bienestar de sus semejantes al olvido y sin importar un ápice las consecuencias.

Y no hay que irse muy lejos como ejemplo. Lo padecemos en este país, en donde el choque pueril de argumentos es infumable, patético y mediocre. La lógica de las circunstancias; la razón de la vivencia nos queda muy grande. Sólo hay que ver o escuchar ciertos debates. Y nadie hace nada por evitar tanto paseo por el precipicio del conflicto y la ruina.

Tenemos y poseemos millones de cosas buenas donde anclar los pilares de una convivencia diversa pero libre y en paz; tenemos y poseemos millones de cosas positivas con las que fundar un espacio común de bienestar digno; tenemos y poseemos algo llamado condición humana, una sola vida para disfrutar y ser feliz. Pero nos empeñamos en destacar la perversidad de unas acciones que ponen en jaque diario nuestro modo de vida de manera muy peligrosa.

Somos una vergüenza.

Dicen que hay que adaptarse a un cambio cada vez más veloz. La duda surge de si es para mejor o para peor. Que incluso (según algunos gurús)  siendo a peor lo esencial es adaptarse, ya que si no es así se pierde la “oportunidad”. Es un cambio bidireccional, cada vez más distante en sus direcciones. Me niego también a aceptarlo. 

Hace unos días leí una noticia sobre un grupo de científicos donde exponían que en un futuro no muy lejano las cosas tendrán inteligencia propia. Y me hacía una sencilla reflexión en tres sentidos: ¿Somos capaces de dotar de inteligencia a las cosas inertes y no nos atrevemos a dotarnos de inteligencia a nosotros mismos? ¿Serán esas cosas las llamadas inteligentes de verdad? o ¿serán esas cosas las que conduzcan a los seres humanos hacia la inteligencia?

Es todo muy preocupante. Deberíamos reflexionar hacia donde vamos. Pero nadie lo hace. La mano se extiende más hacia el botón del holocausto que hacia la tierna sonrisa de la felicidad.

¿Podemos parar el mundo sin bajarnos?


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Es infinito el valor que le puede aportar a una Pyme un buen Plan de Negocio. Y aquí se encuentra su esencia. No sólo replantear, reflexionar y analizar su modelo de negocio de forma habitual, sino de igual forma, ampliar nuevas estrategias (pensar estratégicamente es gratis), acciones, conceptos y habilidades; marcar visión y objetivos; desarrollar y coordinar procesos y controles; viabilidad; definir la propia identidad de la Pyme; optimizar de forma eficaz, eficiente y práctica todos los recursos de la empresa; familiarizarse a cohabitar y optimizar la ingente información horizontal; flexibilidad, adaptación, anticipación, la innovación, el diseño, y la sostenibilidad; y por supuesto, que esa lacra que tienen muchas Pymes a trabajar con cifras y escenarios futuros no sea una utopía.



Mucho se subraya y se habla acerca del Plan de Negocio (o Plan de Empresa o Business Plan) como herramienta fundamental para un emprendedor con el fin de poner una idea en marcha y darle esa explicación racional sobre la oportunidad concreta,  y cuál es su potencial.

Pero, incomprensiblemente, y quizás, bien por el erróneo mito del vínculo  Plan de Negocio-Emprendedores, bien por el desconocimiento de las inmensas posibilidades y utilidades del Plan de Negocio como instrumento de evolución y desarrollo para las empresas, se menciona mucho menos, especialmente en torno a las Pymes su función como iniciativa innovadora, planificación y el manejo en la toma de decisiones, por no mencionar ese halo de aprendizaje  en su mejora continua y la conquista de la excelencia.

Y es esencial que las Pymes asuman, se apropien y hasta disfruten absolutamente de una herramienta como es el Plan de Negocio para el devenir de su modelo de negocio empresarial como algo muy frecuente y se convierta en la espina dorsal sobre lo que se construya su proyecto, sea cual sea su variante.

En primer lugar, porque un buen Plan de Negocio es un todo dinámico, nunca un documento estático, ya que las circunstancias que se producen en el entorno cambian cada vez más velozmente y en todos los sectores de la actividad económica, al igual que los modelos de negocio, y por tanto los objetivos.

En segundo lugar, es una magnífica oportunidad para una Pyme, de reflexionar, de pensar, acerca del futuro de su modelo de negocio y la forma de cómo ir, a donde ir, o que hacer para conquistarlo, gestionando inteligentemente y sin miedo los riesgos inherentes a ese rumbo de tal manera que errores y fracasos desaparezcan.

En tercer lugar, un Plan de Negocio ayuda a adquirir una mentalidad estratégica; al cometido nada complicado del diseño de estrategias que transformen de manera permanente cualquier organización en un ambiente de saber comprender la competitividad y la capacidad de cada modelo de negocio de gestionar su operatividad y su visión de futuro como rumbo hacia el éxito.

El Plan de Negocio (Plan de Empresa, Business Plan), ayuda e impulsa a cubrir las múltiples vertientes de un modelo de negocio de una Pyme, en análisis, de planificación, de visión estratégica, de anticipación, de management operativo y estructural, y de control de gestión. Por no decir, el reconocimiento sincero, y hasta humilde, de obtener un conocimiento profundo de sus propias posibilidades y recursos sobre la que apoyarse en una base sólida y firme.

No sólo para procesos  de reinvención o reestructuración, sino además para estrategias de consolidación y expansión, innovación y creatividad, proyectos de internacionalización, innovación de la organización empresarial, planes de diversificación, lanzamiento de nuevas líneas, nueva visión financiera, y búsqueda de financiación, bien sea ante inversores institucionales y privados, entidades financieras y organismos públicos.

Para una Pyme, el Plan de Negocio le aporta una herramienta esencial para la toma de decisiones, porque nunca hay que olvidar que es una excelente guía estratégica en permanente revisión y adaptación. Una toma de decisiones, para corregir y adaptar desviaciones que se puedan producir, gestionar los recursos que se tienen y controlar a qué se destinan, y que contribuirá a realizar una exhaustivo control de la gestión operativa y estructural en todos los ámbitos de la empresa y su modelo de negocio, y que por tanto, ayudará a descartar o no la viabilidad de un proyecto, o a producir las estrategias ineludibles para alcanzar con éxito la oportunidad proyectada.

Un buen Business Plan obligatoriamente deber muy realista, sincero, pero igual de esencial, concreto, sencillo, coherente y que irradie en todas sus líneas ilusión, seguridad y confianza. Pymes incluidas.

A lo largo de mi experiencia, he verificado que un buen Plan de Negocio ha contribuido con éxito sostenible a salvar un proyecto frágil, o una Pyme inconexa con el entorno, a reestructurar con eficiencia práctica la organización de la misma, a conseguir los recursos vitales para su viabilidad o ha servido de tarjeta de presentación ante proveedores, clientes, e inversores, entre otras causas.

Un buen Plan de Negocio adquiere un especial protagonismo a la hora de construir para una Pyme una excelente parte del futuro y mantiene en gran medida su presente.



miércoles, 19 de agosto de 2015

A principios de 2014, impulsé un proyecto (“New Job. Emprender a los 45”) cuyo objetivo era acercar a personas y colectivos el espíritu y ecosistema emprendedor a edades un poco más maduras y los retos y oportunidades infinitas que podía implicar. Un proyecto que tuvo mucho éxito y cuyos resultados han sido espectaculares.



No sólo eso. De igual forma, otra de las metas del proyecto consistía en mostrar cómo reinventarse personal y profesionalmente para aquellas personas a dicha edad que prefirieran insertarse en el mercado laboral como opción prioritaria.

A tenor de esto último, aún guardo en la retina las caras de extrañeza cuando exponía que muchos empresarios estaban ya optando en un porcentaje cada vez más alto, en contratar a perfiles profesionales cuya edad no tenía barrera, y que existían ejemplos de personas mayores incluso de 50 ó 55 años incorporadas con mucho éxito al mercado laboral y no sólo para puestos directivos.

Había empezado a dejar de ser una quimera o una extremada línea roja. Me imagino que esa sorpresa no era por la credibilidad de la argumentación, sino por la propia desesperanza o falta de ilusión por volver a incorporarse al un mercado laboral cuyas tasas de paro, a esas alturas, oscilaba en el 26%, y la errónea leyenda de que a esa edad ya no se es útil. Muy al contrario.

Por eso, me encanta comprobar que diversas encuestas y estudios sobre la actividad empresarial muy recientes, acentúan la creciente contratación o reincorporación al mercado laboral de personas en edades maduras.

¿Cuáles son las razones de este “cambio”? Son cuantiosas, y eso en ningún caso significa que los empresarios no estén dando paso y oportunidades a los más jóvenes y que demuestren lo que saben y sus cualificaciones además de su potencialidad  y aporte de valor.

La creciente actividad de emprendedurismo se está dirigiendo a un mayor concienciación por parte de los jóvenes en el reto de poder gestionar sus propias vidas (aunque ni la universidad ni la educación más temprana no contribuye mucho a dicha enseñanza, lamentablemente), ir perdiendo el miedo al riesgo y buscar oportunidades distintas a las tradicionales.

Como también que los empresarios requieran de perfiles senior más acostumbrados a la responsabilidad, al compromiso, una mayor capacidad de trabajo y sufrimiento al igual que la resolución de conflictos y problemas en la actividad diaria y laboral. Una capacidad de respuesta a tiempo real.

El Talento de los mejores en versión 50.0 también se abre paso. El capital intelectual no entiende de edades, sino de también de compromiso, desarrollo y gestión, ya que otra forma de hacer las cosas es viable, y  en donde son esenciales la búsqueda de otras alternativas y a potenciar las propias habilidades con un hueco esencial para la creatividad,  la iniciativa, la innovación y la imaginación para adaptarse al cambio y la mejora continua.

Me satisface saber también otros aspectos que dichos estudios resaltan, y no tan sólo la experiencia como concepto simple. Sino el auge de incorporaciones de plantilla de perfiles cuya característica ha sido la de haber fracasado en una iniciativa empresarial, por el activo que representa esa experiencia en muchos ámbitos del management como el contacto con el cliente, el marketing, la gestión comercial, los conocimientos administrativos y económico-financieros. Eso sí, lentamente, ya que todavía existe un amplío y erróneo arraigo de la losa que supone un fracaso en mentalidades obsoletas y carentes de sensibilidad y rigor.

Las organizaciones están sabiendo “leer” la capacidad de este tipo de perfiles que han aprendido del fracaso como el mayor de los éxitos y de su capacidad de crecerse ante las dificultades como gran valor y cuyas tareas y funciones se impregnan de pasión e ilusión. Aunque hay que resaltar también que en este aspecto hay mucho camino por recorrer. Concienciación y altura de miras.

El Talento 50.0 oxigena de igual forma el entorno y el ambiente empresarial y social, entre el conocimiento y experiencia que aportan y las nuevas necesidades; entre las ideas y los modelos de negocio que construyen el futuro, pero con una excelente dosis de optimismo y realidad por el presente.

Estos perfiles han comprendido que la vía de la queja, la excusa y el victimismo no conducen por ningún sendero de creación de valor, al igual que la improvisación y la desidia, y han sabido adaptarse como nadie al curso del aprendizaje continuo de un nuevo management donde imperan la velocidad, agilidad, y una inteligente flexibilidad en organizaciones horizontales y colaborativas.

Y al igual que jóvenes y emprendedores, han asumido que tienen y deben incorporar a su perfil, un mercado exigente de habilidades imprescindibles para manejarse con los nuevos tiempos, como el entusiasmo, la anticipación, la flexibilidad, la adaptación al cambio, la formación continua, la responsabilidad, la iniciativa, la capacidad de resolver problemas, la multifuncionalidad, la comunicación, la globalización, la creatividad e incluso la disposición de hablar en público.

Habilidades acordes con valores propios de esta nueva época, como la excelencia, la innovación y la competitividad.

La base de cualquier organización son las personas. Y no es cuestión de reivindicar nada a favor del Talento 50.0. Entre otras razones porque ya es una práctica habitual de incorporarlo sin que eso signifique una mera cuestión de responsabilidad o acción social.

Un empresario eficiente y sabio sabe liderar su organización con la sinergia del talento de jóvenes y el talento de perfiles más maduros y experimentados. Son los beneficios infinitos de la libertad acorde con la responsabilidad de conseguir resultados sostenibles.


martes, 4 de agosto de 2015

Dicen que las dificultades hacen extraordinarias a las personas. De una lado y de otro. A las que las padecen y a las que intentan hacer más liviano ese sufrimiento. Nos cohabitan héroes y heroínas, de inmaculado anonimato que actúan en la otra cara de la moneda a través de un brillante ejemplo de solidaridad y ayuda que no siempre sabemos percibir. Mentores de vida, alegría y ejemplo.



Ayudan, impulsan, colaboran, bregan, de una forma ejemplar y tiernamente admirable a encontrar el camino perdido a las personas que lo necesitan por cualquier tipo de causa, ya sea de orden sentimental, personal, profesional o por motivos de salud. No existe importe material que les compense, ni ellos ni ellas lo quieren. Sus principios de gestión y liderazgo positivo en los momentos más nocivos son encomiables.

No son muchos por desgracia. Pero sí, suficientes. Esa es su peculiaridad;  que su cualidad y calidad suplen de largo a la cantidad. Siempre están llenando espacios.

Son capaces de desmontar en dos párrafos y en  condiciones nada favorables a que el fracaso sea considerado un estigma de irreversibles consecuencias. Aprenden de lo que enseñan y enseñan lo que aprenden. Abren cielos de esperanza a quienes no la tienen.

Ahí están de forma solemne. En la mayoría de ocasiones sin que nadie les solicite. Y sin exigir nada a cambio. Es una clase magistral de responsabilidad social, gratuita, y de una autenticidad personal y profesional que nos regalan enseñanzas tan útiles de comportamiento humano cuyas líneas vocacionales son infinitas.

Su capacidad de crecerse tiene un doble valor y es su principal valor. Son nuestros héroes y heroínas que tenemos a nuestro alrededor y en nuestro punto de equilibrio más cercano. Y en muchas ocasiones no somos totalmente justos porque no somos capaces de reconocerles el caudal inmenso de  audacia de tratar, incluso, de desvestir su propia zona de confort para hacer un poco mejor la vida de sus semejantes.

La búsqueda de su perfección silenciosa la encuentran en su trabajo ímprobo y su majestuosa ejemplaridad. Potencialidad en ayuda e impulso que se alinean en su proyecto vital.

Gente que se merece nuestro total reconocimiento y a un modo de proceder que a la misma vez que saben llorar, tienden su mano con el pañuelo de la solidaridad y la protección del más débil. Vidas personal y profesionalmente auténticas que muestran que es posible hacer de la necesidad una virtud y una aptitud verdaderamente encomiables.

No requieren del ruido para hacerse notar. Desconocen la soberbia. Ni suben fotos a las redes mostrando sus cualidades y sus logros. Son personas de carne y hueso que también tienen miedo, pero que han sabido transformarlo en un motor de crecimiento de altísimo valor, tanto para ellas y ellos mismos, como de igual forma para los demás.

Nuestro reconocimiento total a este grupo de personas que cohabitan con nosotros en todos los ámbitos y entornos de nuestra existencia. Seguro que conocemos a alguien de esa condición y humildad.

Ya lo decía Roosevelt: “En la vida hay algo peor que el fracaso: no haber intentado el éxito.”

lunes, 20 de julio de 2015

Existe un magistral sonido que es el buen uso del silencio. El  que tiene y retiene todas las respuestas. El silencio es la armonía perfecta. Una sinfonía sepulcral y pulcra a la vez. Es un ejercicio de libertad inigualable. El silencio puede llegar a ser el más alto grado de comunicación. No riñe. Es la más sabia práctica del tiempo infinito. El guardián de los valores y la excelencia. La sabiduría del que calla no otorga. No discute con quien no quiere escuchar.


La actualidad no deja de enviarnos acontecimientos y evidencias de actos comunicativos en todos los ámbitos, propios y externos, flagrantes y con gran repercusión social, que duelen. Que revuelven.

Las redes sociales lejos de llegar a ser un espacio común de expansión de la creatividad, información, diseño, aprendizaje, diversión,  innovación y conocimiento, están sufriendo la ampliación lamentable de una brecha entre las personas que las están utilizando de manera adecuada, efectiva y hasta distraída, con aquellas otras que la manejan para desahogo de su propia tiranía de mediocridad y vulgaridad, extrayendo lo peor de unas mentes enfermas y dando pábulo a falsedades desde posiciones lejanas y abstractas y en muchos de los casos de forma anónima o cobarde.

Es la cara y la cruz de la tecnología. De los cambios. De la prosperidad. De su avance impecable y implacable. Detrás del mal uso y su libertinaje se esconden seres que pretenden linchar y manchar esa tecnología que no entienden pero utilizan para expandir sus propias miserias.

Es por ello, que el silencio es su peor enemigo. Lo deploran. E imploran desde esa mediocridad que les caracteriza que las personas de buena fe lleguen a entrar en sus batallas dialécticas. No entienden de creatividad, ni de conocimiento. Su aprendizaje se forja en el odio y por encima de todo en sus propias incapacidades intelectuales y sus propias amarguras. Ni de lejos entienden, que la verdad reside en la objetividad y que levantar su voz obscena no mejora una capacidad dialéctica que no poseen.

Las mentiras repetidas un millón de veces jamás se convierten en verdad aunque lo pretendan.  Juegan, eso sí, con la ventaja de sus limitaciones, la impunidad y la honestidad de sus enemigos. Su escasez mental les ayuda a masticar su propio tiempo como la vía más propicia a ensanchar su pasatiempo diario.

Es por tanto muy ineficiente y muy poco saludable entrar a explicarles, desmentirles o hacerles ver que las cosas se pueden ver de distintas maneras. No creen en la libertad de opinión, ni de pensamiento, ni de ideología. No creen en nada. Sólo en difundir maldad.

Personas enfermas y cobardes que vomitan lo peor de su propia habilidad y personalidad intentando argumentar juicios de valor de la nada, sin el más mínimo conocimiento de lo que pasa en la cocina de las circunstancias de los demás. Tiranos de cabeza vacía que prefieren con tal de hacer daño hasta abrasarse en los fogones del juicio simple y barato. Y lo peor de todo es que se lo llegan a creer y construir y enseñar el uso de hasta una marca personal.  Para ellos y ellas, todo es ficción, un vuelo sin alas.

Nuestro mejor regalo y forma de proceder ante estas actitudes y aptitudes es el silencio. Es cierto y seguro que seguirán los ataques o las críticas cobardes tanto si hablas mucho, como poco, como si hablas en silencio.

El silencio siempre descubre ese grado de artificialidad de estos tiranos que sólo saben guardar sus apariencias como un filón fraudulento. Pretenden manejar y manipular el hilo de las redes sociales, de sus propios comentarios, con tal de alcanzar sus propios objetivos porque no tienen nada que perder. Quieren cuestionar la realidad de unos hechos y construirse su propia apariencia a golpe de redes sociales y de lo que parece ser. Algo muy perverso.

El riesgo para todos nosotros es que su mediocridad nunca duerme y que al fin y al cabo puede sorprender a una creatividad que necesita algunos segundos para descansar.
Son muchas las personas que están sufriendo esta tiranía y la mejor manera de combatirla es el silencio propio que les sufre, aunque a pesar de ello se crean ganadores de un juego artificial que más tarde o temprano les estalla en su propia vulgaridad.

El bullicio del silencio es un maestro formidable donde perdura la huella imborrable de nuestra maravillosa libertad interior que no nos pueden quitar y el desafío de vivir en paz, en calma y de nuestra maravillosa existencia.

Tenemos que aprender a continuar nuestro camino como cuando paseamos por la orilla de una bellísima playa de aguas cristalinas y se nos adhiere un trozo de chapapote: levantar el pie un instante, extraerlo y continuar nuestro rumbo en silencio y admirando el paisaje de nuestro entorno.