martes, 24 de febrero de 2015

El 24.2.15 por Roberto MARTÍNEZ en , , , , ,    1 comentario

En determinadas ocasiones no nos importa nada más que correr veloz y no tenemos visión ni el tiempo esencial para observar nuestro entorno tanto externo como el interno. Porque, no nos percatamos que en ese avance sin mesura y ruidoso, tenemos en las piernas una amalgama de contrapesos que nos impide obtener rendimientos adecuados. Es por ello, básico, de manual, detenerse también para poder seguir. Las prisas y la improvisación son muy malas compañeras de sendero.


Muchas empresas, organizaciones, directivos, empresarios, y profesionales queman una serie de energías al no darse cuenta que se corre demasiado deprisa y que se dan vueltas interminables a un círculo vicioso donde se permanece en un mismo lugar desmontando unas calorías imprescindibles para llegar a buen y eficaz puerto de éxito.

En la propia esencia de ese maratón interminable se encuentra la incapacidad de reconocer los propios fallos y errores de gestión; un mal muy extendido de volcar las culpas en condicionantes más allá del propio ego. 

Está claro que la sociedad no espera. Pero, de igual forma, las consecuencias de una oportunidad pésimamente aprovechada son infinitamente peores. 

La función emprendedora y empresarial es convertir conocimiento en algo útil, generando valor y productividad precisamente en la misma sociedad. Y si la oportunidad no se aprovecha bien y con los tiempos y la planificación adecuada es de todo menos útil. Para todos.

Estoy convencido de que este país y un gran grupo de excelente enorme gente innovadora y preparada no sabe venderse bien. Pero, también existe el otro extremo de gente u organizaciones que hace de su bandera demasiado ruido al avanzar, creyendo que el humo que se extiende es su mejor apuesta por la comunicación, valores y cifra de negocios, sin darse cuenta que es un humo vacío de contenido derivando en la mayoría de casos en bostezo empresarial y de gestión infame. 

Y no pasa nada en detenerse para seguir. Incluso, y con mayor razón, a esos emprendedores que hacen de su apuesta una peligrosa necesidad increíblemente urgente cometiendo una serie de errores que derivan en un seguro fracaso. Y en este país, lo he dicho infinidad de veces, se paga con sangre, sudor y demasiadas lágrimas los fracasos. Al igual, como también he denunciado en muchas ocasiones, se juega a banalizar los fracasos sin percatarse de las consecuencias. 

Dicen que la creación de toda empresa impulsa el crecimiento, y el bienestar económico y social. La cosa no está tan clara. Al menos, en determinados escenarios y lo que representa. Si miramos la vista atrás,  no tan lejana, y si somos capaces de reconocer la cruda realidad, comprobaremos la enorme cantidad de organizaciones y compañías con modelos de negocio cuyo crecimiento ha sido de toda condición pero nunca sostenible, y donde la gestión operativa como estructural ha sido ineficiente como término más diplomático desembocando en su desaparición y las inevitables pérdidas irreversibles. 

Existen otros casos de igual forma, donde la necesidad de un obligado y merecido cambio en la gestión empresarial, ha sido (o está siendo) afrontado con los mismos mimbres organizativos y dirigido por las mismas personas que han generado esa situación inadecuada y cuyos resultados derivan también en el fracaso más rotundo.  

Porque, he podido constatar en muchas empresas,  el reconocimiento de sus gestores en afrontar un cambio imprescindible para adaptarse a la vorágine del entorno, pero o bien que la toma de decisión de llevarlo a efecto ha dormido en los cajones de un despacho inerme, o ejecutado sin la imprescindible planificación, análisis y reflexión perdiendo la oportunidad de la innovación y la estrategia moderna del siglo XXI. 

Se puede avanzar en comunicativo silencio. Se puede emprender con criterio y mucha planificación. Y no hay nada malo, muy al contrario, de detenerse para poder volver a respirar con un pulmón cargado de aire fresco, y con el objetivo de refundar nuevas metas y objetivos, revisar no sólo nuestro entorno externo, sino el mismo entorno interno y lo que hemos conseguido.

Pararse en definitiva, para corregir defectos, errores y vicios, para no malgastar un carburante ya quemado, y aprovechar las inmensas oportunidades que nos están esperando. Necesitamos un running  empresarial adecuado a un ritmo eficaz y vigoroso. 

Detenerse para avanzar con las herramientas y la sabiduría adecuadas.