viernes, 13 de noviembre de 2015

A principios de semana asistí a una reunión muy productiva con un empresario turístico extranjero muy interesado en invertir por esta zona.



En el transcurso de la misma este potencial inversor me planteó una cuestión muy curiosa, pero no exenta de cruda realidad. Había descartado invertir en Cataluña por la incertidumbre política y los riesgos inherentes, (en su opinión, incluso  la posibilidad de conflicto social) pero a la misma vez empezaba a tener serias dudas si su efecto dominó podría trasladarse a estos lares.

El núcleo de su evidente preocupación versaba sobre el estado actual y cierto de la denominada “infrafinanciación” de la Comunidad Valenciana y esas noticias colaterales, principalmente, sobre si ese problema a medio plazo podía derivar en la excusa perfecta o en la piedra angular de reclamaciones de soberanía e independencia al igual que había ocurrido en Cataluña.

Como buen inversor estaba muy bien informado. No podía ser de otra forma. Necesitaba respuestas aquí mismo y desde su distancia geopolítica, económica y social. Aunque me sorprendió inicialmente, la verdad es que comprendía perfectamente su inquietud, ya que yo mismo asisto atónito en estos días a ciertas declaraciones en algunos foros, tanto de ámbito político como económico,  que se están pronunciando en ese sentido con esa estrategia de calado finísimo y constante, casi imperceptible. Incluso de personas e instituciones que enarbolan la bandera de la transparencia y la solidaridad.  

Es tan sólo un ejemplo de esas miradas que están muy pendientes  absolutamente de todo lo que ocurre en este país y del desvarío argumental que se utiliza para construir el caos y cimentar sobre las cenizas. En este caso, la denominada infrafinanciación (o cualquier otra excusa podría servir) para fomentar no sé que estupideces de “hacer país”, en este caso, el País Valencià. No dudo que exista esa falta de financiación y que se esté gestionando pésimamente. Pero de eso a pedir soberanía, independencia, la luna y el chocolate del loro por esta causa… va un mundo mundial.

Este inversor me inquirió: “¿Podría suceder esto a medio y largo plazo aquí…?” Yo no me corté: “Podría ser.” Y se lo argumenté en perfecto castellano. No podía engañarle, ya que los culpables somos nosotros mismos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Hemos llegado a un punto donde no tenemos tiempo para pensar. Leemos, oímos, miramos y observamos la realidad política, económica social y de opinión prestando una atención muy difusa. Nadie se para a escuchar la letra de la canción;  tan sólo nos dejamos llevar por la música. A veces, incluso estridente.

Hemos perdido esa capacidad de digerir un tiempo de reflexión, a mi modo de ver esencial, que no nos impulse a creer cualquier pensamiento fácil y lejos de la racionalidad y la lógica.

Es asombrosa nuestra capacidad de patinar sobre un laberinto de mentiras y dejarnos convencer incluso por lo que no es cierto, con una escalada de manipulación y en un anclaje de sumisión en la que se nos quiere implantar falsas expectativas y previsiones y lo que es más grave, jugar con nuestros propios sentimientos enarbolando banderas de odio y enfrentamiento infatigables.

No podemos dejarnos llevar por corrientes de opinión que atrofien nuestra capacidad de raciocinio y anulen nuestros sentimientos e impulsen un ámbito de caos que destruya lo que tanto nos ha costado construir. No podemos consentir que asalten nuestro cielo y nuestros anhelos.

Ni podemos descender a ciertos infantilismos democráticos impartiendo lecciones de reglas de juego con la excusa de instaurar otras que sólo sirven al interés y la especulación de unos pocos.

Es el fiel retrato de una sociedad perdida. De una comunidad humana, la nuestra,  que no debe permitir que se les aborregue. Del aprendizaje reflexivo y extirpar lo absurdo depende también nuestro presente  y el futuro de las próximas generaciones.

Quizás así, cuando despertemos de nuestro letargo y cortemos de raíz las cuitas de personas e instituciones, podamos recuperar una sociedad mucho mejor.

Más que nunca, hoy lo que vale es lo que decimos, lo que aprendemos, lo que reflexionamos, lo que sabemos y lo que somos y no tan sólo lo que transmitimos.

Depende de nosotros.



lunes, 2 de noviembre de 2015

Sin educación no hay futuro. Todos, sin excepción, debemos asumir que la educación es una prioridad absoluta con el objetivo de asegurar nuestro progreso de forma continua y el destino de millones de jóvenes como sociedad de vanguardia creativa, investigadora, científica, social, cultural y económica. Para ello, se requieren y se exigen pasos audaces y eficaces que mejoren el actual ecosistema educativo pero al mismo tiempo liderar fórmulas innovadoras en sintonía con una nueva era de excelencia en todos los ámbitos.



No hay nada más práctico en determinados momentos, como lo es el actual, que hacer balance, y proyectar y proyectarse hacia el futuro permitiéndonos el lujo de soñar a lo grande.

Una de dichas fórmulas innovadoras sería darle la debida y justa importancia, potencialidad y prioridad en nuestro sistema educativo a una asignatura  como es la “visión estratégica”. Urge afrontarlo en mi opinión. El paso adelante sería increíblemente positivo. Y no tan sólo en las Universidades o Escuelas de Negocio que ya existe con algunas disparidades, sino lo que es más fundamental, aplicarla en edades mucho más tempranas de manera sólida (y reitero, audaz) al igual que se quiere hacer con el espíritu emprendedor, el fomento de la creatividad, los valores o la educación financiera.

La “visión estratégica” es un factor determinante no sólo para comprender la viabilidad y fortalezas de una empresa a largo plazo, sino de igual forma podría servir  a las personas, como cualquier organización o institución,  con el fin de alcanzar una vía sostenible  y poder así crear una oportunidad de éxito a largo plazo en cualquier ámbito de nuestra vida laboral, profesional y empresarial y articular inteligentemente una razón de ser. Incluso, en nuestras relaciones cotidianas. Me atrevería decir que clarificaría nuestra identidad esencial.

La “visión estratégica” potencia la anticipación y flexibilidad de nuestra mente creativa con amplitud analítica que permite no sólo encontrar respuestas sino realizar las preguntas oportunas al desafío de una realidad tan cambiante.

No es una guía general y de sentido amplio y de vaguedades inconexas. No es una forma de predecir el futuro. Ni es una bola de cristal que prevea sus consecuencias.

En su esencia, la “visión estratégica” y su gestión es una metodología que impulsa y permite reflexionar sobre los posibles cambios que influirán en nuestro entorno y saber escoger entre una serie de alternativas cuyo resultado es el anhelado éxito en todas nuestras facetas y la libertad de elegir el sendero de nuestra propia felicidad.

Es saber qué, cuando y cómo mirar. Es una combinación entre esos cambios que tienen el punto de partida junto a nosotros en el presente; en otras ocasiones extrapolando vivencias anteriores como una guía; y de igual forma observando tendencias a nuestro alrededor.

La experiencia me dicta que el éxito no siempre llega de forma espontánea, o bien por un optimismo a raudales o por accidente. Todo éxito llega con una mínima planificación y estrategia imprescindible por mucho que los cambios se aceleren constantemente. Todas las compañías, todos los profesionales y todas las personas tienen el deber y la obligación de poder cambiar el rumbo y controlar la gestión del riesgo de los obstáculos, antes de que el mismísimo cambio sea el que lo devore y no poder evitar lo peor. Para ello, es imprescindible que se instale en nuestra mentalidad y nuestra forma de proceder una filosofía de excelencia y de largo plazo. Tenemos que estar absolutamente convencidos de que lo  podemos hacer e ir apartando esas limitaciones tanto internas como externas y hacer lo imposible en posible.

Para ello, esa imagen mental de reto y liderazgo de futuro que es la “visión estratégica”, debe ser clara, realista, sencilla y natural, coherente y lógica, con unas bases de diferenciación e innovación, con un perfil de lo que debe ser nuestro futuro a largo plazo, con un liderazgo que escuche, inspire y vincule, con dosis de estabilidad, espíritu de competitividad y por qué no, a través de una mentalidad, habilidad y voluntad de querer cambiar hacia adelante el rumbo de las cosas.

Las oportunidades están ahí para aprovecharlas. Y una “visión estratégica” creativa permite alcanzar los factores de éxito con un porcentaje elevadísimo de acierto. Podemos dominar los supuestos básicos que permiten alcanzar el futuro y no al contrario dejando que el destino controle nuestro futuro.

Nuestra mayor motivación es hacer algo que creemos podemos hacer de valor extraordinario no sólo en tiempo presente,  sino proyectándonos hacia una visión estratégica de futuro cuyo dinamismo nos va a exigir que las alternativas en la toma de decisiones sean muy ágiles, con coraje y la lucidez de ser nosotros mismos.