miércoles, 30 de diciembre de 2015

Ha sido un año extraordinario para mí. Complejo, quizás tosco en sus formas, pero atrevidamente insolente en sus metas y apasionante en el cénit de su vértigo en el logro de unos objetivos sobradamente cumplidos. Un período de reencuentro en planteamientos, estrategias y visiones de cosechas anteriores,  donde la cooperación y las alianzas estratégicas van ocupando ahora espacio  preferente como factor dominante tanto en el mundo de los negocios como en las sutiles relaciones sociales y esencialmente humanas.
Roberto Martínez


Tiempo éste donde uno incesantemente va construyendo pieza a pieza, molde a molde, vivencia a vivencia, la esencia de un rumbo junto a ese fiel acompañante que es la sabiduría lenta de la madurez y que te permite respirar en plenitud entre los parapetos de la vida. Tiempo en el que uno aprende a convencerse de que todo es posible si nos permitimos el lujo de pensar que absolutamente nada es imposible. Tiempo éste donde se entremezclan las curvas de dificultades, de estrés, de sueños, de logros y de éxitos como un gráfico matemático de embarazosa interpretación para verificar que el camino más práctico y más simple es la mejora continua. Tiempo insuperable de un “learning by doing” que nos sugiera aprender a pedir nuestras galletas favoritas en ese momento justo antes de que descubramos con decepción que ya no nos quedan.

Por tanto, nada especial que solicitar a este 2016 que se vislumbra en el horizonte que no sea seguir deleitándome de la magnificencia del insolente y veloz cambio permanente, mezclado, eso sí, de la gratificante paciencia adictiva. Saber esperar, dicen los expertos. Que siempre lo mejor está por venir, interpreto yo, incluso en los momentos más dulces.

Quiero seguir disfrutando de ese silencio magistral como cuando asumimos el sueño ligero; de esa magia de la sucesión de hechos inexplicables que van más allá de lo evidente; de la libertad de abrir y cerrar armarios transformando con indubitado asombro perchas y cajones; alegrarme de abrazar a la gente que me quiere y me aprecia y a la vez respeta mi espacio de soñar a lo grande con los ojos abiertos; esa tarea inquebrantable de poderme sustraer y tomar distancia irreversible de mi vida a la gente dolosa, tóxica y retorcida sin más manifestación que la indiferencia del silencio; de continuar mi espíritu solidario con orgullo ayudando a quien lo necesita sin pedir recompensa de vuelta; de poder respirar aromas de nostalgia que me transborde a ese patio interior de paz y sosiego; de estar convencido que los buenos deseos y los nobles propósitos dan esa fuerza misteriosa para impulsarnos hacia el encanto del color de la vida en un mundo de grises metalizados;  a la belleza de las cosas; de poder pasearme por la orilla de la playa en invierno y dar luz y alegría a mi reflexión más íntima; y por supuesto no permitir jamás que el amor se relaje en la rutina.

Nada especial. Es un deseo que traslado a todo el mundo de bien. Un proyecto insolente, fresco y en sintonía con el espacio social de unas satisfacciones que no deben devaluarse. Es así como creo podemos contribuir a una sonrisa eterna acompañada de una mirada resplandeciente como una luz de una hoguera imaginaria y sin renunciar a la palabra de las nuevas ideas y los hechos como soporte inmortal y libre de poder reinventarnos cada día.


Feliz insolente 2016. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015


Si queremos fomentar el espíritu emprendedor se tendrá que empezar a favorecer la creatividad y la innovación desde la escuela. Ya lo dijo el genial autor de “El Principito”, Saint-Exupery: “si quieres construir un barco, no empieces a buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo, sino que primero tienes que evocar en los hombres, el anhelo del mar libre y ancho…”



De nada servirá impulsar el mensaje de la actitud emprendedora si antes no favorecemos otras mucho más importantes para la actividad empresarial, profesional y laboral. Poner todos los bollos del emprendimiento en el mismo cesto terminará por saturarnos y a insertarnos en un mundo de incertidumbre más profundo y complejo del que ya existe. Y lo que es peor, a la ineficiencia operativa y estructural. Ya se habla de “burbuja emprendedora” y con razón.

Emprender debería ser algo natural. Un paso más. El resultado de una secuencia donde los resultados serían mucho más prácticos y eficientes de los que existen en este momento, donde se oyen campanas de gloria pero no se escucha el sonido.

Estoy plenamente convencido de que el futuro pertenece a todos aquellos que tienen el coraje y el sentido común de ser ellos mismos. Es por eso mismo, que la cultura de la excelencia tiene que venir acompañada de una más que suficiente preparación muy sólida y en donde los valores tienen un lugar muy prioritario.

El foco hay que ponerlo en otras cosas que para mí son más vitales. Aprender a pensar y comprender. A una metodología estratégica de entendimiento y conocimiento diferente que transforme nuestro entorno. A convertir la innovación en algo útil. A gestionar la incertidumbre. A saber plantear y aprovechar las oportunidades. A saber anticiparse y ser flexible. A validar y experimentar nuestro aprendizaje. A priorizar el modelo de gestión más que poner en valor la financiación (los proyectos mueren por una inadecuada de gestión, no por falta de financiación). A poner a las personas en el centro. A estar debidamente preparado antes de iniciar una aventura.

Incluso a emocionar. Los nuevos tiempos exigen desarrollar nuevas capacidades innatas en los seres humanos, y sobre todo en nuestros niños y nuestros jóvenes. Si queremos hacer emprendimiento despertemos este anhelo a través de otras fórmulas y situemos cada cosa en su lugar y cada oveja con su pareja.

Impulsemos una educación válida, absolutamente necesaria, que no destruya una creatividad que luego necesitaremos y que margine por completo el espíritu emprendedor. La educación no requiere de reforma, sino de transformación.

De nada servirá poner en marcha una idea genial (o no tan genial), si no cuidamos y no respetamos estas facetas.

En este país nos encanta querer confeccionar un puzzle que en el fondo carece de la base idónea con qué sostenerse. Así que en demasiadas ocasiones, a mitad de labor, las piezas se desentienden y no hay más remedio que empezar desde el principio; y en muchos casos sin volver a instalar la adecuada base y casi obligando a los participantes a seguir montando un puzzle del que no están muy seguros de querer construir.

Los datos están ahí, objetivos, en que nos muestran que las iniciativas empresariales, mueren en un altísimo porcentaje, casi un 82%, antes de los cinco años.

Sin obviar los miles de consejos irresponsables de personas, organizaciones e instituciones que creen haber descubierto el incontrolado ecosistema emprendedor cuando hace ya 4.000 años a. C existían intrépidos comerciantes que se abrían paso con nuevas propuestas en torno a las ciudades de la antigua Mesopotamia.

Tengo muy claro que los tiempos cambian. Pero como siempre. De no ser así estaríamos todavía en la Edad de Piedra. La única diferencia, es que cada vez los cambios son más veloces y hay que estar mucho más atento. Y de igual forma, el mercado tiende a construir nuestra propia marca y empleabilidad, con nuevas profesiones, nuevos perfiles, nuevas preferencias sociales, y en donde el trabajo para siempre, seguro y de por vida, se acabó. Tanto para jóvenes y medio jóvenes como para más experimentados.

Pero son nuestros jóvenes quienes más lo sufren; entre otras cosas porque no se les está preparando para unos tiempos difíciles y duros, donde las habilidades van a tener también un lugar esencial.

Nuestros jóvenes no necesitan que les facilitemos las respuestas, sino que les impulsemos a reflexionar sobre el planteamiento de las preguntas idóneas.

Emprender es cosa del pasado. Presente y futuro requieren apostar por otras formas. Emprender no es sino una pieza más de ese puzzle de progreso y sostenibilidad. En algunas ocasiones, observo atónito, como se impulsan demasiados eventos en torno al emprendimiento donde se exponen ideas y no modelos de negocio; donde se pretenden encajar esas ideas en un puzzle donde escasean elementos diferenciadores y esenciales de gestión; donde hay el triple de mentores que supuestos emprendedores;  jóvenes absortos y meticulosos con el despiece de una idea ya que ellos mismos no saben por donde empezar y que acaban por transformarse en un cuello de botella descomunal; y donde se quiere iniciar lo complejo en vez de gestionar desde lo simple.

Me gustaría que esa energía en torno a estos eventos, que siempre quieren sumar y son muy loables, se dedicara a poner en marcha bajo otras fórmulas, a potenciar esas actitudes y aptitudes de las que hablaba antes. Incluso para muchas pymes que lo necesitan. En creatividad, en innovación, en motivación, en liderazgo, en planificación, en aprendizaje, en mejora continua, en modelos de gestión, en organización, en competitividad, en diagnóstico, a intraemprender dentro de las organizaciones, en vocación, en confianza, en análisis de viabilidad, en procesos y metodologías innovadoras, en internacionalización, en relaciones, en saber comunicar lo bueno que tenemos y somos…

Pongamos los bueyes en lugar correcto. Menos talleres de creación de empresas y otros eventos similares y más impulso a los escalones anteriores. A evocar ese anhelo del mar libre y ancho del ecosistema empresarial, profesional y laboral.

Emprender no es un juego. La idea de negocio no lo es todo. En la mayoría de ocasiones, no es nada.