lunes, 5 de diciembre de 2016

Las empresas siguen reinventando su propuesta de valor. Eso sí, con una mentalidad y metodología diferente. Con una nueva manera de pensar y trabajar. Con una estrategia de mejora continua en el valor generado para clientes y consumidores. Y es una muy buena noticia. Ya se han dado cuenta por fin, aunque tristemente tarde en muchos casos, que los procesos de desarrollo de los negocios tradicionales ya no sirven para los escenarios ni entornos actuales.  Se aprecian en sus actitudes una mayor agilidad en las  tomas de decisiones enriquecidas con un caudal enorme de información sistematizada. Como si fueran  nuevos emprendedores de élite.



Es de agradecer que muchas organizaciones al vaivén de las iniciativas del ecosistema emprendedor e innovador, hayan apostado firmemente por un talante intraemprendedor o ambiente de generación de ideas en paralelo al calado en el propio alma de la empresa de la innovación como algo ágil y sutil. Como un aprendizaje permanente. Incluso en el interior de esta nueva mentalidad y metodología se vislumbra una aceptación de la adaptabilidad a la incertidumbre, en una realidad abierta a los cambios, a testear nuevos modelos de negocio, a experimentar con clientes reales que requieren una solución a su problema y que está dispuestos a pagar por ello, y muy importante también, a no hostigarse con esa falacia de que la innovación es cara y complicada.

Es genial comprobar en el mismo corazón de muchas empresas como ese cambio de mentalidad y metodología contribuye también de manera espectacular al tratamiento de las personas y de su talento. Como el sacrificio de elementos estructurales y coyunturales de la organización ya no son las personas de esfuerzo, eficacia, responsabilidad, habilidad, valía y mérito, sino de productos y procesos que no tienen valor en el mercado. Como ese concepto tan manido de reducción de costes no es la creatividad del personal de la compañía. Que es precisamente esa creatividad la que contribuye a despejar todo lo superfluo y así propiciar un aumento de la productividad.

Es gratificante escuchar tanto a gestores como empresarios una convicción sincera en el cambio de mentalidad a la hora de generar sobreproducción y niveles de almacenamiento innecesario e inapropiado que generan falta de liquidez, entre otras consecuencias, y por tanto repercusión grave en la viabilidad de las empresas. Algo tan obvio ha sido costoso de erradicar por culpa de esa leyenda falaz inserta en los empresarios de que un inventario robusto era sinónimo de señal de anticipación al mercado y por tanto de suculentos resultados. La apuesta es ahora el consumidor a la que se adapta la producción y la comercialización. Y eso obliga a una mayor calidad y agilidad en el proceso de crear valor al producto y al servicio.

Es sorprendente verificar muestras de contenida y tierna satisfacción entre las pequeñas y medianas empresas de que su tamaño no importa al encontrar una vía de oportunidad en el mercado al poner en práctica esta nueva metodología innovadora y dar rienda suelta a una nueva mentalidad que incluso no sólo las grandes empresas quieren aplicar sino que les permite a éstas crear sinergias positivas con aquellas. Que lo que importa no es el tamaño de la organización sino la rapidez y la eficiencia.

Es enriquecedor asistir al reconocimiento en todos los integrantes de una organización de que trabajar mejor no implica trabajar muchas más horas ni sudar de modo exagerado, sino aportando valor con eficacia, creatividad y conocimiento y con el aprendizaje continuo como compañero de viaje y el  consiguiente reconocimiento a su labor.

Que frente a las recetas mágicas de la teoría de multitud de estudios y análisis estoicos de despacho está la magia de la realidad de un entorno que nos permite interactuar y aprender de los datos recabados de nuestros clientes y así diseñar y producir unos productos o servicios validados en el mercado sin necesidad de grandes recursos y sí poder generar valor de forma continua.


Al igual que el entorno, las empresas van cambiando. Un proceso eterno. Lo que más disfruto de esta mentalidad y metodología  es la vuelta al reconocimiento al talento interno, con el impulso de personas y su capacidad de proponer ideas y ejecutar modelos de negocio. Es el reconocimiento al cambio de una nueva cultura empresarial. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Edipo comprendió él mismo lo que era padecer la tiranía de la responsabilidad. La culpabilidad de sus terribles sufrimientos la asumió hiriéndose en los ojos, quedándose ciego y en consecuencia abandonar su tierra. Una culpabilidad originada por unos acontecimientos que él desconocía.



¿Culpabilidad sin causa? ¿Responsabilidad de lo que no hacemos, decimos o pensamos? Quizás sea más complicado que eso, ya que la acción de la responsabilidad se ha quedado difuminada, por no decir obsoleta, en un mundo donde todo deba incrustarse en un cuadro de Instagram o en ese mensaje insulso (en muchas ocasiones hiriente) en Twitter del que se está pensando en comunicar todo el día. Somos esclavos (¿o no?) de lo que transmitimos, incluso de las voces de nuestro silencio.

Si Sófocles levantara la cabeza se daría cuenta de que Edipo es ciertamente un mito desfasado; ancestral; demasiado ininteligible su metáfora en un mundo demasiado pendiente de las redes sociales,  y profundamente incoherente en la representación de una toma de decisión. No entendería que algo llamado algoritmo, (que la mayoría de gente no sabe ni comprende qué es) ya se ha apoderado de nuestra forma de actuar  (y de la personalidad) y de tomar nuestras propias decisiones, incluso de las cosas más sencillas. Excusa fenomenal para escaparnos de la responsabilidad  de nuestras decisiones, e incluso de las inacciones irresponsables. Echaríamos la culpa al empedrado, transformado en hada revestido de algoritmo.

Aún así, estamos pétreamente convencidos de que somos más independientes que nunca cuando en la realidad es que, en lugar de eso, lo que somos es demasiado previsibles. Nuestros gustos y preferencias ya los manejan a muchos miles de kilómetros de nuestro hogar aunque no los sepamos ni nosotros mismos. Es genial. O monstruoso. (Algunos pensarán que es la consecuencia de la conquista de la globalización)

Y es ahí donde se quiebra (o se dulcifica) nuestra responsabilidad. Desaparece más bien. En todos los ámbitos. El mundo de colores y de formas diferenciadas se reemplaza por una percepción falsa y austera de la realidad. Nos creemos toda la comunicación que nos llegue sin comprender los canales por donde llegan ni las formas diferenciales de ese artificial y brillante argumento vacío. Sin reflexión alguna y con la ambigüedad por bandera, nuestro cerebro construye una percepción falsa de esa realidad.

Existe un ejército de avatares anónimos que se disfrazan de personas que insultan y menosprecian a cualquier hijo de vecino que no comulgue con sus pensamientos, pero nosotros no sólo lo toleramos, sino que le damos hasta el valor de la duda. Y aún peor que eso, es nuestra capacidad infantil de creernos cualquier cosa que nos llegue por la red. De todas formas, la culpa es del mensaje, ¿no?

¿Cuál es la verdad? ¿Quizás tener clase en un mundo de apariencias? ¿Nos vamos a tener que acostumbrar a la revolución de la inmediatez subjetivada a distancia? ¿Alguien se ha parado a pensar que  esa revolución de subjetividad o de datos no garantiza una impecable objetividad y anula nuestra capacidad de raciocinio y argumentación?

Yo creo que en el fondo nos encanta que tomen decisiones por nosotros; que iluminen nuestro miedo. Que los algoritmos no sólo capturen los acontecimientos, sino que los cambien. Y con ello evacuar la responsabilidad a través de la cloaca de las vulgaridades.

Edipo asumió su responsabilidad, su culpabilidad, incluso de aquellos acontecimientos que le eran totalmente ajenos.  Nosotros la rehuimos como aceite hirviendo. La rechazamos, directa o indirectamente. Lo vemos todos los días.  Si Trump gana las elecciones, la culpabilidad es de los “zafios” e “incultos” que le han votado. ¿Alguien ha pensado en la responsabilidad de los que se han quedado en casa? Y, ¿algún medio intelectual se ha cuestionado la razón por la cual le hayan votado sesenta millones de personas? ¿Es la culpa del brutal mensaje de odio, de los mensajeros o los receptores que lo creen como la última tabla de salvación? ¿La responsabilidad no es compartida por todos aquellos que lo han hecho posible tanto en la acción como en la inacción?  ¿De los que no han sabido con inteligencia talar el árbol del dramatismo de la desesperación, de la demagogia pura? ¿Y si Marie Le Pen se alza a la Presidencia de la República Francesa, de quien será la culpa? ¿De los que le votan o de los que con sus torpes y austeras respuestas a una realidad lo impulsan?  La desafección también cuenta. Y vota. Pero le echaremos la culpa al algoritmo. Que sea el que se saque los ojos de su visión matemática.

Nos aterramos ante la idea de que la historia cruel se repita, pero somos tan pedantes que no nos damos cuenta que también contribuimos a ello dejando la puerta abierta al jardín de la locura colectiva.  En el fondo de la condición humana, nos encanta jugar con el petardo más grueso y el riesgo que nos explote en la mano.

Ayer mismo una anciana falleció en Reus por una mísera vela que prendió su colchón. No tenía calefacción. No tenía energía eléctrica desde hace dos meses. Nadie asume la culpa ni la responsabilidad; la tiene el otro. Pero el cabreo en general es de órdago y con razón. El cabreo también vota, (y la demagogia barata), aunque luego lo lamentemos, como cualquier decisión que tomamos en el fragor de una calentura. Y seremos todos culpables de ello aunque miremos a otro lado. No dar soluciones a los problemas cuenta y mucho, como es lógico y natural. Es en ese momento crucial cuando somos nosotros mismos los que encendemos el petardo, que explote y ya veremos.

La tiranía de la responsabilidad. Todos somos culpables y responsables de lo que pasa a nuestro alrededor y más allá. No es necesario lesionarnos los ojos como Edipo, pero también es ciego aquel que no quiere ver.


La solución a los retos del mundo contemporáneo incluye el valor añadido de la responsabilidad humana. Claro que sí. 

lunes, 10 de octubre de 2016

En la vida, lo que en determinadas ocasiones parece el final, es en realidad el principio de un nuevo destino. Los antiguos sabios decían que en el fin se encuentra el inicio.
El relato de una vida. La vida en un relato.

“….--Buenas tardes, soy Roberto Martínez. Tengo una cita con el Sr. Fabregat Granell.
--Hola, buenas tardes. Sí, acompáñeme por favor. Le están esperando.



Detrás de un ancho mostrador atrozmente engalanado apareció la sonrisa de una joven elegante y altísima con mirada de aire pensativo y esa mecánica natural de haber realizado la misma acción en numerosas ocasiones. Debía ser la misma persona inaudible que unos minutos antes me había facilitado el acceso a las instalaciones a través de una rudimentaria puerta de acero que me costó abrir tras varios intentos. Obedeciendo sus indicaciones la seguí por medio de un aparatoso pasillo rectilíneo e increíblemente difuso cuyo recorrido lo salpicaban varias salas  a izquierda y derecha de dimensiones estrechas que impulsaban la monotonía de una zona de trabajo administrativo, a mi entender, exageradamente tenebrosa a pesar de sus blancas e inmaculadas paredes.

Pude percatarme de inmediato de un turbador silencio que encumbraba cada rincón. De esos mismos despachos, todos en sincronía con respecto al  ángulo en sus puertas abiertas,  se deprendían un sinfín de ojos dotados de espíritu de observación insolente y bastante incómodo. En el transcurso de una pequeña reunión informal y distendida horas después y ante mi natural e insana curiosidad, me comentó un sepulcral trabajador que todo el personal de la organización lo que estaba esperando era la llegada de una especie de liquidador que debería comunicarles, en teoría,  la pésima e irreversible situación de la empresa para acto seguido proceder a rescindir de ellos de manera impertinente y ordenada. A ese mismo empleado le pregunté cómo era posible que toda la plantilla estuviera sugestionada de tan grave rumor. No dio con los argumentos necesarios ni contestar con convicción, por lo que supe al instante que en esa organización existía un problema grave de comunicación tanto horizontal como vertical y unas angustiosas expectativas que estaban afectando al funcionamiento y la gestión tanto operativa como estructural de la empresa.

--Espere aquí, por favor --dijo la secretaria. El Sr. Fabregat vendrá de inmediato. ¿Le apetece una café?

--Sí, muchas gracias. Es usted muy amable--le contesté.

La sala de espera quebraba toda esa carga de admirable austeridad que había observado en el resto de las instalaciones.  Flotaba en el ambiente un cierto aroma de melancolía combinada con una desagradable fragancia a lavanda rancia que se fundían al calor de cuadros y objetos de tiempos pasados que sin duda debieron ser gloriosos. Ni mejores ni peores que el presente, me quise anticipar, simplemente con los matices de otra época histórica.  

La ventana del salón proporcionaba una vista hacia una carretera poco transitada donde se atisbaba un horizonte enorme de campo huraño adjudicado a los matorrales. Esa miseria de naturaleza severa se agudizaba a través de unas rejas de un rojo enfurecido que conferían un aspecto vacío a la mirada. Mientras contemplaba confundido este paisaje recordaba con incredulidad la conversación que mantuve días atrás con un querido compañero de profesión ubicado en Madrid. “Rober, hay un empresario amigo mío que quiero que vayas a ver. Necesita un cambio profundo y urgente en su empresa. Posiblemente sea ya muy tarde, pero dicen los que saben que mientras hay vida hay esperanza y esto es uno de esos retos incómodos e impagables de los que profesionalmente nos puede interesar. Sé lo que me vas a preguntar, qué por qué razón no lo intento yo. Es muy simple, tú no eres su amigo y creo que ni conoces tan en profundidad el sector, pero seguramente a ti te va a hacer caso con una visión completamente distinta de la subjetividad con que posiblemente lo haría yo. Más importante que eso,  te va a estar agradecido eternamente si sale adelante porque lo conozco bien, demasiado bien diría yo.” Demasiados mensajes inconexos--pensé yo, derivados de una charla casi unilateral. De nada sirvieron mis imperceptibles lamentos por andar enfrascado con otros proyectos. “Es un reto, me volvió a insistir. No te doy más información que el número de teléfono. Llámalo, por favor. ”

Me surgieron muchas dudas por lo exótico de la conversación, casi surrealista, y todavía muchas más cuestiones sin respuesta. Quizás la confianza extrema que tenía hacia este compañero de profesión, quizás la curiosidad, quizás… El asunto es que acepté el reto, desconocía de qué tipo, pero al menos lo iba a intentar.

Interrumpiendo mis reflexiones apareció en el umbral un hombre con aspecto de tener mucha más edad de lo que en realidad tenía, bastante tosco,  cuyo traje saturaba una figura con aura muy seria. Se notaba a simple vista que no era el atuendo habitual que solía llevar a diario, tanto por la antigüedad del mismo, como el desigual tono del gris de sus piezas, como la incomodidad de su andar. Me recordaba a esos nobles que se aferran descuidados en su mente con la memoria de grandes y triunfantes acontecimientos de tiempos atrás y permanecen inmóviles en él.

--Hola. Soy Fabregat padre. Espero que no le haya sido difícil encontrar estas instalaciones --me comentó al mismo tiempo que estrechaba mi mano.

Después de las diplomáticas presentaciones, hablar sobre el tiempo,  la escasez de lluvias, y  el tuteo de rigor obtuve su imprescindible compromiso previo sobre la absoluta necesidad, transparencia y sinceridad en que me describiera al detalle la situación de su organización si quería intentar ayudarle. Ya me había anticipado en la conversación telefónica de contacto algo sobre la gravedad de su contexto.

La información parcial lo que puede provocar es más problemas. La verdad solo es una, sin fragmentos. No hay dos verdades. Otro asunto sería que la desconociera o estuviera al margen del entorno, como así pude comprobar días más tarde. Mi compromiso alcanzó a decirle con franqueza si podía ayudarlo y de ser así proporcionarle metodología, vías y medios como solución a sus dificultades llegado el caso. O incluso algo más simple como así fue. Muy simple.

Durante aproximadamente dos horas y bajo una luz tenue y la compañía de un par de cafés amargos,  me relató al detalle el calibre de sus problemas. Muy al detalle. Hablaba de forma sencilla, natural y con esa libertad que todos disfrutamos al desnudar nuestra angustia mucho tiempo retenida en nuestro interior. En el fondo pretendía recuperar sus sueños, el anhelo de una paz en su conciencia y volver a vivir. Era de ese tipo de empresarios inmaculados que siempre esperan el momento perfecto para andar, sin darse cuenta que en la mayoría de ocasiones lo que procede es atreverse a saltar.

Continuó su relato como buenamente pudo: la historia de la compañía desde que comenzó en un pequeño taller pasando necesidad y calamidades;  el orgullo de sus enormes logros y éxitos; el cenit de facturación ejercicios atrás; la estructura de la empresa;  el patrimonio económico personal que había alcanzado y altamente endeudado en esos momentos; el activo insistente de una plantilla de 95 empleados a la que consideraba su otra familia y que llevaba como compañeros de viaje más de treinta años y ahora veía como uno de sus mayores obstáculos; cómo vendía; su cartera de productos muy apolillada; el miedo a exportar; sus dos hijos…Ponía en orden no sólo a su empresa, sino también a su alma.

Todo lo que desprendía era una mezcolanza de inquietud, sinceridad, ternura, pero también un miedo irrefrenable al sentir que se le escurrían las soluciones por evitar situarse sobre una finísima y frágil delgada línea roja. Unas decisiones que él creía no poder dominar por estar al albor de las circunstancias. Unas huellas en el suelo de la supervivencia que habían desaparecido sin piedad y que le impedían rehacer el camino sensato. El relato de un pasado de sueños grandiosos imposibles de enfrentar lo bueno en el futuro. Entrar en compromiso con la incertidumbre.

--Me has mencionado a tus hijos--comenté. Si he entendido bien, colaboran o trabajan en la empresa. ¿Cuál es su función?

--Sí, trabajan conmigo directamente desde hace algunos años. Aunque mucho antes ya habían convivido conmigo la problemática de lo que es un negocio. En estos momentos me ayudan en lo que pueden, pero no tienen madera de empresarios y los estudios tampoco les han ido muy bien a pesar de que les he proporcionado todas las facilidades y caprichos que me han pedido--respondió a modo de justificación.

--¿Cómo sabes que no tienen madera de empresarios?

--Lo sé. No valen—aseveró.

--¿Son malos chicos?—pregunté intentando provocar una reacción de sinceridad. O bien, ¿no les atrae la vida empresarial?

--No, no. Al contrario. Son excelentes ambos. Y no, al contrario. Han tenido oportunidad de trabajar en negocios de amigos míos, pero no han querido.

--Me imagino entonces que te han defraudado en algún asunto, ¿Les has dado responsabilidades? ¿Les has facilitado la oportunidad de tomar decisiones? ¿O bien proporcionarles la posibilidad de mostrarte una visión empresarial diferente que posiblemente y por la experiencia que teóricamente tienen pueda darle un nuevo rumbo a esta empresa? …¿Les has dado la oportunidad de equivocarse?

--La verdad es que no. Pero estoy seguro de que no están preparados--insistía. Además ya no tengo margen de error.

--Quizás ellos vislumbren los gérmenes de lo nuevo y sean sensibles a los cambios--repliqué yo. Quizás ellos vean lo que tú no puedes ver. Para descubrir cómo nadan en el mar, hay que dejar que salgan de la pecera.

No quise volver a este asunto durante mi primera toma de contacto al notarlo ciertamente incómodo. Sus ojos lo delataban. Ciertamente, y como así pude comprobarlo en días posteriores en una reunión con sus dos hijos, estaba en un error. Un lamentable error. La relación con éstos fuera del ámbito del negocio era muy buena, pero inexistente en lo concerniente al corazón de la compañía. Mejor dicho, no había comunicación alguna y se abría un abismo de considerables proporciones basado en una confrontación de miedo y absoluto respeto. El equipo no era tal. Los hijos eran simples recaderos al fragor de unas decisiones unipersonales cargadas en exceso de prisas e improvisaciones. Les había cortado las alas de la teórica responsabilidad mucho antes de que desearan volar.

--La plantilla es de 95 empleados. 76 en producción, y el resto se completa entre el departamento de administración y comercial, ¿es así?--volví a preguntar.

--Sí. Más o menos así es--me respondió con vacilaciones. He podido mantener la actual a base de muchos esfuerzos. Y muchas pérdidas. Me preocupa mi situación, pero lo que más me hace padecer es que la gran mayoría lleva conmigo desde que empecé y si esta empresa se cierra no sé que va a ser de ellos ya que casi todos no saben hacer otra cosa al estar conmigo prácticamente desde que salieron de la escuela. Prefiero, si esta compañía no tuviera más remedio que cerrar, hacerlo sin deshacerme de nadie. O todos o ninguno. Es algo emocional. No podría de ninguna de las maneras—reconoció.

Evidentemente, la carga emocional era descomunal. Hice un esfuerzo enorme en no mostrar en mi rostro la perplejidad de lo que acababa de escuchar. Me pareció en ese momento hasta insolente que el capitán de un gran barco dejara que se hundiera con toda la tripulación a bordo sin intentar otras alternativas, a pesar de que en otras ocasiones ya me había topado en algunas empresas familiares una situación similar, aunque no tan ruda como ésta por cómo me lo estaba describiendo. Daba la impresión de ser un excelente padre de familia, pero no un líder empresarial. Se parecía más a esa clase de víctimas de buena fe revolviendo en el baúl de las excusas y no de un líder que toma soluciones, impulsa acciones y logra resultados.

--Deduzco, por lo que me describes, que no se han facilitado planes de formación ni de carrera ni nada que se le parezca--observé.

--No. No lo creía necesario, ni nadie me lo ha pedido. Sus máquinas son su vida. Ten en cuenta que en una empresa de estas características con un peso tan grande en producción no es tan importante.

--¿Y no crees que una de las causas principales de tu precaria situación es no haber proporcionado a esos empleados que tanto aprecias un plan de formación y reciclaje que te hubiera y os hubiera podido permitir ver el futuro de otra manera, con más solvencia? Además, lo tenías y lo tienes muy fácil. Por lo que me cuentas, es un plantilla que cree y te acompaña en tus sueños, ¿no es así?

Es posible—asintió.

--¿Y prefieres, a pesar de la dureza que entiendo, no desprenderte de los recursos humanos excedentes e improductivos y darle una posibilidad a la viabilidad de tu empresa? Es una simple actitud de salvar, si es que es así que no lo sé, a una parte de la empresa y de la plantilla correspondiente aunque tengas que resarcir algunos contratos. El mal menor, dicen.

--No tendría valor. No podría mirarles a la cara--objetó. O todos o ninguno. Soy el padrino de muchos de sus hijos. ¿Y cómo determino quien sí y quien no se queda? ¿Quién es improductivo y quien no?

--Bien, resumiendo--quise saber. Si mis apuntes no son incorrectos: no exportas; aunque tienes una página web -eso sí bastante elemental- no existe visibilidad alguna de tu empresa, ni ningún plan de comunicación ni de marketing; fabricas para otras marcas; la situación de la plantilla;  medios de producción obsoletos, y una situación financiera muy delicada. ¿Es correcto? Además, todo pasa por ti por decirlo de una forma muy básica.

--Correcto--reconoció.

--¿Perspectivas de ingresos? Es decir, ¿más o menos conocéis el importe de la cifra de negocio de los próximos meses?

--Es imposible saber ese dato. Más quisiera yo. Como te he comentado antes, fabricamos para otras marcas, por lo que estamos a la espera de sus pedidos. Ahora mismo en cartera no hay salvo promesas que estoy seguro que llegarán como siempre, aunque en tres semanas la producción se paralizará si no entran más pedidos. Pero estoy completamente seguro de que no será el caso.

--Es decir, un barco a merced de las olas. ¿Cuántos clientes tenéis?

--Tres--respondió.

--Ya--resoplé. Y con la actual infraestructura y medios de producción, ¿existe la posibilidad de poder fabricar con vuestra propia marca y diseños y así acceder a otros mercados, a otro tipo de clientes?

--Claro, siempre y cuando tuviera el capital suficiente para poder hacer las inversiones idóneas en materia prima y medios de venta. Y del marketing ese del que tanto se habla. Entre otras cosas, me imagino.

--Fabregat, necesitaría para hacerme una evaluación exacta de la situación que me pudieras proporcionar los estados financieros de la empresa. Si es posible, los últimos tres años. En principio sería suficiente hasta poder entrevistarme con el personal responsable de la empresa, como el contable, o el gestor comercial, el encargado de fábrica, y por supuesto, tus hijos.

--Con respecto a las entrevistas, por supuesto. Para eso estás aquí. Los de mis hijos lo tengo menos claro—insistía. Te daré todos los medios que necesites. Tu amigo confía mucho en ti, y yo tengo la confianza en él después de más de quince años de relación personal y de negocios.  Y relativo a los estados financieros esos que me pides te los proporcionaré en cuanto estén listos, ya que según me ha dicho el contable hay un mes o dos de retraso en ponerlos al día.

No puede evitar hacerle la pregunta de rigor.

--Fabregat, ¿Me puedes decir cómo puedes tomar decisiones si lo más básico de una empresa es tener y estar la información de todo ámbito y condición al día, incluso más allá?

--Me fío de mi intuición. Dinero como tal en las cuentas no hay lo suficiente desde hace tiempo, y los problemas diarios los vamos resolviendo como podemos.

--¿Cuánto tiempo lleváis así?

--No lo sé. Mucho. Ni duermo. Los problemas devoran el sueño, ya sabes. Es imprescindible que ponga orden a la empresa, pero también el espíritu.  

Lo observé un instante con aire pensativo como si estuviera escuchándole sin prestar atención a sus palabras. En esos momentos me percaté que debía existir una solución no demasiado complicada a su situación, ya que una empresa del siglo XXI no podría subsistir tan largo espacio de tiempo tan precariamente. Ni con un patrimonio personal suficiente que lo respaldara. No había conexión lógica entre la teoría y la experiencia. Era una reflexión dulce sobre esa suerte extraordinaria que lo mantenía en la luz tenue del camino de un negocio que coexistía desde casi cuarenta años. Esa sensación ya vivida en otros casos similares de empresas familiares dotadas de no estar al mando de las circunstancias y del tiempo.

Mi intervención fue escasa. No duró ni dos meses. El tiempo imprescindible después de muchos paseos con Fabregat padre, demasiadas discusiones, argumentos y algunas suculentas comidas para hacerle ver una cosa muy simple: que la solución la tenía dentro de su empresa, de una sólida pero mal aprovechada infraestructura, de su organización, de las personas que lo componían, de sus austeras paredes, de su interior. Sólo tenía que transformar su recelo y su incredulidad en confianza plena hacia unos hijos muy bien preparados en la experiencia y excelentemente informados que lograron innovar el delgado alambre que les sostenía, en una compañía muy solvente con recursos propios que factura en la actualidad sesenta millones de euros anuales,  tiene presencia internacional, infraestructuras magistralmente aprovechadas y a la vez renovadas,  y una casi misma plantilla fiel, motivada, vacía de miedos y muy bien actualizada.

Era tan simple como eso. Los éxitos más brillantes no obtienen los frutos esperados de no llevarlos hasta el final con decisión, confianza y equilibrio. Las tinieblas desaparecieron con un soplo de aire fresco y renovado. En ese momento en el que  supieron afrontar con suficiencia esa ecuación negativa de los negocios donde todo lo que se vive sin resolver se repite con sufrimiento.

La parálisis del un camino que no empieza tiene su encauce en la ilusión del inicio con una simple mirada hacia un interior realista y sincero. El error es resignarse en buscar más allá cuando la solución se encuentra en casa.

(Es una historia real del que por razones obvias he cambiado el nombre del personaje central. Como los amigos de verdad que ahora somos, nos llamamos todos los meses e intentamos darle solución a todos los problemas del mundo terrenal.)









viernes, 12 de agosto de 2016

Dicen los expertos que en época estival se incrementa nuestro potencial de creatividad al ser un período de ocio, descanso y disfrute. Es decir, que lo que dejamos de reflexionar, innovar o pensar en otro período del año, o la riqueza impulsora en toma de decisiones, retorna por el verano. No sé. Lo dudo. Estoy convencido que la capacidad del ser creativo es una actitud ayudada por una mejora continua plenamente en vigor en cualquier momento.



Ciertos mitos hay que ponerlos en su justo valor ya que no existe evidencia científica alguna que lo justifiquen al igual que esa máxima que todos creíamos a pie juntillas que beber mucha agua era muy beneficioso para nuestra salud, algo que se pone en duda según hemos constatado en prensa estos días de forma insólita. Los amantes del buen vino ya se están frotando las manos.

Esto tipo de aseveraciones me trae a colación la impertinente y discutida cuestión de esos oráculos globales que acampan por doquier y que de tan de moda sobrellevamos en estos tiempos. Son estos personajes disfrazados de sabiduría empírica que nos regalan consejos o instrucciones a lo largo del día sin esforzarse siquiera a reflexionar un solo instante que juzgar el recorrido personal y profesional de cada uno debería tener muy en cuenta sus circunstancias particulares y peculiares. Monsergas diría yo, que es donde se quedan. Quizás deberían empezar por ellos y ellas mismos antes de darnos la tabarra.

Como esa ternera (que tan magníficamente retrató metafóricamente Walter Foss) que con sus mayúsculos pasos sinuosos y tortuosos marcó el camino futuro a senderistas, viandantes, carros, vehículos y hasta ingenieros sellando un itinerario que hemos seguido hasta nuestros días dándole un valor a un precedente erróneo sin pararse a pensar en otras alternativas menos costosas, simples y directas.

Algunos autores llamarían a eso también branding. Todo lo es a la vista de los oráculos.

Está de moda escribir libros. Todo suma, dirían algunos y algunas. Bueno, eso de llamarlo libros es mucho decir. Panfletos, recopilaciones, manuales, informes o batidora de opiniones sería mucho más adecuado. Escriben los que creen saber, los que no ni les importa, las medias tintas y los que utilizan la superficialidad de la pluma para hacerse la foto y así pasearse por las redes sociales intentando añadir a su curriculum el hecho de haber escrito algo que piensan es eficaz.

Existen en el mercado manuales sobre autoayuda que nos ayudan a autoayudarnos, o como utilizar la inteligencia ecológica y emocional de manera práctica y eficiente relatado por personas que carecen de escrúpulos o sentimientos, o de cómo manejar las entrevistas de trabajo para descubrir la profesión soñada sin estar mínimamente formado o preparado, o de cómo emprender de forma global  destinado a personas que no tienen espíritu emprendedor y no creen en los riesgos, o de cómo levantarse después de un fracaso sobre todo si el o la que escribe jamás ha iniciado una aventura empresarial, o de cómo aplicar la innovación en organizaciones que ya innovan, o en aspectos tan delicados e inocuos en la mayoría de ocasiones, si no se trata como es debido,  como es la cacareada marca personal.

Si uno ojea (lo de leer es imposible) este tipo de manuales o recopilaciones,  se percata inmediatamente de que se exponen argumentos o ideas que ya han sido desarrolladas anteriormente y que se limitan a darle la vuelta punteándolas de otra manera retorcida. Es una esfera romboide cuyo único valor es tropezarse en sus distintos ángulos y puntos de vista, pero del que nunca se sabe salir o poder escapar al galope.

Me viene a la memoria un debate en el que participé hace algunos años en la Universidad. Se refería a esa eterna paradoja sobre si algunos autores literarios y artísticos marcaban huella a través de sus inmaculadas obras en los aspectos mundanos del espíritu y valor del comportamiento humano en contraprestación a las subjetivas interpretaciones que en la vida real y a través de entrevistas o participaciones en foros hacían de su forma visionaria particular en política, sentimientos, ética e incluso en delicados ramales de libertad religiosa. Por un lado resaltaba la belleza de sus obras y por otro despotricaban de los que no pensaban o sentían como ellos. Esa es su aportación de valor. Ejemplos hay a miles. Ese famoso director de cine que en la presentación de su película exponía los intrínsecos valores de excelsa libertad que emanaban de su creación, pero que a la pregunta de un periodista sobre su opinión del resultado de unas cercanas elecciones se atrevía a contestar con un descaro sin precedentes insultando a los votantes del partido contrario ideológicamente… Sin más comentarios.

En esto de los “libros” ocurre igual. Se escribe para la galería particular y el sublime ego del escritor, pero en algunos casos se actúa descaradamente de forma totalmente opuesta. Por eso nadie los lee y menos si hay que rascarse el bolsillo. Si los regalan uno se lo piensa un poco mejor aunque sólo sea para decorar la estantería.

Un libro no sólo tiene que aportar algo nuevo y diferente; debe crear valor. Una auténtica tesis doctoral innovadora sería su propósito. Y de esos, existen muy pocos.

De todas formas, yo prefiero inspirarme en obras como “Los Pilares de la Tierra”, o “La Sombra del Viento”, verdaderas obras maestras de la literatura y de una riqueza descomunal. Y así, evadirme de la realidad y soñar y visualizar las puestas en escena que describen las novelas históricas. Y aún más, esperar un par de meses, y retomar mis paseos por la orilla de una playa cuasi vacía y saborear los colores de un mar y una arena virgen. Esa es la fuerza impulsora de mi creatividad. No hay precedente alguno que lo supere. 

La marca personal es la huella que uno mismo construye por sí y para sí. Nunca para los demás como prioridad. Me quedo con la coherencia y el equilibrio. La confianza viene adjunta.
Branding y verano perpetuo.

El verdadero cambio es una puerta de la que sólo se puede abrir desde dentro.


jueves, 14 de julio de 2016

Una de las causas en los continuos tropiezos de muchos empresarios tiene su origen en la pertinaz y peculiar imaginación en fabricar artificialmente cuentos con final feliz particular en un entorno global que se viera obligado a ofrecerles en bandeja su propia hoja de ruta natural.  Es más curioso, quizás, que esta tipología de empresario que tanto predomina en la actualidad, no tenga al mismo tiempo el más mínimo interés y tiempo en diseñar y planificar su propio destino. Eso sí, hablan y hablan, discuten y discuten pero siguen sin entender la metodología de la comprensión y el análisis de la actualidad.



Yo siempre les aconsejo, cuando quieren escuchar, con humildad de razonamientos y pretendido sentido común, que reflexionen sinceramente sobre su propia identidad empresarial y ese obsoleto empeño de extinguir las diferencias y las singularidades que nos proporciona la vida por la vía de saltar sobre el diseño de su propia fragilidad.

Se esconden tras el paradigma del tiempo. Quieren, desean, que sea el mismo factor tiempo  el que se contraiga, el que se adapte a su voluntad en pleno siglo XXI, con esa contradicción tan inocua que impulsan como es la brevedad y la facilidad en lograr éxitos y la duración de los acontecimientos que prolongue su inacción, todo ello sobre un mismo escenario. Y en las circunstancias que nos impone la evolución de las cosas no hay nada más erróneo que creer fielmente que uno no pertenece a su tiempo sino que es el tiempo el que es su título de propiedad. Así piensan muchos empresarios. Demasiados. Así les va.

Algunos, incluso, huyen de sus propias capacidades y se atreven sin un ápice de análisis a jugar a juegos que no comprenden con el único argumento de la observación fija y obsesiva hacia otros empresarios que hacen fortuna con modelos de negocio innovadores y no tan innovadores,  sin pararse a pensar que cada organización, cada empresa, es diferente y que no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales.

Es un tiempo de convertir riesgo en oportunidades, pero no de basar la construcción de un negocio en una temeridad, ya que ésta esconde una tensión insoportable, resignación y tristeza en el brillo de los retos.

Las verdades son verdades o no lo son. Los matices solo se deberían de utilizar para hacer de filtro en la tonalidad del color de como se presentan. Y por tanto, esas creencias milenarias a las que se siguen aferrando y con las que se disfrazan muchos empresarios transcienden unos prejuicios y unas banalidades en sus fracasos que hoy en día son irreversibles.

No hay que esconder las cosas. La experiencia en el análisis de muchos casos de empresarios y empresas fracasadas me permite apuntar que la esperanza subjetiva casi nunca va ligada al sentido común y que sólo con el acompañamiento de un instinto ancestral no se va a ninguna parte. Que el humo no prende llama.

Muchos de estos empresarios que incluso se juegan a la ruleta rusa su propio patrimonio y el de sus allegados, tienen que entender que la realidad y el mundo que pretenden edificar en su interior son dimensiones diferentes. Que sí, que nos podemos atrever a soñar, pero que no hay eternidad que dure bajo el sol. Que hay un hecho incontestable: que el cambio hace mucho tiempo que vino a quedarse permanentemente entre nosotros. 

De la misma forma que los resultados tienen su inmaculada dosis de sufrimiento, pero no de la misma manera en cada organización. Que la fe sin acción lógica, que la improvisación, no son nunca sentido de fortaleza, sino más bien de fragilidad y de un sentimiento de pétrea conservación con infames resultados.

El cambio, la evolución, la innovación constante, la mejora continua siempre tiene un devenir hacia delante y cada vez más veloz,  y jamás recorre el camino inverso.

No hay que esperar que las cosas o los negocios especiales vengan a nosotros por imposición divina como algunos empresarios esperan. Yo siempre les digo que las cosas corrientes pueden transformarse en extraordinarias, pero que para ello se requiere voluntad y no simple esperanza. Las ideas están ahí; especiales y sencillas y que tanto unas como otras poseen oportunidades inmensas y que hay que tratarlas con la delicadeza y sabiduría que rezuman.
El ecosistema empresarial, emprendedor,  no puede nunca ser como la estrategia de esos empresarios que absortos en la tecnología de sus móviles de última generación, transitan por senderos conocidos sin percatarse de las dificultades y obstáculos que imperan por el entorno externo e interno. El riesgo latente es que se acabe  cayendo en un pozo sin agua y que la ausencia de visión se convierta en un lúgubre recorrido y la oportunidad se convierta en la profundidad de un fracaso que ha decidido su destino.

Eso sí, un fin en donde se puede hallar otro inicio como un salvavidas de cartón. Pero que se puede evitar claramente. En el fondo, es una inquietante falta de cultura empresarial. Unos empresarios que en vez de dar lecciones a los políticos (que se las merecen), deben poner orden en su cocina y en su alma; tener una visión clara y nítida de los millones de gérmenes de lo nuevo que proporciona el entorno e impregnarse de una sensibilidad propicia a los cambios para así liderarlos.

El empresario que sólo tiene ojos para ver las huellas que han dejado en el camino del éxito otros modelos de empresas corren el riesgo que algún día desaparezcan y se topen con un camino demasiado sinuoso y sin rumbo que les acerque al precipicio.


miércoles, 22 de junio de 2016

Las empresas son la expresión de una realidad que están obligatoriamente llamadas a coexistir en un mundo de permanente y veloz cambio; tanto en lo social, como en lo económico, como en lo tecnológico, y por encima de todo ello, en su vertiente humana. 



La otra opción es la de quedarse encerrado en sus propios límites formales por la eterna y errónea aversión al riesgo. A este tipo de organizaciones les diría una de mis máximas: que el riesgo no es tomar decisiones sino quedarse paralizado.

Lamentablemente, muchas organizaciones, muchas empresas pretenden subir a lomos del cambio permanente cuando ya es demasiado tarde. Cuando el caballo del cambio ha partido. En estos casos o bien la catástrofe es inminente o bien las chapuzas que se pretenden introducir lo que impulsan es a una agonía cruel.

Sus causas hay que encontrarlas en una carencia básica de unos pilares, sólidos, flexibles y dinámicos que requiere cualquier transformación. A lo que hay que sumar la falta de los elementales recursos humanos, financieros y tecnológicos que se precisan. En el fondo, la mayoría de fracasos en negocios se deben a un menoscabo de su cultura organizacional. A los que lo consideran un concepto marchito.

La cultura organizacional. La que guía a una empresa a tomar decisiones, comunicar y resolver problemas; a sus valores; a la presencia de la mejora continua en todos sus ámbitos; a una visión a largo plazo; a la aplicación práctica de la realidad empresarial; al grado de humanidad que las impregna; al uso de metodologías simples.

El cambio en la cultura de las organizaciones es una excelente oportunidad para aprender y crecer, es una nueva forma de hacer las cosas. El romper con esa leyenda del “siempre lo hemos hecho así”; para controlar la ansiedad de la organización; a la anticipación a los cambios que obliga el entorno; a satisfacer necesidades. Y la experiencia me ha demostrado que los mejores y más prácticos cambios se han  impulsando en la época de bonanza o crecimiento de la propia organización.

De igual forma, este cambio organizacional, permite a la vez adaptarse y liderar una nueva forma de management  que de la mano de la creatividad renueva los estilos de dirección; de la pulcritud en el conocimiento de los empleados para lograr alcanzar los objetivos marcados; para introducir la flexibilidad en los procesos; al fomento de una estructura cuyo núcleo es la agilidad; a la centralidad en la gestión y el sentimiento de las personas donde se comparte el éxito y el riesgo a través de un sistema de remuneraciones basado en la efectividad; al liderazgo de los equipos de trabajo.

Todo parte de una premisa esencial: la empresa es una organización viva; es su lógica de sentido. Su cultura organizacional, por tanto, su elemento distintivo, es lo que le permite diferenciarse de las demás. Son organizaciones que aprenden; que son capaces de asumir el reto y la oportunidad de aprender de los nuevos escenarios, y de las nuevas respuestas. Su capacidad de aprendizaje continuo y el intercambio de conocimiento es lo que le proporciona una ventaja fundamental. Es su activo. Lo que genera valor añadido a su trabajo y por tanto a una amplia visión de la innovación.

Es una falacia decir que cualquier cambio es un proceso lento y largo. Muy al contrario. El entorno no lo permite. Un excelente cambio en la cultura organizacional permite también cohesionar toda la organización a través de su dinamismo y una estabilidad. Sí, es así. Estabilidad. El cambio permanente y veloz, bien gestionado, proporciona estabilidad en un rumbo estratégico donde las personas son el centro de la organización ya que son los responsables de su éxito, desarrollo y control.

Cambios en innovaciones tecnológicas, la importancia de la tesorería, en la optimización de la información y comunicación, reducción de costes, adaptación de recursos…

Cambios que nunca son concebidos como gasto, sino como inversión rentable, permanente y a largo plazo. Requieren liderazgo efectivo, una estructura ágil y flexible, a las personas predispuestas al cambio y una gestión de recursos humanos con miembros preparados, y motivados que fomente la cultura del feedback.

Cambios que impulsen el trabajo bien hecho, la calidad superior;  al cliente como enfoque; a la innovación y la creatividad; a la comunicación fluida y honesta; excelencia, al sentido de pertenencia, respeto e integridad; a la igualdad de oportunidades; a la conducta ética irreprochable, a no estigmatizar los errores, sino a confrontarlos como sendero de aprendizaje; medio ambiente; aprendizaje continuo, intraemprendedurismo; al liderazgo participativo; que viva y sepa gestionar la incertidumbre.

Es un cambio transformacional, nunca radical. Gira a través de las personas. La cultura organizacional nunca es un concepto sobrevalorado. Determina la forma de cómo funciona una empresa. Ofrece unas reglas de juego para la propia organización. Es una prioridad estratégica.