miércoles, 17 de febrero de 2016

A pesar de que algunos lo sigan creyendo, ya no estamos en la época de los sesenta y setenta donde se impulsaban complicadísimos procesos de planificación estratégica al calor de su intensa burocratización y rutina que instituían sinergias para un poder de mercado casi cerrado y absoluto. A lo que se debería de añadir que la gestión derivada en estas directrices tenía un componente de miedo visceral y de ser lo más incorrecto con el entorno.



Esta situación venía favorecida por modelos de negocio muchísimo más estables donde las innovaciones en productos y servicios eran más lentas y en un entorno menos global. Circunscrito, además,  al coste de las innovaciones  inalcanzables para la gran mayoría de empresas tanto en recursos como en medios.

Hoy ya no es así. Los modelos de negocio están en permanente adaptación a las exigencias del mercado y una actitud más abierta hacia la creatividad y la innovación y por supuesto con más medios y costes mucho más asequibles. Vivimos en un entorno de altísima incertidumbre y de un cambio constante en materia tecnológica, económica, medioambiental, política, y social. Es por ello que hay que estar debidamente preparados para generar alternativas diferentes según el contexto.

Ya no es necesario pensar en términos de décadas o lustros; la velocidad asombrosa que percibe el ritmo del cambio obliga a la empresa a pensar estratégicamente en otros plazos, nunca más allá de tres años, excepcionalmente cuatro. Incluso se planean estrategias, según modelos y sectores,  en meses, porque el tiempo lo es todo.

El éxito empresarial está íntimamente ligado a la sostenibilidad y continuidad y no tan sólo a su capacidad de sobrevivir, sino a poder conquistar y crear futuro. Es por ello que la estrategia y tanto su metodología como su pensamiento estratégico,  con objetivos claros y fáciles de ejecutar es lo esencial a la hora de conquistar ese futuro.  La visión anticipada al calor de una excelsa flexibilidad, alto dinamismo, agilidad y una optimización de una ingente información relevante capacita para sintetizar el fascinante y a la vez complejo escenario de cambios en todos los ámbitos.

La excelencia en la gestión también cuenta y mucho. Y ahí el pensamiento estratégico es fundamental. Es por ello que empresas con recursos y medios similares obtienen resultados muy diferentes. De la misma forma que existen empresas que en vez de ofrecer un valor de resignación, optan por ofrecer una creación de valor diferenciado.

La dinámica de las empresas, de cualquier nivel, y el refinamiento de su mentalidad y planteamiento estratégico permiten a todos sus departamentos y áreas afrontar y evaluar a la misma incertidumbre con resultados altamente satisfactorios con el compromiso de todos sus miembros.

Una incertidumbre donde el pensamiento estratégico obtiene una ventaja competitiva para reinventar las oportunidades y el riesgo que conllevan. Una incertidumbre donde una buena estrategia puede dirigir la innovación a su mismo terreno. Un pensamiento estratégico que puede y debe conducir a las empresas a sincronizar y liderar sus modelos de negocio a la inexorable dinámica de un mercado siempre cambiante con una ventaja amplia sobre las que abordan sólo el aquí y ahora.

La estrategia no es un apriorismo. Ni mucho menos un rigor conceptual. Ni siquiera una metodología inexorable e implacable. Pensar así al abordar los cambios en las empresas es marcar una directriz al  sentido común para un hundimiento progresivo de la misma organización que se pretende transformar.

Alguno de los críticos de la materia parece ser que han obviado que el funcionamiento de una empresa u organización requiere de un cerebro llamado estrategia que marque el camino hacia el éxito. En algunos casos ese olvido se fundamenta en la falta de conocimiento en su metodología y en otros por simple pereza. En el fondo no se percatan de que toda decisión tiene un componente o consecuencia estratégica, se quiera o no.

De ninguna manera existe una estrategia perfecta que pueda durar para siempre. Es por ello la importancia de adquirir  mentalidad estratégica. Pensar estratégicamente es gratis y su retorno en resultados infinito. Al alcance de todos. Insisto en ese mensaje a todos los empresarios, directivos y gestores en las organizaciones. Con las dosis adecuadas de reflexión, análisis, saber escuchar y toma de decisiones en los momentos adecuados.

La intuición no es el camino. Lo importante es saber por qué se hacen las cosas creyendo lo que tiene sentido para el modelo de negocio, experimentándolo y llevándolo a cabo.  Rara vez las nuevas realidades premian la improvisación. El espectro de emprendedores que con buenas idean fracasan,  tiene su raíz en una preocupante falta de planificación.

Pensar estratégicamente. Strategic Thinking. Crear el futuro.



jueves, 4 de febrero de 2016

El riesgo no es tomar decisiones, sino quedarse paralizado. O lo que es lo mismo, es mejor (y más práctico si se aprende de ello) equivocarse en haber tomado una decisión que no asumir cambios por miedo. Incluso tengo que subrayar, que resignarse tan sólo a subsistir es un error en el que no se puede caer.



Resulta muy desolador comprobar cómo las empresas y las organizaciones de todo tipo en general asumen la forma en la que afrontan las decisiones. En algunos casos intentando cazar moscas con bruscos cañonazos; en otras confiándola a la versátil, frágil y subjetiva intuición; y en la mayoría de ocasiones sin la debida planificación y limitándola a una ineficaz visualización en la tarea de optimizar la ingente información que se nos regala desde todos los ámbitos. Todos estos escenarios a los que hay que añadir  el lastre de un menoscabo asombroso del enfoque de Gestión (en mayúsculas) adecuado.

Es cierto que el entorno ejerce una presión desmesurada. Que la velocidad de adaptación al cambio añadida a una excesiva información de los acontecimientos del mercado y del cliente puede limar la confianza necesaria en aprovechar retos y oportunidades. Que el miedo al fracaso suma inseguridad en las acciones. Sin contar en algunos casos la inexperiencia y la falta de preparación en la Gestión. La consecuencia inmediata al dejarse llevar por estos senderos  es una pulcra indecisión en forma y tiempo que conduce a un descenso de la eficiencia no tan sólo en la productividad sino también en la propia organización a todos los niveles. En la mayoría de los casos con fatales secuelas e irreversibles.

La idónea toma de decisiones es una habilidad que afronta la seguridad de unos riesgos controlados. Es también jugar con la flexibilidad en un mundo donde la eficiencia es más complicada de conseguir. La toma de decisiones es una esfera abierta donde juega un papel esencial el talento, la preparación y la actitud. La toma de decisiones no es dejarse llevar por la euforia cuando las cosas van bien. La toma de decisiones tiene también como objetivo construir algo nuevo cada día.

Nunca debemos olvidar que en su más profunda raíz,  la toma de decisiones conlleva un ejercicio de responsabilidad en la capacidad de respuesta que contribuye a engrandecer la cultura de las empresas. Y es así porque tanto en el fondo como en la forma, la toma de decisiones es un proceso simple con una planificación de cómo se quiere llevar a cabo.

En el mundo en el que cohabitamos muy difícilmente se va a gestionar la toma de decisiones de manera eficaz y productiva sin un sistema de información definido y práctico. La información lo es todo, dicen. Estar debidamente informado es la clave, prefiero decir yo. Y para ello, ligado a una estrategia de comunicación definida. 

Tomar decisiones es establecer de igual forma y prioritaria reglas de comportamiento y responsabilidad en la estrategia y el corto plazo; en la estructuralidad y la operatividad; en una mirada valiente y larga y un paso corto y firme.

La toma de decisiones nunca es la destreza en un proceso urgente y de excursión por el filo afinado de un precipicio,  en un estado de incertidumbre con pasajeros como el desánimo y la desilusión, ni mucho menos con el pesimismo y el derrotismo. No es jamás esperar a que suceda algo. No es dejarse llevar por la incertidumbre.

Al contrario. La toma de decisiones hábiles y de éxito conlleva al replanteamiento permanente del propio modelo de negocio, en la forma de gestionar la organización, de reinventarse, de nuevas estrategias, a innovar, y de los mismos valores empresariales y personales.

El futuro de las empresas, y de los mismos empresarios y directivos, profesionales y emprendedores, y por ende de los trabajadores y de la sociedad en general depende en gran medida de la calidad y reflexión de las decisiones tomadas.