miércoles, 27 de abril de 2016

La fragilidad de las alturas es un síndrome que padecen aquellos que sintiéndose muy fuertes e intocables carecen de escrúpulos y de un mínimo sentido común pretendiendo abanderar la institución del liderazgo moderno.



Los tenemos por doquier. Aquí y allá. En todas las esferas, privadas y públicas. A decenas. Creen tener la ventaja material y emocional sobre los que llaman débiles y frágiles, con mísera burla incluida en la mayoría de ocasiones,  y no se dan cuenta, por su escasa humildad, de que ese temor y esa angustia del que cobardemente se aprovechan no son sino un fiel reflejo de un vacío que socaba su propia personalidad y modelo de conducta.

Su discurso metódico se basa en una feroz crítica a todo lo que no es de su inagotable interés; de unas actitudes y aptitudes reveladoras de sus innumerables defectos, aborreciendo con toda naturalidad lo que más se asemeja a su propia idiosincrasia.

Este tipo de personas, que reitero andan ambicionando representar a muchas organizaciones, empresas, partidos políticos, asociaciones, etc…, galantean con su misma fragilidad y angustia oculta, reformando su tez insondable mediante el áspero desdén de un muro asentado por pilares de lodo.

Instalándose en sus alturas huyen hacia delante a través de un maratón de fracasos propios ocultándolos con un récord de huellas de daños a unos terceros que ellos mismos tildan de débiles y lo que es peor, ahondando en la primera persona de su inconsistencia.

Creen que el cambio es una retórica que evoluciona con una época de demagogia vertical análoga a ese poder del “o estás conmigo o estás contra mí”.  Es decir, trapichean con el miedo de los demás. Absorben como una esponja el miedo ajeno impulsándolo hacia su foco óptimo de interés desmedido.

Traspasan el poder de las ideas y la creatividad al debate interminable del aprovechamiento del lucro propio y jamás del bien común, con la tierna habilidad de la ductilidad de los dedos llenos de grasa. La contribución al mundo del conocimiento se basa en copiar las de los demás con un compacto rigor melancólico del querer ser y no poder llegar,  a través de un lenguaje irónico e hipócrita. Es un conocimiento práctico al fin y al cabo,  pero infame.

Su “liderazgo” creen basarlo en unas convicciones que cambian a ras de los vientos más propicios según lugar, fecha y hora, con un ejemplo maquiavélico de revoleteo a su alrededor, pero que finalmente son incapaces de aferrar.

Hay quien dice que una de las características de estos personajes es su atadura a un pasado lleno de regueros de incapacidades; yo soy de la opinión que no siempre es así. Que tienen más que presente que el mundo cambia muy veloz y que hay que saber cambiar con él a una mayor velocidad, ya que es la única posibilidad de que sus errores y fracasos se diluyan con el propio pasado.

No poseen recuerdos, pero si entablas una conversación con este tipo de personas te percatas de inmediato que sólo tienen, en esa frenética huída hacia delante, sueños resbaladizos. Ni culpas reparables ni heridas reales. No es cuestión de evadirse de un pasado; es que no existe. Por no tener, no tienen ni sombra.

Quieren ser famosos por su artificial  actitud y generosidad, pero encierran en su pretendida filantropía social un enternecedor egoísmo enfundado en una gula pública que esconde una peligrosa tiranía. La Ley es su ley. Su singularidad. Una singularidad de la que siempre hay punto de escape y de retorno hacia otra  más densa cuya misión es no estrangular el meandro de su recorrido.

Ensalzan como nadie sus adulteradas victorias y destierran sus atiborradas frustraciones sin complejos y lo que es más cruel, sin resarcir sus resentimientos más oscuros que finalmente pagan la mayoría de las personas que tienen la desgracia de estar en el momento y en su lugar más inoportuno. El resultado para éstos es un riesgo de estar mucho tiempo en el purgatorio de la ingravidez.

Saben jugar al ajedrez de la vida social y empresarial con una anticipación pasmosa, esquivando los movimientos del contrario mucho antes de que se produzcan. Es un cálculo tramposo. Sus oponentes en la mayoría de casos, sólo son principiantes de buena fe. Nunca se les permite jugar una partida en igualdad de condiciones.

He de reconocerles una habilidad más. La de la información. Saben aprovecharla al máximo. La optimizan de una manera espectacular. La que son capaces de producir por cuenta propia y la que le  proporcionan los demás con falsas promesas y resultados. Paradójico que su forma de proceder sea muy vertical y tiránica pero que sepan utilizar la información de forma horizontal y sólida. Eso sí, son incapaces de integrar objetivos complejos a causa de su pensamiento simplista.

La fragilidad, su propia fragilidad, se basa en edificar con estructuras muy altas, su propia carrera. Son personas muy fuertes, pero en el fondo muy débiles aunque los demás no lo sepan. Crecen desmedidamente como la mala hierba sobre las desgracias ajenas.

Ni tan siquiera son gente intelectual. Ni imaginativos. No hay moral que se les resista. Nunca serán líderes. Antes tendrían que bajar de su ático inmoral, y eso sería imperdonable para su pulcro orgullo.



martes, 5 de abril de 2016

No es la amplitud del problema, ni siquiera la holgura de la respuesta, sino la simplicidad de la solución. Los buenos liderazgos saben reconocer esta cuestión vital en la excelencia de la gestión tanto de organizaciones como de personas.



Hay quien dice que el buen liderazgo es más arte que ciencia, pero estoy convencido a la luz del sendero de la experiencia, que no es más que un juego de inteligentes y magistrales equilibrios. Corazón y cerebro. Veamos las claves.

Tratar a las personas en la justa medida como a uno le encantaría ser tratado. Se debe comenzar por ese eslabón. Sin olvidar nunca la genial habilidad de saber escuchar. Si queremos implicar a las personas que nos rodean; si pretendemos atraer talento a nuestras esferas; si proyectamos los valores de nuestra organización, es vital que sepamos que en la escucha activa y pasiva de las personas que atraemos a nuestro ámbito reside un altísimo porcentaje en el éxito de nuestra empresa.

Los líderes del futuro, los líderes del irascible presente, gestionan con maestría el equilibrio y la coherencia entre el corto y el largo plazo. Entre la ciencia del corto y el arte del largo plazo.

Me encantan esas empresas u organizaciones que hacen del desarrollo de la excelencia y de la creatividad un irreversible cometido. Me fascinan aquellas también que resuelven sus diferencias de criterio con la simplicidad del “involucrarse”, la ilusión y el entusiasmo que introducen sus líderes en la gestión de las ideas que ellos mismos impulsan a generar.

Los mayores y más longevos liderazgos se basan no en tener todo el abanico de respuestas, sino en buscar las mejores preguntas. A caballo entre ese eterno espíritu emprendedor que jamás debe apartarse del camino de las empresas, y una gestión de riesgos prudente y a la vez inteligente. Al arte del impulso creativo de las propias ideas internas y la ciencia de gestionar las alternativas de un buen mapa de riesgos.

El buen liderazgo no sólo convive con la necesidad de contar con cambios coyunturales y estructurales, sino que facilita y detecta el momento idóneo de acometerlos. En todo cambio existe una esfera de romanticismo, pero los tiempos por los que andamos requieren de un respeto intrínseco de ejecutarlos en una esfera temporal con exactitud milimétrica. No es cuestión de elegir entre no hacer cambios o hacerlos mal.

La excelente gestión de los recursos humanos de una organización implica también fomentar la pasión por el puesto de trabajo, persuadir el espíritu de superación, facilitar tanto la amistad como la tolerancia y el respeto, creer en la dinámica del crecimiento del talento, colocar a las personas adecuadas en los puestos correctos, en apreciar lo que hacen y dicen las personas, plantear retos y objetivos…

Dicho esto, hay que hacer observar que todavía muchas empresas y demasiados mal denominados líderes cometen el error garrafal de confundir la gestión de personas en una lucha entre fuertes y débiles. Entre posiciones de poder y de servidumbre. O de confundir la horizontalidad con la verticalidad. En el fondo, la soledad de las alturas o de infundir miedo no son más que dudas que socava su propia fragilidad haciéndola demasiado visible.

Termino como empecé este artículo. No existe problema sin solución. No es la amplitud del problema que nosotros mismos creamos, sino la amplitud de la solución que en la mayoría de ocasiones es muy sencillo.  Arte y Ciencia en la gestión de personas.