miércoles, 18 de mayo de 2016

Esta es una historia simple y cuasi indiscreta cuya resolución se rodeó de inquietudes en sus formas, entremezcladas como el más rebelde de los rizos. Para la reflexión.



Todo comenzó a finales del pasado septiembre cuando me llegó, en el marco de cooperación con una famosa consultora internacional, un proyecto de un joven emprendedor valenciano para su análisis y valoración de la oportunidad de inversión.

El proyecto era excelente. Después de un profundo análisis objetivo de un ceñido y bien presentado Business Plan le concedí una primera valoración de 89 sobre 100 en su fase preliminar. Gran idea, mejor modelo de negocio y propuesta de valor, un magnífico equipo promotor compuesto de tres personas con sus funciones bien definidas y lo más importante teniendo inteligentemente cubierta la ingente y esencial labor de la gestión.

De igual forma, la parte económica y financiera presentaba una coherencia pocas veces vista, con proyección a tres ejercicios con buenos resultados de crecimiento rápido y especial hincapié en la tesorería y un excelso trabajo en la puesta en escena de los análisis de sensibilidad. Además aportaban con fondos propios alrededor de un 40% del total de la inversión.

Un proyecto muy interesante. Con inmensas posibilidades, original y muy dinámico.

Era la primera fase o fase preliminar de filtro. Quedaba la entrevista personal. El momento de la verdad donde estos inquietos emprendedores deben defender sus proyectos; saber de primera mano el conocimiento profundo de lo que exponen en su Business Plan y la realidad en sus posibilidades. Y de igual forma, explorar sus habilidades tan importantes hoy en día.

La cita se llevó a cabo en un ventoso día del mes de octubre de un cálido despacho de Madrid. Aparecieron tres personas pulcramente vestidas para la ocasión. Era una reunión sin límite de tiempo pero con la pretensión de no llevarla más allá de lo estrictamente necesario. El proyecto lo requería al igual que la oportunidad y la inversión.

La impresión fue gratamente insuperable. Conocían al detalle todos los aspectos del proyecto, cada uno en su especialidad pero también en la complementariedad del conjunto. Se notaba que lo habían trabajado de forma exhaustiva. Y lo más esencial, creían en el mismo con las dosis adecuadas de realidad.  Desprendían pasión e ilusión. Gente bien formada a simple vista, con habilidades contrastadas, y a pesar de la edad muy joven de dos de ellos, tenían alguna experiencia profesional. Este tipo de personas  que a la misma vez que teóricamente se forman, hacen prácticas en empresas y le dedican el tiempo restante a darle cuerpo a un proyecto como el que nos estaban presentando.

Sobresalía por encima de los otros dos, el digamos alma del equipo. La persona de la que surgió la idea. Un tipo metódico pero que desprende confianza en lo que dice y hace. Incluso, así me pareció, con una añadida carga positiva sentimental.

Una de las primeras cuestiones que siempre me gusta plantear es la del relato de cómo surgió la idea, ya que extraigo de ello muchas conclusiones.  Para mi sorpresa, dejó el estrado de presentación, y  se dirigió a su carpeta de documentos y apuntes. Sin más, me entregó un pequeño portafolio de seis copias con apuntes manuscritos. No era lo habitual. Me los podía quedar para que los analizara detenidamente. En un primer momento y debido a no extender más la presentación y proseguir con la misma y ya que la decisión definitiva debía tomarla el Comité en próximos días después de un segundo informe  los guardé para leerlos cuando tuviera un hueco.

Esa misma tarde y con el propósito de dejar terminado mi análisis complementario de la reunión cuanto antes, me puse manos a la obra. Me atrapaba esa curiosidad innata al ser humano.

El dossier de seis folios manuscritos de una sola cara me dejó atónito. Contenía innumerables faltas de ortografía. Era lo que destacaba por encima de otras cosas. Y no me refiero a sólo los típicos acentos que brillan por su ausencia, sino a las elementales reglas básicas de la escritura contemporánea. Alguna de ellas insultante a la vista. Tampoco eran apuntes realizados de forma espontánea. No existían tachones o correcciones. Eran apuntes en limpio. Y las preguntas empezaron a deslizarse por mi mente. Demasiado raro. 

Le llamé para ver si podía verlo esa misma tarde. Quería saber más. En un café tranquilo no muy lejos de la oficina, le expuse la cuestión. No dudaba ni un ápice de la autoría ni de la viabilidad de la idea. Pero me inquietaba la sorpresa de confrontar un excelente proyecto con unos fallos elementales de escritura ejecutados con unas faltas de ortografía que rompían (o me rompían, esa era mi inquietud) los esquemas. Sin contar el teórico riesgo que asumía en entregarme ese dossier manuscrito, sin necesidad,  cuando lo podía haber diseñado con la misma pulcritud de la presentación realizada unas horas antes.

Le pregunté si era su escritura, a lo que me contestó que sí. Le inquirí si era consciente de cómo había desarrollado su idea con esas faltas de ortografía y me confirmó que él mismo lo había redactado así y que era posible que existieran esas faltas de ortografía. No le preocupaba lo más mínimo. Lo que pretendía era mostrarnos (o impresionarnos, no sé) tal cual se planteó la concepción de la idea escrita en unos folios de igual manera como otros emprendedores de éxito (eso decía), lo habían hecho, y sin diseños espectaculares. Que para él, lo principal era el modelo de negocio y el reto que se presentaba y no las faltas de ortografía. Que si eso era un problema. La verdad es que no supe contestarle en ese instante. ¿Lo es?

El entorno de confidencias al calor de un café nos dirigió a una conversación bastante personal. La curiosidad ya desplegaba niveles máximos. No sabía quien fue Adolfo Suárez, no le interesaba la política en absoluto y por tanto de los políticos actuales sabían que existían por las redes sociales pero desconocía lo que proponían ni a qué representaban. Con la excusa de la posible internacionalización del proyecto a largo plazo en una segunda fase, me dí cuenta que no sabía situar ciertos países y menos sus capitales. Tampoco le inquietaba. Ni el mercado global. Ya se ocuparían otros. Presentaba un curriculum con  estudios y formación práctica. No universitarios, porque lo que amaba era la tecnología y empezó a realizar prácticas a los dieciocho años. Su formación se circunscribía a ese ámbito con multitud de esos seminarios y cursos especializados que acampan por doquier.

Los inversores apostaron por el proyecto. Y por el equipo. Está funcionando a la perfección ya con resultados verificables y me consta que son referencia en su campo con notable éxito.

Las preguntas son infinitas. Miles.

¿Tenía derecho yo, en ese momento,  al tener opinión e influencia en el análisis y posterior decisión  a desechar un proyecto por las evidentes faltas de ortografía de un simple manuscrito de cómo se generó una idea de negocio? ¿Es un obstáculo para dicho proyecto que el alma del proyecto no conociera en ese momento nuestro más cercano ámbito geográfico ante una posible internacionalización del mismo a largo (o mediano) plazo? Aún así, ¿la mala formación de lo que creemos básico podría ser un impedimento para el desarrollo posterior del proyecto? ¿Su viabilidad dependía de faltas de ortografía cuando el proyecto destacaba por su originalidad, creatividad y darle solución a las necesidades del mercado? No era un examen de selectividad, sino de un proyecto de negocio. ¿Tenía o teníamos derecho a “suspender” un negocio de inmensas posibilidades de éxito porque un simple manuscrito de uno de los promotores, el alma del mismo, contenía elementales faltas de ortografía?

Una reflexión que me evaporó una noche de sueño plácido. Me arriesgué y prescindí para mi análisis de las faltas de ortografía del manuscrito y extraje la síntesis del origen de la idea. ¿Hice bien? Creo que sí, y ahí están los resultados. Pero la duda me sigue asaltando de vez en cuando. ¿Será porque debo corregir mis paradigmas en lo que se refiere a lo que considero una buena formación? ¿El mundo cambia también es este aspecto? ¿Es la excepción que confirma la regla? ¿La tecnología y sus herramientas cambian tan deprisa que ya no importan las faltas de ortografía de un manuscrito ya que existen correctores en los procesadores de texto que lo solucionan? ¿El negocio y darle a la gente soluciones efectivas a sus necesidades lo vale todo? ¿Presentar faltas de ortografía o desconocimientos geopolíticos ya es una cuestión de segundo orden como lo que ocurrió en su tiempo al latín? ¿Importa?

El proyecto funciona y muy bien. Todo el mundo está contento. También yo. Al menos eso creo. Pero las reflexiones y las dudas quedan ahí. Es innato a la condición humana.

No me consta a estas horas y en esta fecha que se haya apuntado a un curso elemental sobre ortografía. ¿Serviría para algo?