jueves, 14 de julio de 2016

Una de las causas en los continuos tropiezos de muchos empresarios tiene su origen en la pertinaz y peculiar imaginación en fabricar artificialmente cuentos con final feliz particular en un entorno global que se viera obligado a ofrecerles en bandeja su propia hoja de ruta natural.  Es más curioso, quizás, que esta tipología de empresario que tanto predomina en la actualidad, no tenga al mismo tiempo el más mínimo interés y tiempo en diseñar y planificar su propio destino. Eso sí, hablan y hablan, discuten y discuten pero siguen sin entender la metodología de la comprensión y el análisis de la actualidad.



Yo siempre les aconsejo, cuando quieren escuchar, con humildad de razonamientos y pretendido sentido común, que reflexionen sinceramente sobre su propia identidad empresarial y ese obsoleto empeño de extinguir las diferencias y las singularidades que nos proporciona la vida por la vía de saltar sobre el diseño de su propia fragilidad.

Se esconden tras el paradigma del tiempo. Quieren, desean, que sea el mismo factor tiempo  el que se contraiga, el que se adapte a su voluntad en pleno siglo XXI, con esa contradicción tan inocua que impulsan como es la brevedad y la facilidad en lograr éxitos y la duración de los acontecimientos que prolongue su inacción, todo ello sobre un mismo escenario. Y en las circunstancias que nos impone la evolución de las cosas no hay nada más erróneo que creer fielmente que uno no pertenece a su tiempo sino que es el tiempo el que es su título de propiedad. Así piensan muchos empresarios. Demasiados. Así les va.

Algunos, incluso, huyen de sus propias capacidades y se atreven sin un ápice de análisis a jugar a juegos que no comprenden con el único argumento de la observación fija y obsesiva hacia otros empresarios que hacen fortuna con modelos de negocio innovadores y no tan innovadores,  sin pararse a pensar que cada organización, cada empresa, es diferente y que no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales.

Es un tiempo de convertir riesgo en oportunidades, pero no de basar la construcción de un negocio en una temeridad, ya que ésta esconde una tensión insoportable, resignación y tristeza en el brillo de los retos.

Las verdades son verdades o no lo son. Los matices solo se deberían de utilizar para hacer de filtro en la tonalidad del color de como se presentan. Y por tanto, esas creencias milenarias a las que se siguen aferrando y con las que se disfrazan muchos empresarios transcienden unos prejuicios y unas banalidades en sus fracasos que hoy en día son irreversibles.

No hay que esconder las cosas. La experiencia en el análisis de muchos casos de empresarios y empresas fracasadas me permite apuntar que la esperanza subjetiva casi nunca va ligada al sentido común y que sólo con el acompañamiento de un instinto ancestral no se va a ninguna parte. Que el humo no prende llama.

Muchos de estos empresarios que incluso se juegan a la ruleta rusa su propio patrimonio y el de sus allegados, tienen que entender que la realidad y el mundo que pretenden edificar en su interior son dimensiones diferentes. Que sí, que nos podemos atrever a soñar, pero que no hay eternidad que dure bajo el sol. Que hay un hecho incontestable: que el cambio hace mucho tiempo que vino a quedarse permanentemente entre nosotros. 

De la misma forma que los resultados tienen su inmaculada dosis de sufrimiento, pero no de la misma manera en cada organización. Que la fe sin acción lógica, que la improvisación, no son nunca sentido de fortaleza, sino más bien de fragilidad y de un sentimiento de pétrea conservación con infames resultados.

El cambio, la evolución, la innovación constante, la mejora continua siempre tiene un devenir hacia delante y cada vez más veloz,  y jamás recorre el camino inverso.

No hay que esperar que las cosas o los negocios especiales vengan a nosotros por imposición divina como algunos empresarios esperan. Yo siempre les digo que las cosas corrientes pueden transformarse en extraordinarias, pero que para ello se requiere voluntad y no simple esperanza. Las ideas están ahí; especiales y sencillas y que tanto unas como otras poseen oportunidades inmensas y que hay que tratarlas con la delicadeza y sabiduría que rezuman.
El ecosistema empresarial, emprendedor,  no puede nunca ser como la estrategia de esos empresarios que absortos en la tecnología de sus móviles de última generación, transitan por senderos conocidos sin percatarse de las dificultades y obstáculos que imperan por el entorno externo e interno. El riesgo latente es que se acabe  cayendo en un pozo sin agua y que la ausencia de visión se convierta en un lúgubre recorrido y la oportunidad se convierta en la profundidad de un fracaso que ha decidido su destino.

Eso sí, un fin en donde se puede hallar otro inicio como un salvavidas de cartón. Pero que se puede evitar claramente. En el fondo, es una inquietante falta de cultura empresarial. Unos empresarios que en vez de dar lecciones a los políticos (que se las merecen), deben poner orden en su cocina y en su alma; tener una visión clara y nítida de los millones de gérmenes de lo nuevo que proporciona el entorno e impregnarse de una sensibilidad propicia a los cambios para así liderarlos.

El empresario que sólo tiene ojos para ver las huellas que han dejado en el camino del éxito otros modelos de empresas corren el riesgo que algún día desaparezcan y se topen con un camino demasiado sinuoso y sin rumbo que les acerque al precipicio.