viernes, 12 de agosto de 2016

Dicen los expertos que en época estival se incrementa nuestro potencial de creatividad al ser un período de ocio, descanso y disfrute. Es decir, que lo que dejamos de reflexionar, innovar o pensar en otro período del año, o la riqueza impulsora en toma de decisiones, retorna por el verano. No sé. Lo dudo. Estoy convencido que la capacidad del ser creativo es una actitud ayudada por una mejora continua plenamente en vigor en cualquier momento.



Ciertos mitos hay que ponerlos en su justo valor ya que no existe evidencia científica alguna que lo justifiquen al igual que esa máxima que todos creíamos a pie juntillas que beber mucha agua era muy beneficioso para nuestra salud, algo que se pone en duda según hemos constatado en prensa estos días de forma insólita. Los amantes del buen vino ya se están frotando las manos.

Esto tipo de aseveraciones me trae a colación la impertinente y discutida cuestión de esos oráculos globales que acampan por doquier y que de tan de moda sobrellevamos en estos tiempos. Son estos personajes disfrazados de sabiduría empírica que nos regalan consejos o instrucciones a lo largo del día sin esforzarse siquiera a reflexionar un solo instante que juzgar el recorrido personal y profesional de cada uno debería tener muy en cuenta sus circunstancias particulares y peculiares. Monsergas diría yo, que es donde se quedan. Quizás deberían empezar por ellos y ellas mismos antes de darnos la tabarra.

Como esa ternera (que tan magníficamente retrató metafóricamente Walter Foss) que con sus mayúsculos pasos sinuosos y tortuosos marcó el camino futuro a senderistas, viandantes, carros, vehículos y hasta ingenieros sellando un itinerario que hemos seguido hasta nuestros días dándole un valor a un precedente erróneo sin pararse a pensar en otras alternativas menos costosas, simples y directas.

Algunos autores llamarían a eso también branding. Todo lo es a la vista de los oráculos.

Está de moda escribir libros. Todo suma, dirían algunos y algunas. Bueno, eso de llamarlo libros es mucho decir. Panfletos, recopilaciones, manuales, informes o batidora de opiniones sería mucho más adecuado. Escriben los que creen saber, los que no ni les importa, las medias tintas y los que utilizan la superficialidad de la pluma para hacerse la foto y así pasearse por las redes sociales intentando añadir a su curriculum el hecho de haber escrito algo que piensan es eficaz.

Existen en el mercado manuales sobre autoayuda que nos ayudan a autoayudarnos, o como utilizar la inteligencia ecológica y emocional de manera práctica y eficiente relatado por personas que carecen de escrúpulos o sentimientos, o de cómo manejar las entrevistas de trabajo para descubrir la profesión soñada sin estar mínimamente formado o preparado, o de cómo emprender de forma global  destinado a personas que no tienen espíritu emprendedor y no creen en los riesgos, o de cómo levantarse después de un fracaso sobre todo si el o la que escribe jamás ha iniciado una aventura empresarial, o de cómo aplicar la innovación en organizaciones que ya innovan, o en aspectos tan delicados e inocuos en la mayoría de ocasiones, si no se trata como es debido,  como es la cacareada marca personal.

Si uno ojea (lo de leer es imposible) este tipo de manuales o recopilaciones,  se percata inmediatamente de que se exponen argumentos o ideas que ya han sido desarrolladas anteriormente y que se limitan a darle la vuelta punteándolas de otra manera retorcida. Es una esfera romboide cuyo único valor es tropezarse en sus distintos ángulos y puntos de vista, pero del que nunca se sabe salir o poder escapar al galope.

Me viene a la memoria un debate en el que participé hace algunos años en la Universidad. Se refería a esa eterna paradoja sobre si algunos autores literarios y artísticos marcaban huella a través de sus inmaculadas obras en los aspectos mundanos del espíritu y valor del comportamiento humano en contraprestación a las subjetivas interpretaciones que en la vida real y a través de entrevistas o participaciones en foros hacían de su forma visionaria particular en política, sentimientos, ética e incluso en delicados ramales de libertad religiosa. Por un lado resaltaba la belleza de sus obras y por otro despotricaban de los que no pensaban o sentían como ellos. Esa es su aportación de valor. Ejemplos hay a miles. Ese famoso director de cine que en la presentación de su película exponía los intrínsecos valores de excelsa libertad que emanaban de su creación, pero que a la pregunta de un periodista sobre su opinión del resultado de unas cercanas elecciones se atrevía a contestar con un descaro sin precedentes insultando a los votantes del partido contrario ideológicamente… Sin más comentarios.

En esto de los “libros” ocurre igual. Se escribe para la galería particular y el sublime ego del escritor, pero en algunos casos se actúa descaradamente de forma totalmente opuesta. Por eso nadie los lee y menos si hay que rascarse el bolsillo. Si los regalan uno se lo piensa un poco mejor aunque sólo sea para decorar la estantería.

Un libro no sólo tiene que aportar algo nuevo y diferente; debe crear valor. Una auténtica tesis doctoral innovadora sería su propósito. Y de esos, existen muy pocos.

De todas formas, yo prefiero inspirarme en obras como “Los Pilares de la Tierra”, o “La Sombra del Viento”, verdaderas obras maestras de la literatura y de una riqueza descomunal. Y así, evadirme de la realidad y soñar y visualizar las puestas en escena que describen las novelas históricas. Y aún más, esperar un par de meses, y retomar mis paseos por la orilla de una playa cuasi vacía y saborear los colores de un mar y una arena virgen. Esa es la fuerza impulsora de mi creatividad. No hay precedente alguno que lo supere. 

La marca personal es la huella que uno mismo construye por sí y para sí. Nunca para los demás como prioridad. Me quedo con la coherencia y el equilibrio. La confianza viene adjunta.
Branding y verano perpetuo.

El verdadero cambio es una puerta de la que sólo se puede abrir desde dentro.