lunes, 10 de octubre de 2016

En la vida, lo que en determinadas ocasiones parece el final, es en realidad el principio de un nuevo destino. Los antiguos sabios decían que en el fin se encuentra el inicio.
El relato de una vida. La vida en un relato.

“….--Buenas tardes, soy Roberto Martínez. Tengo una cita con el Sr. Fabregat Granell.
--Hola, buenas tardes. Sí, acompáñeme por favor. Le están esperando.



Detrás de un ancho mostrador atrozmente engalanado apareció la sonrisa de una joven elegante y altísima con mirada de aire pensativo y esa mecánica natural de haber realizado la misma acción en numerosas ocasiones. Debía ser la misma persona inaudible que unos minutos antes me había facilitado el acceso a las instalaciones a través de una rudimentaria puerta de acero que me costó abrir tras varios intentos. Obedeciendo sus indicaciones la seguí por medio de un aparatoso pasillo rectilíneo e increíblemente difuso cuyo recorrido lo salpicaban varias salas  a izquierda y derecha de dimensiones estrechas que impulsaban la monotonía de una zona de trabajo administrativo, a mi entender, exageradamente tenebrosa a pesar de sus blancas e inmaculadas paredes.

Pude percatarme de inmediato de un turbador silencio que encumbraba cada rincón. De esos mismos despachos, todos en sincronía con respecto al  ángulo en sus puertas abiertas,  se deprendían un sinfín de ojos dotados de espíritu de observación insolente y bastante incómodo. En el transcurso de una pequeña reunión informal y distendida horas después y ante mi natural e insana curiosidad, me comentó un sepulcral trabajador que todo el personal de la organización lo que estaba esperando era la llegada de una especie de liquidador que debería comunicarles, en teoría,  la pésima e irreversible situación de la empresa para acto seguido proceder a rescindir de ellos de manera impertinente y ordenada. A ese mismo empleado le pregunté cómo era posible que toda la plantilla estuviera sugestionada de tan grave rumor. No dio con los argumentos necesarios ni contestar con convicción, por lo que supe al instante que en esa organización existía un problema grave de comunicación tanto horizontal como vertical y unas angustiosas expectativas que estaban afectando al funcionamiento y la gestión tanto operativa como estructural de la empresa.

--Espere aquí, por favor --dijo la secretaria. El Sr. Fabregat vendrá de inmediato. ¿Le apetece una café?

--Sí, muchas gracias. Es usted muy amable--le contesté.

La sala de espera quebraba toda esa carga de admirable austeridad que había observado en el resto de las instalaciones.  Flotaba en el ambiente un cierto aroma de melancolía combinada con una desagradable fragancia a lavanda rancia que se fundían al calor de cuadros y objetos de tiempos pasados que sin duda debieron ser gloriosos. Ni mejores ni peores que el presente, me quise anticipar, simplemente con los matices de otra época histórica.  

La ventana del salón proporcionaba una vista hacia una carretera poco transitada donde se atisbaba un horizonte enorme de campo huraño adjudicado a los matorrales. Esa miseria de naturaleza severa se agudizaba a través de unas rejas de un rojo enfurecido que conferían un aspecto vacío a la mirada. Mientras contemplaba confundido este paisaje recordaba con incredulidad la conversación que mantuve días atrás con un querido compañero de profesión ubicado en Madrid. “Rober, hay un empresario amigo mío que quiero que vayas a ver. Necesita un cambio profundo y urgente en su empresa. Posiblemente sea ya muy tarde, pero dicen los que saben que mientras hay vida hay esperanza y esto es uno de esos retos incómodos e impagables de los que profesionalmente nos puede interesar. Sé lo que me vas a preguntar, qué por qué razón no lo intento yo. Es muy simple, tú no eres su amigo y creo que ni conoces tan en profundidad el sector, pero seguramente a ti te va a hacer caso con una visión completamente distinta de la subjetividad con que posiblemente lo haría yo. Más importante que eso,  te va a estar agradecido eternamente si sale adelante porque lo conozco bien, demasiado bien diría yo.” Demasiados mensajes inconexos--pensé yo, derivados de una charla casi unilateral. De nada sirvieron mis imperceptibles lamentos por andar enfrascado con otros proyectos. “Es un reto, me volvió a insistir. No te doy más información que el número de teléfono. Llámalo, por favor. ”

Me surgieron muchas dudas por lo exótico de la conversación, casi surrealista, y todavía muchas más cuestiones sin respuesta. Quizás la confianza extrema que tenía hacia este compañero de profesión, quizás la curiosidad, quizás… El asunto es que acepté el reto, desconocía de qué tipo, pero al menos lo iba a intentar.

Interrumpiendo mis reflexiones apareció en el umbral un hombre con aspecto de tener mucha más edad de lo que en realidad tenía, bastante tosco,  cuyo traje saturaba una figura con aura muy seria. Se notaba a simple vista que no era el atuendo habitual que solía llevar a diario, tanto por la antigüedad del mismo, como el desigual tono del gris de sus piezas, como la incomodidad de su andar. Me recordaba a esos nobles que se aferran descuidados en su mente con la memoria de grandes y triunfantes acontecimientos de tiempos atrás y permanecen inmóviles en él.

--Hola. Soy Fabregat padre. Espero que no le haya sido difícil encontrar estas instalaciones --me comentó al mismo tiempo que estrechaba mi mano.

Después de las diplomáticas presentaciones, hablar sobre el tiempo,  la escasez de lluvias, y  el tuteo de rigor obtuve su imprescindible compromiso previo sobre la absoluta necesidad, transparencia y sinceridad en que me describiera al detalle la situación de su organización si quería intentar ayudarle. Ya me había anticipado en la conversación telefónica de contacto algo sobre la gravedad de su contexto.

La información parcial lo que puede provocar es más problemas. La verdad solo es una, sin fragmentos. No hay dos verdades. Otro asunto sería que la desconociera o estuviera al margen del entorno, como así pude comprobar días más tarde. Mi compromiso alcanzó a decirle con franqueza si podía ayudarlo y de ser así proporcionarle metodología, vías y medios como solución a sus dificultades llegado el caso. O incluso algo más simple como así fue. Muy simple.

Durante aproximadamente dos horas y bajo una luz tenue y la compañía de un par de cafés amargos,  me relató al detalle el calibre de sus problemas. Muy al detalle. Hablaba de forma sencilla, natural y con esa libertad que todos disfrutamos al desnudar nuestra angustia mucho tiempo retenida en nuestro interior. En el fondo pretendía recuperar sus sueños, el anhelo de una paz en su conciencia y volver a vivir. Era de ese tipo de empresarios inmaculados que siempre esperan el momento perfecto para andar, sin darse cuenta que en la mayoría de ocasiones lo que procede es atreverse a saltar.

Continuó su relato como buenamente pudo: la historia de la compañía desde que comenzó en un pequeño taller pasando necesidad y calamidades;  el orgullo de sus enormes logros y éxitos; el cenit de facturación ejercicios atrás; la estructura de la empresa;  el patrimonio económico personal que había alcanzado y altamente endeudado en esos momentos; el activo insistente de una plantilla de 95 empleados a la que consideraba su otra familia y que llevaba como compañeros de viaje más de treinta años y ahora veía como uno de sus mayores obstáculos; cómo vendía; su cartera de productos muy apolillada; el miedo a exportar; sus dos hijos…Ponía en orden no sólo a su empresa, sino también a su alma.

Todo lo que desprendía era una mezcolanza de inquietud, sinceridad, ternura, pero también un miedo irrefrenable al sentir que se le escurrían las soluciones por evitar situarse sobre una finísima y frágil delgada línea roja. Unas decisiones que él creía no poder dominar por estar al albor de las circunstancias. Unas huellas en el suelo de la supervivencia que habían desaparecido sin piedad y que le impedían rehacer el camino sensato. El relato de un pasado de sueños grandiosos imposibles de enfrentar lo bueno en el futuro. Entrar en compromiso con la incertidumbre.

--Me has mencionado a tus hijos--comenté. Si he entendido bien, colaboran o trabajan en la empresa. ¿Cuál es su función?

--Sí, trabajan conmigo directamente desde hace algunos años. Aunque mucho antes ya habían convivido conmigo la problemática de lo que es un negocio. En estos momentos me ayudan en lo que pueden, pero no tienen madera de empresarios y los estudios tampoco les han ido muy bien a pesar de que les he proporcionado todas las facilidades y caprichos que me han pedido--respondió a modo de justificación.

--¿Cómo sabes que no tienen madera de empresarios?

--Lo sé. No valen—aseveró.

--¿Son malos chicos?—pregunté intentando provocar una reacción de sinceridad. O bien, ¿no les atrae la vida empresarial?

--No, no. Al contrario. Son excelentes ambos. Y no, al contrario. Han tenido oportunidad de trabajar en negocios de amigos míos, pero no han querido.

--Me imagino entonces que te han defraudado en algún asunto, ¿Les has dado responsabilidades? ¿Les has facilitado la oportunidad de tomar decisiones? ¿O bien proporcionarles la posibilidad de mostrarte una visión empresarial diferente que posiblemente y por la experiencia que teóricamente tienen pueda darle un nuevo rumbo a esta empresa? …¿Les has dado la oportunidad de equivocarse?

--La verdad es que no. Pero estoy seguro de que no están preparados--insistía. Además ya no tengo margen de error.

--Quizás ellos vislumbren los gérmenes de lo nuevo y sean sensibles a los cambios--repliqué yo. Quizás ellos vean lo que tú no puedes ver. Para descubrir cómo nadan en el mar, hay que dejar que salgan de la pecera.

No quise volver a este asunto durante mi primera toma de contacto al notarlo ciertamente incómodo. Sus ojos lo delataban. Ciertamente, y como así pude comprobarlo en días posteriores en una reunión con sus dos hijos, estaba en un error. Un lamentable error. La relación con éstos fuera del ámbito del negocio era muy buena, pero inexistente en lo concerniente al corazón de la compañía. Mejor dicho, no había comunicación alguna y se abría un abismo de considerables proporciones basado en una confrontación de miedo y absoluto respeto. El equipo no era tal. Los hijos eran simples recaderos al fragor de unas decisiones unipersonales cargadas en exceso de prisas e improvisaciones. Les había cortado las alas de la teórica responsabilidad mucho antes de que desearan volar.

--La plantilla es de 95 empleados. 76 en producción, y el resto se completa entre el departamento de administración y comercial, ¿es así?--volví a preguntar.

--Sí. Más o menos así es--me respondió con vacilaciones. He podido mantener la actual a base de muchos esfuerzos. Y muchas pérdidas. Me preocupa mi situación, pero lo que más me hace padecer es que la gran mayoría lleva conmigo desde que empecé y si esta empresa se cierra no sé que va a ser de ellos ya que casi todos no saben hacer otra cosa al estar conmigo prácticamente desde que salieron de la escuela. Prefiero, si esta compañía no tuviera más remedio que cerrar, hacerlo sin deshacerme de nadie. O todos o ninguno. Es algo emocional. No podría de ninguna de las maneras—reconoció.

Evidentemente, la carga emocional era descomunal. Hice un esfuerzo enorme en no mostrar en mi rostro la perplejidad de lo que acababa de escuchar. Me pareció en ese momento hasta insolente que el capitán de un gran barco dejara que se hundiera con toda la tripulación a bordo sin intentar otras alternativas, a pesar de que en otras ocasiones ya me había topado en algunas empresas familiares una situación similar, aunque no tan ruda como ésta por cómo me lo estaba describiendo. Daba la impresión de ser un excelente padre de familia, pero no un líder empresarial. Se parecía más a esa clase de víctimas de buena fe revolviendo en el baúl de las excusas y no de un líder que toma soluciones, impulsa acciones y logra resultados.

--Deduzco, por lo que me describes, que no se han facilitado planes de formación ni de carrera ni nada que se le parezca--observé.

--No. No lo creía necesario, ni nadie me lo ha pedido. Sus máquinas son su vida. Ten en cuenta que en una empresa de estas características con un peso tan grande en producción no es tan importante.

--¿Y no crees que una de las causas principales de tu precaria situación es no haber proporcionado a esos empleados que tanto aprecias un plan de formación y reciclaje que te hubiera y os hubiera podido permitir ver el futuro de otra manera, con más solvencia? Además, lo tenías y lo tienes muy fácil. Por lo que me cuentas, es un plantilla que cree y te acompaña en tus sueños, ¿no es así?

Es posible—asintió.

--¿Y prefieres, a pesar de la dureza que entiendo, no desprenderte de los recursos humanos excedentes e improductivos y darle una posibilidad a la viabilidad de tu empresa? Es una simple actitud de salvar, si es que es así que no lo sé, a una parte de la empresa y de la plantilla correspondiente aunque tengas que resarcir algunos contratos. El mal menor, dicen.

--No tendría valor. No podría mirarles a la cara--objetó. O todos o ninguno. Soy el padrino de muchos de sus hijos. ¿Y cómo determino quien sí y quien no se queda? ¿Quién es improductivo y quien no?

--Bien, resumiendo--quise saber. Si mis apuntes no son incorrectos: no exportas; aunque tienes una página web -eso sí bastante elemental- no existe visibilidad alguna de tu empresa, ni ningún plan de comunicación ni de marketing; fabricas para otras marcas; la situación de la plantilla;  medios de producción obsoletos, y una situación financiera muy delicada. ¿Es correcto? Además, todo pasa por ti por decirlo de una forma muy básica.

--Correcto--reconoció.

--¿Perspectivas de ingresos? Es decir, ¿más o menos conocéis el importe de la cifra de negocio de los próximos meses?

--Es imposible saber ese dato. Más quisiera yo. Como te he comentado antes, fabricamos para otras marcas, por lo que estamos a la espera de sus pedidos. Ahora mismo en cartera no hay salvo promesas que estoy seguro que llegarán como siempre, aunque en tres semanas la producción se paralizará si no entran más pedidos. Pero estoy completamente seguro de que no será el caso.

--Es decir, un barco a merced de las olas. ¿Cuántos clientes tenéis?

--Tres--respondió.

--Ya--resoplé. Y con la actual infraestructura y medios de producción, ¿existe la posibilidad de poder fabricar con vuestra propia marca y diseños y así acceder a otros mercados, a otro tipo de clientes?

--Claro, siempre y cuando tuviera el capital suficiente para poder hacer las inversiones idóneas en materia prima y medios de venta. Y del marketing ese del que tanto se habla. Entre otras cosas, me imagino.

--Fabregat, necesitaría para hacerme una evaluación exacta de la situación que me pudieras proporcionar los estados financieros de la empresa. Si es posible, los últimos tres años. En principio sería suficiente hasta poder entrevistarme con el personal responsable de la empresa, como el contable, o el gestor comercial, el encargado de fábrica, y por supuesto, tus hijos.

--Con respecto a las entrevistas, por supuesto. Para eso estás aquí. Los de mis hijos lo tengo menos claro—insistía. Te daré todos los medios que necesites. Tu amigo confía mucho en ti, y yo tengo la confianza en él después de más de quince años de relación personal y de negocios.  Y relativo a los estados financieros esos que me pides te los proporcionaré en cuanto estén listos, ya que según me ha dicho el contable hay un mes o dos de retraso en ponerlos al día.

No puede evitar hacerle la pregunta de rigor.

--Fabregat, ¿Me puedes decir cómo puedes tomar decisiones si lo más básico de una empresa es tener y estar la información de todo ámbito y condición al día, incluso más allá?

--Me fío de mi intuición. Dinero como tal en las cuentas no hay lo suficiente desde hace tiempo, y los problemas diarios los vamos resolviendo como podemos.

--¿Cuánto tiempo lleváis así?

--No lo sé. Mucho. Ni duermo. Los problemas devoran el sueño, ya sabes. Es imprescindible que ponga orden a la empresa, pero también el espíritu.  

Lo observé un instante con aire pensativo como si estuviera escuchándole sin prestar atención a sus palabras. En esos momentos me percaté que debía existir una solución no demasiado complicada a su situación, ya que una empresa del siglo XXI no podría subsistir tan largo espacio de tiempo tan precariamente. Ni con un patrimonio personal suficiente que lo respaldara. No había conexión lógica entre la teoría y la experiencia. Era una reflexión dulce sobre esa suerte extraordinaria que lo mantenía en la luz tenue del camino de un negocio que coexistía desde casi cuarenta años. Esa sensación ya vivida en otros casos similares de empresas familiares dotadas de no estar al mando de las circunstancias y del tiempo.

Mi intervención fue escasa. No duró ni dos meses. El tiempo imprescindible después de muchos paseos con Fabregat padre, demasiadas discusiones, argumentos y algunas suculentas comidas para hacerle ver una cosa muy simple: que la solución la tenía dentro de su empresa, de una sólida pero mal aprovechada infraestructura, de su organización, de las personas que lo componían, de sus austeras paredes, de su interior. Sólo tenía que transformar su recelo y su incredulidad en confianza plena hacia unos hijos muy bien preparados en la experiencia y excelentemente informados que lograron innovar el delgado alambre que les sostenía, en una compañía muy solvente con recursos propios que factura en la actualidad sesenta millones de euros anuales,  tiene presencia internacional, infraestructuras magistralmente aprovechadas y a la vez renovadas,  y una casi misma plantilla fiel, motivada, vacía de miedos y muy bien actualizada.

Era tan simple como eso. Los éxitos más brillantes no obtienen los frutos esperados de no llevarlos hasta el final con decisión, confianza y equilibrio. Las tinieblas desaparecieron con un soplo de aire fresco y renovado. En ese momento en el que  supieron afrontar con suficiencia esa ecuación negativa de los negocios donde todo lo que se vive sin resolver se repite con sufrimiento.

La parálisis del un camino que no empieza tiene su encauce en la ilusión del inicio con una simple mirada hacia un interior realista y sincero. El error es resignarse en buscar más allá cuando la solución se encuentra en casa.

(Es una historia real del que por razones obvias he cambiado el nombre del personaje central. Como los amigos de verdad que ahora somos, nos llamamos todos los meses e intentamos darle solución a todos los problemas del mundo terrenal.)