jueves, 17 de noviembre de 2016

Edipo comprendió él mismo lo que era padecer la tiranía de la responsabilidad. La culpabilidad de sus terribles sufrimientos la asumió hiriéndose en los ojos, quedándose ciego y en consecuencia abandonar su tierra. Una culpabilidad originada por unos acontecimientos que él desconocía.



¿Culpabilidad sin causa? ¿Responsabilidad de lo que no hacemos, decimos o pensamos? Quizás sea más complicado que eso, ya que la acción de la responsabilidad se ha quedado difuminada, por no decir obsoleta, en un mundo donde todo deba incrustarse en un cuadro de Instagram o en ese mensaje insulso (en muchas ocasiones hiriente) en Twitter del que se está pensando en comunicar todo el día. Somos esclavos (¿o no?) de lo que transmitimos, incluso de las voces de nuestro silencio.

Si Sófocles levantara la cabeza se daría cuenta de que Edipo es ciertamente un mito desfasado; ancestral; demasiado ininteligible su metáfora en un mundo demasiado pendiente de las redes sociales,  y profundamente incoherente en la representación de una toma de decisión. No entendería que algo llamado algoritmo, (que la mayoría de gente no sabe ni comprende qué es) ya se ha apoderado de nuestra forma de actuar  (y de la personalidad) y de tomar nuestras propias decisiones, incluso de las cosas más sencillas. Excusa fenomenal para escaparnos de la responsabilidad  de nuestras decisiones, e incluso de las inacciones irresponsables. Echaríamos la culpa al empedrado, transformado en hada revestido de algoritmo.

Aún así, estamos pétreamente convencidos de que somos más independientes que nunca cuando en la realidad es que, en lugar de eso, lo que somos es demasiado previsibles. Nuestros gustos y preferencias ya los manejan a muchos miles de kilómetros de nuestro hogar aunque no los sepamos ni nosotros mismos. Es genial. O monstruoso. (Algunos pensarán que es la consecuencia de la conquista de la globalización)

Y es ahí donde se quiebra (o se dulcifica) nuestra responsabilidad. Desaparece más bien. En todos los ámbitos. El mundo de colores y de formas diferenciadas se reemplaza por una percepción falsa y austera de la realidad. Nos creemos toda la comunicación que nos llegue sin comprender los canales por donde llegan ni las formas diferenciales de ese artificial y brillante argumento vacío. Sin reflexión alguna y con la ambigüedad por bandera, nuestro cerebro construye una percepción falsa de esa realidad.

Existe un ejército de avatares anónimos que se disfrazan de personas que insultan y menosprecian a cualquier hijo de vecino que no comulgue con sus pensamientos, pero nosotros no sólo lo toleramos, sino que le damos hasta el valor de la duda. Y aún peor que eso, es nuestra capacidad infantil de creernos cualquier cosa que nos llegue por la red. De todas formas, la culpa es del mensaje, ¿no?

¿Cuál es la verdad? ¿Quizás tener clase en un mundo de apariencias? ¿Nos vamos a tener que acostumbrar a la revolución de la inmediatez subjetivada a distancia? ¿Alguien se ha parado a pensar que  esa revolución de subjetividad o de datos no garantiza una impecable objetividad y anula nuestra capacidad de raciocinio y argumentación?

Yo creo que en el fondo nos encanta que tomen decisiones por nosotros; que iluminen nuestro miedo. Que los algoritmos no sólo capturen los acontecimientos, sino que los cambien. Y con ello evacuar la responsabilidad a través de la cloaca de las vulgaridades.

Edipo asumió su responsabilidad, su culpabilidad, incluso de aquellos acontecimientos que le eran totalmente ajenos.  Nosotros la rehuimos como aceite hirviendo. La rechazamos, directa o indirectamente. Lo vemos todos los días.  Si Trump gana las elecciones, la culpabilidad es de los “zafios” e “incultos” que le han votado. ¿Alguien ha pensado en la responsabilidad de los que se han quedado en casa? Y, ¿algún medio intelectual se ha cuestionado la razón por la cual le hayan votado sesenta millones de personas? ¿Es la culpa del brutal mensaje de odio, de los mensajeros o los receptores que lo creen como la última tabla de salvación? ¿La responsabilidad no es compartida por todos aquellos que lo han hecho posible tanto en la acción como en la inacción?  ¿De los que no han sabido con inteligencia talar el árbol del dramatismo de la desesperación, de la demagogia pura? ¿Y si Marie Le Pen se alza a la Presidencia de la República Francesa, de quien será la culpa? ¿De los que le votan o de los que con sus torpes y austeras respuestas a una realidad lo impulsan?  La desafección también cuenta. Y vota. Pero le echaremos la culpa al algoritmo. Que sea el que se saque los ojos de su visión matemática.

Nos aterramos ante la idea de que la historia cruel se repita, pero somos tan pedantes que no nos damos cuenta que también contribuimos a ello dejando la puerta abierta al jardín de la locura colectiva.  En el fondo de la condición humana, nos encanta jugar con el petardo más grueso y el riesgo que nos explote en la mano.

Ayer mismo una anciana falleció en Reus por una mísera vela que prendió su colchón. No tenía calefacción. No tenía energía eléctrica desde hace dos meses. Nadie asume la culpa ni la responsabilidad; la tiene el otro. Pero el cabreo en general es de órdago y con razón. El cabreo también vota, (y la demagogia barata), aunque luego lo lamentemos, como cualquier decisión que tomamos en el fragor de una calentura. Y seremos todos culpables de ello aunque miremos a otro lado. No dar soluciones a los problemas cuenta y mucho, como es lógico y natural. Es en ese momento crucial cuando somos nosotros mismos los que encendemos el petardo, que explote y ya veremos.

La tiranía de la responsabilidad. Todos somos culpables y responsables de lo que pasa a nuestro alrededor y más allá. No es necesario lesionarnos los ojos como Edipo, pero también es ciego aquel que no quiere ver.


La solución a los retos del mundo contemporáneo incluye el valor añadido de la responsabilidad humana. Claro que sí. 

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