jueves, 19 de enero de 2017

La contradicción es efímera. Si no conseguimos evolucionar de nuestra contradicción fundamental a otro estadio de contradicción nos volveremos obsoletos. Es obvio. Nadie se atreve a rebatirlo. O si lo hace, es con otros desconocidos matices. Hemos entrado por fin en otra nueva enésima era de delicados y perplejos cambios permanentes. Incluso hasta la indiscutida globalización ya no es la salsa de cualquier baile. Toca arrebato. Ese horizonte lineal de avance personal, social, económico y tecnológico se difumina por un insaciable individualismo que martillea la realidad como las olas forjan con su empuje incasable la arena de nuestras mejores playas. A golpes.



La verdad ya no es lo que el conocimiento antaño producía; ahora se encubre. La “generación del yo” se impone.  No es ni la pasión, ni siquiera el coraje o la determinación, ni la capacidad de aprendizaje o la visión. Ni la confianza o la autoestima. No, no. La lustrosa rueda que mueve los molinos de nuestra frágil actitud creativa es la contradicción. Estoy totalmente de acuerdo con el escritor Werber cuando subraya a la contradicción como el motor de nuestro pensamiento. Esta nueva enésima era le otorga, incluso, más brillantez.

¡Qué seríamos sin nuestras contradicciones.¡ Sin esos argumentos de ayer que el presente los moldea hacia otros parámetros, hacia otras verdades; a esa sinceridad hueca que rellenamos según propios y legítimos intereseses; sin esos enconados diálogos interiores que nos impulsa a liberarnos de las ataduras de nuestro proceder. ¡Qué aburrida sería nuestra existencia, incluso nuestra supervivencia, si no cohabitaran con nosotros las dulces contradicciones¡

Argumentos llenos de vacío que cambian sin rubor, sin respeto, como las fichas de dominó de mano en mano; individualismo que rezuma excelso y cuidado de formas como los señoritos de palacete y sin patrimonio; sembrando viendo sin memoria cada vez que hablamos; entrenando la mente para tantear la mejor orilla que se adapte a nuestra situación; haciendo de la hemeroteca de nuestras vidas un pozo lleno de lindos guijarros.

La vida es un teatro. Todo el mundo lo dice. No seré yo el que diga lo contrario. Nuestro devenir se basa en un intercambio de preguntas y respuestas entorno a enigmas sin solución. Y todo esto lo situamos en un escenario de tragicomedia donde poder desenmascarar nuestras propias verdades y falsedades en el mismo espacio temporal.

Unas contradicciones que nos permiten expresar sentimientos con censuras; donde escupimos los problemas de los demás para poder alojar los nuestros; que repudiamos un pasado en el que estamos dispuestos a vivir permanentemente; que estigmatizamos el fracaso de nuestro amigo o colega a la misma vez que ensalzamos el nuestro como una etapa de aprendizaje; donde las deudas de gratitud impagadas pretendemos situarlas en el centro de nuestro reproche…

Esperamos tiernamente que nuestras contradicciones nos impregnen de una fuerza invisible, de una valentía radical,  para así enfrentarnos a los vaivenes de nuestro egocentrismo, eso sí, recubiertos con un alma desnuda y cobarde. Mis argumentos son míos, tan míos, tan llenos de textura, tan pulcros, que vacían de contenido el mismo argumento sostenido por cualquier otro cándido cuya meta es llenar de metáforas la vereda de su existencia.

Y no es nada malo. Claro que no. Es el tiempo que nos toca vivir. Mirándolo bien, es lo que se tolera. Nos vestimos cada día con nuestras mejores galas y salimos a la calle con el mundanal objetivo de adaptarnos al entorno. Como la esbelta armadura de un caballero medieval.

Son esas contradicciones las que nos zarandean. Las que hacen latir con fuerza nuestro corazón que ambiciona desenganchar ese hilo conductor con nuestro cerebro, con la razón y la lógica misma. Esas insaciables contradicciones que hacen a la curiosidad e inquietud más imprescindibles que el conocimiento. Que configuran nuestra personalidad a fingir una normalidad en un mundo complejo como los vaivenes de un tobogán interminable.

Nuestra propia virtud es que no vivimos como nos dicta la conciencia. Incluso, desconocemos qué significa, como la felicidad. Algo demasiado inconexo que discurre entre nuestra propia guía de sueños. Seguridad o inseguridad, qué más da. O ese silencio que pretendemos posea voz propia con sonidos nuevos y extravagantes.

Somos tan ignorantes que nuestra prioridad es tan sólo una opción indigente para los que no nos entienden.

Lo expresaba muy bien Pascal,  un famoso filósofo y matemático francés hace ya algunos siglos: “Ni la contradicción es indicio de falsedad, ni la falta de contradicción es indicio de verdad”.

Todo no iba a ser perfecto. Sería muy aburrido. ¿No es así?

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