jueves, 11 de mayo de 2017

Fue en pleno verano. Hace tres ya. Una tarde de julio insulsamente tórrida e impregnada de ambigüedades tuve que asistir a una reunión en la que  insistieron mi presencia y de muchos otros –me imagino que por el miedo de no completar aforo-- y escuchar una sobredosis de profundo y tierno ego de un convocante que ya conocía por sus groseras formas. Pero asistí. He de decir que sin demasiada ilusión y un poco de modorra.


Esa tarde impracticable se convirtió en uno de esos momentos inolvidables que uno recuerda –o tiene siempre presente, o el recuerdo le obliga a tenerlo siempre presente-- en el transcurso de su devenir personal y profesional. Una tarde, que pese al bochorno y un imperceptible aire acondicionado, oxigenó mi mente de impurezas como pocas veces recuerdo. Una ventolera saturada de cambio en la percepción de un modo anodino y particular de pensar –y practicar--sobre los retazos del comportamiento humano. Un antes y un después, vaya.

En esa tediosa reunión conocí a un tipo mediocre del que ya tenía referencias mediocres. Uno con apellido conocido de familia –de esos compuestos—y tan ilustre como el betún agrietado. Se sentó a mi lado, cosa que me extrañó en un principio, al dispensar la sala multitud de huecos vacíos donde poder ubicar sus posaderas. No sé todavía cómo se arregló para que en el transcurso de la reunión y en medio del fragor de una  charla de medias verdades y palabras que se perdían en el ambiente, el tipo mediocre en cuestión me hizo partícipe de unas confidencias encubiertas en un fulgor de crítica exasperante y maliciosa. Me contó tres historias. Yo no desplegué mi vista del conferenciante charlatán más por vergüenza y preocupación en el arte sutil de la ocultación que por acallar el rumor de fondo que desplegaba mi joven compañero.

Tres historias anodinas de las que dos ya tenía yo constancia. Una del mismo personaje –o conferenciante grosero-- que hablaba sin piedad y sin claridad de propósito. Lo despellejó. Que si sus negocios son impíos –no que lo fueran los negocios presentes sino la lúgubre procedencia del capital con la que invirtió en negocios--, que si su anterior esposa lo ponía como un déspota y miserable, que si se aprovechaba de sus trabajadores con sus nimios salarios, que… Una historia que ya conocía de primera mano de la misma sufrida y anterior esposa, pero sin las saturadas fantasías exquisitas relatadas por el tipo mediocre en cuestión.

La segunda insufrible historia fue acerca de su misma familia del tipo mediocre que conocí. Que también la conocía en boca de su mismo tío –que éste a su vez no lo quería ni ver-- pero de forma muy diferente de la que me iba a regalar en versión de melancolía novelesca. Pero él no lo sabía. No era consciente de  la simetría y el contraste del que me iba a hacer partícipe entre ambos relatos. En definitiva, este tipo mediocre se había deshecho de su propio hermano en la sociedad que construyeron para la explotación de un desordenado negocio de nuevas tecnologías. Según este tipo mediocre, por razones de gestión operativa; según su propia familia de forma vergonzante, humillante y furtiva con el único objetivo de aprovecharse y apropiarse de su parte en la sociedad.  Me percaté de que todos hablaban mal de todos, y hasta era posible que todos tuvieran razón. Hasta ese preciso y exacto momento me llamaba la atención, y hasta me daba cierto morbo,  escuchar estas historias, e incluso creo que llegué a revivirlas como el destello de una pesadilla cruel. Y eso me impactó, en ese momento, en ese lugar, en esas circunstancias.

Ya empezaba a declararme insumiso, a rebelarme,  ante la fácil y peligrosa capacidad de que la gente juzgara a la gente sin entender las circunstancias de cada uno, y sinceramente, mi incapacidad de llegar a ser juez y verdugo de mis semejantes. Empezaba a detestar, a aborrecer, este modo de proceder que tan a la mano se nos da.
Quedaba lo mejor. A esas alturas, ya me estaba planteando excusarme de una forma tan diplomática que entonces yo sólo sabía hacer y marcharme –o salir por patas--, pero eso de atravesar pasillos, personas, y la posible mirada de desprecio del grosero conferenciante por osar interrumpirle y encima abandonar su espesa charla, me hizo desistir. El tipo mediocre en cuestión, impulsó carburante a su imaginación –yo ya no escuchaba, sólo oía-- y me solicitó mi intervención en contactos y en un plan de negocio para atraer inversión a unas operaciones de expansión de su empresa, concretamente en México.

Con notoria indiferencia y la inmovilidad del silencio, le comenté un escueto “ya veré que puedo hacer”. Falso. No iba a mover una sola pestaña. Una persona o tipo que sin haber cruzado con él una sola palabra en mi vida, me hacía partícipe de tal cúmulo de flatulencias no era recomendable. Ni para compartir café. Ni siquiera el grano. Gente que extirpa opiniones de los demás como si fuera un cirujano en acción enfundado con un precioso guante de béisbol.

Mientras seguía disertándome con más cosas que ya no le prestaba la mínima atención –con esa habilidad de hablar en voz baja e inaudible en una conferencia de alma vacía y árida—yo continuaba reflexionando sobre el derecho impropio e insano que nos asiste a las personas en juzgar los actos de los demás sin saber ni las circunstancias ni las texturas que conllevan a determinar acciones y soluciones. Me vino a la memoria ese dicho “el que juzgue mi camino le presto mis zapatos”. Qué grandiosa frase. La tendríamos que llevar  grabada en el mismo alma.

Este golpe brutal de crítica feroz e impropia de un ser humano hacia otro ser humano, del que se me estaba haciendo partícipe, me sirvió, a partir de ese momento, para comenzar a limpiar de forma paulatina mi forma de pensar y de actuar relativo a ese gris proceder de crítica sanguinaria. No quise escuchar jamás—y lo he cumplido a rajatabla--  más historias invertebradas absolutamente de nadie, ni críticas de acontecimientos con o sin rumbo, ni defender lo imposible, ni de mañanas frías o calurosas, ni de conciencias que no se reprochan después, ni de corazones nublados, ni claridades difusas, ni de perplejidades pintadas en el rostro. Y por supuesto, de mi parte, jamás juzgar las conductas ni realidades, fantasiosas o no, de los demás. Cada uno sabe los zapatos que lleva con los que afrontar el camino de su destino. Cada uno conoce mejor que nadie los ingredientes de su propia existencia, de su propia cocina personal y profesional. Cada uno es lo mejor de sí mismo. Cada uno es como es. Yo y mis circunstancias, decía Ortega y Gasset.

Zapatos de papel. Esos que calzan con expresión fascinada las aventuras de los demás sin pararse un solo momento en su propia alma mezquina, en su modo de proceder, en su particular camino, en el tipo de calzado que lleva. Quien sabe nadie…

Una tarde tórrida e impracticable de julio de un verano en la que sopló una brisa limpia y clarificadora que oxigenó de impurezas mi mente. Sobre el tipo mediocre en cuestión, me lo quité de las redes sociales, como personas que no me aportan nada –al igual que otras muchas—y en alguna imagen con efecto de espejismo lo he visto impartir algunas charlas a estudiantes jóvenes. Quien sabe nadie….zapatos de papel sobre terrenos escarpados.  



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