viernes, 28 de julio de 2017

No existe libertad más idílica que poder soñar despierto con los ojos solidarios de la realidad. En época estival, todavía mucho más, cuando los pensamientos te pertenecen y los sentimientos se expresan sin aversión. Cuando las olas se muestran perezosas y la brisa te moldea el carácter con lentitud insolente.



Es un período diferente, que deja atrás silencios austeros, que impone miradas que hablan por sí solas, nobles,  que permite escuchar el propio lenguaje intrépido y aventurero. Es el gozo de una compañía que se encuentra a sí misma y que muestra el sueño del camino de toda una vida.

Unos sueños de eternidad conquistada de buen corazón que ayuda a mantener buena cara y mejores deseos en la espuma frenética de los cambios de nuestro entorno. Son los sueños, los sueños son. Esos donde uno sale del encierro de esos manuales que nunca se llegan a abrir, del impulso de una devoción caballeresca, de afrontar verdades y contagiarse del amor propio. Esos sueños que permiten arraigar una conciencia que no se reprocha posteriormente, de buscar a tientas una melancolía impune y positiva a lo largo del calor de una sonrisa.

Es por ello y por muchas más razones que los sueños se pintan con hermosos lápices; que sugieren con notoria indiferencia olvidar angustias físicas y económicas, e incluso metafísicas; donde la imaginación se nutre de historias novelescas donde se es capaz de levantar el vuelo a la misma creatividad que anticipa su incumplimiento de cadenas forjadas de costumbres áridas y vacías.

Me encanta el verano. Ese período estival donde nos transformamos en personajes de carácter y destino, lejos de furtivas miradas, donde procedemos a dar rienda suelta a la simetría de los hechos, a la inquietud, a las expresiones fascinadas, al atrevimiento de la opinión, al relato sin miedo del disfrute de la escucha activa, de los recuerdos que destellan brillo en los ojos, del paraíso de un amanecer, del silencio atronador e incómodo más sólido, de olvidar miedos agónicos y alejarse de los meandros sin sentido.

Debería ser siempre así. Soñar con los ojos bien abiertos. Sin expedientes de urgencia e incertidumbre pero divirtiéndonos con nuestras propias contradicciones; qué seríamos sin ellas. Los sueños bien pintados impulsan claridad de propósito, de realidades que nos son entregadas, del arte sutil de poder oir nuestro corazón latiendo en la oreja, de ser actores protagonistas en la batalla de nuestro interior, de mezclar el presente con la leyenda inapelable de nuestra historia, de recuperar muchas de las palabras que se habían perdido en el aire.


Los sueños son así. Llegan con un confuso rumor de fondo a la orilla de nuestra alma pudiendo escoger las grandes oportunidades que la vida es capaz de entregarnos, de regalarnos, con fantasías exquisitas. Los sueños, si uno quiere, pintan muy bien; con lápices extraordinarios y de colores vivos. 

0 comentarios:

Publicar un comentario