martes, 5 de septiembre de 2017

Hace ya algunas fechas impartí un pequeño seminario sobre estrategia y gestión para directivos de una multinacional. Al finalizar la última sesión de trabajo, una mujer bastante joven me comentó si le podía recomendar algún libro o manual que ampliara su visión acerca de las nuevas tendencias de “management” a las que yo incidía y reincidía en mis clases. Algo normal que sucede de inmediato al finalizar las sesiones y más en este tipo de formación cuyos asistentes interesados teóricamente por ampliar conocimientos se muestran ávidos de inquietud en metodología estratégica y operacional. Vamos, esos libros que se adquieren para adornar las librerías y la mesita de noche y casi nunca se leen.



“Pues sí, te puedo recomendar uno, en mi opinión, excelente, muy de actualidad que si lo lees desde una óptica de mente abierta al sarcasmo de la realidad  te podrá mostrar fehacientemente el entorno en el que vives y así poder tomar y completar tus decisiones personales y profesionales.”—le comenté.  

Le recomendé “El proceso”, de Franz Kafka.

No hube de esperar mucho. Tres segundos, quizás. Un directivo más experimentado y maduro mostró su sorpresa. Enorme, a su parecer. Me imagino que se esperaban que les recomendara algo más actual, dependiendo a lo que entendieran por “más actual”. O más chic, no sé. Pero me refrendé en dicha sugerencia. Que era un libro clásico, magnífico, escrito por los años veinte por un narrador insolente y extraordinario; un libro de casi cien años de existencia. Que si querían ampliar otros conocimientos, también podían recurrir, si no les apetecía como era lógico y normal seguir mi recomendación, a esos buscadores de internet que te pueden facilitar ese tipo de información, incluso críticas y comentarios sobre diversos manuales o libros de ayuda o autoayuda. Los hay por doquier, algunos muy buenos, sobre “management”, pensamiento estratégico, dirección estratégica, marca personal, e inteligencia emocional y no digamos tutorías visuales.

Pero insistí que hicieran la prueba. Que si querían comprender o captar el mensaje de la realidad en la que vivimos en este presente por el que cohabitamos, yo les sugería que lo leyeran. Unas trescientas páginas. Nada farragoso. Un fin de semana que merecía dedicarse a su lectura. El aprendizaje y la visión de las cosas surgidas de la lectura de este imperial libro son asombrosos. Ni tenían que comprarlo. En cualquier biblioteca pública lo tenían seguro a su alcance. Incluso me arriesgué a preguntar si alguno de los presentes alguna vez lo habían leído. Ninguno, claro. El directivo que había mostrado su sorpresa me indicó que un amigo le había descrito el libro como “espeso e infantil”… Una opinión tan respetable como la mía. Lo primero no estoy de acuerdo, sin más;  lo segundo quizás, y según la óptica no idónea, la cerrada.

“El proceso”, reitero, escrito en los años veinte del siglo pasado, describe a la perfección y cien años después, de una forma sarcásticamente magistral e irónica la deformación de los hechos cotidianos de una sociedad, de un sistema tal cual lo entendemos y lo sufrimos. Me imagino que la de entonces también. Pero creo, en mi modesto entender, lo que describe visionariamente es a esta sociedad, la actual, de forma implacable e impecable. Que es la que hay, la que sufrimos. Que es lo que necesitamos entender para poder tomar conciencia, si lo pensamos, si nos fijamos bien, si lo reflexionamos de forma racional y lógica, de lo que ocurre a nuestro alrededor e incluso de nuestro proceder, de nuestro espejo. El inmediato y el lejano. En lo político, en lo cultural, en lo económico, en lo social, en lo familiar, en lo personal, en lo profesional…

Es decir, una sociedad de diálogos sordos; de monólogos eternos de querer imponer a toda costa; de intentar deformar la realidad subjetiva, pero especialmente la objetiva, de los hechos para acomodarlos a nuestros intereses; de caprichosa destrucción de las personas;  de la ineptitud para la escucha activa con el fin de ampliar el espectro de lo banal; de la desorientación del liderazgo; de idolatrar a los personajes incómodos por su rudeza y estupidez; de premiar la incertidumbre y la inseguridad; de ese horrible gusto por enfrentar posiciones paralelas que nunca tienen esa necesidad por converger; de la cultura ya muy arraigada de la hipocresía como si fuera un derecho inalienable; del refinamiento por distraerse de lo esencial; de no querer, ni poder, cuidar las palabras ni las formas; del insulto fácil y la destrucción simple de la dignidad; de la burocracia longeva; de los procesos y los proyectos no entendibles…

Comprender o captar el mensaje de esta descripción de la sociedad que anticipó Kafka nos es muy útil y práctico para planificar y gestionar. Y lo que es más importante, para vivir, para despertar del letargo a lo que estamos habituados a soportar.  Siempre digo que sólo de nosotros depende desterrar estas costumbres y formas de proceder, que por otra parte están muy de actualidad y muy arraigadas. En los debates, en nuestras conversaciones, en las charlas, en las noticias…en general. Tenemos que vivir, no subsistir. No tenemos que adaptarnos, sino liderar los cambios.

Ese es el libro que recomiendo. “El proceso”, el genial Franz Kafka. Estrategia y Gestión (en mayúsculas)  al más puro nivel de lo absurdo para entender la realidad absurda de hoy en día y así poder tomar decisiones transcendentales.



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