martes, 5 de diciembre de 2017

Uno de los mayores desatinos que me encuentro en las estrategias y la gestión de ciertas organizaciones, quizás demasiadas, es esa manía espectral de mirar hacia el pasado; a unir piezas inconexas que pretendan articular un nuevo sendero a recorrer sobre pasos ya andados. Es como si se deseara iluminar un mundo de tinieblas (con más densidad o no) cuyo fondo es un espectáculo oscuro de naturaleza severa. 

Mi consejo que es siempre el mismo, eso sí, adornado según matices de la organización donde me hallo, es no pensar tanto en un pasado al cual hay que considerar como una puerta ya cerrada de forma permanente. Es verdad que es inevitable arrastrar lastres. Incluso, analizar cosas o hechos con una mentalidad sin perspectiva histórica o incapaz de desenmascarar nuestras propias incapacidades.
A muchos les asusta el gen de lo nuevo, de los cambios. Quizás les atraiga jugar con el peligroso mito del eterno retorno. O bien les encanta esa posición inmóvil de estar siempre mirando hacia atrás. Según sus argumentaciones, respetables en todo caso, es que están saturados a causa de esa agotadora espera de que las circunstancias sean las perfectas. Son, pues, de esa clase de personas que están muy acomodadas en la decisión de dejar el destino en otras manos y que ruedan en la noria de hablarse de sí mismo en vez de sus proyectos de vida o de negocios.
No meditan o incluso no creen estar suficientemente preparados para llegar a  convertirse en su propio mago que hiciese desaparecer para siempre lo que se produjo en el pasado. Parecen disfrutar en sufrir por dos veces sin percatarse de que es una pérdida de tiempo. No es imprescindible dejarse fluir hacia donde nos lleva el paisaje de nuestras vidas o retos profesionales; es más simple que eso, es anticiparse en el disfrute de ese paisaje y poderlo manejar por lo que uno quiere.
Ya somos todo lo que nos ha pasado. No debemos flagelarnos por el hecho de que la vida no haya transcurrido por el camino que deseábamos. Es esencial vivir nuestras propias vidas, dejando al vaivén del olvido lo que deberíamos haber hecho o dejado de hacer. Siempre es el momento idóneo de volver a dirigir el curso de nuestras vidas. Es más, los huecos del entorno donde aportar nuestro granito de arena siguen estando disponibles.
Ni siquiera las organizaciones más preparadas, ni las mismas personas que la integran, ni la vida laboral o profesional, pueden huir de las expresiones pretendidamente ciertas o severas, o que intenten prevalecer opiniones o de que se hable bien o mal de uno. En ciertos errores o fracasos, soy de la opinión que hay que seguir creyendo en el entorno que nos rodea, aún a riesgo de observarlo desde ese habitáculo del silencio en el que muchas personas se sienten acomodadas.
Nada se gana mirando atrás. Ni haber hecho o dejado de hacer.
Es vivir nuestras vidas. Hay más campo siendo optimistas.