jueves, 8 de marzo de 2018

Escribir sin palabras. O cómo escribir una carta que no piensas enviar. Da igual. Dos cosas formadas por su propia simetría; por un vacío de tejer y moldear un relato de cortezas fosilizadas en nuestro propio miedo. Si uno lo piensa a conciencia es el relato absurdo del mundo que vivimos de singular prestancia y vulgar decadencia y de principios. Alguien pensará que exagero. Es posible o quizás me guste exagerar las cosas exhibiéndolas en su punto más extremo y más radical, pero al fin y al cabo de un relato real. Constante. Diario.

Nos empeñamos en la necesidad de tener mitos de carne y hueso; de esos espejos iluminados e iluminantes que nos impregnan de anhelantes fantasías. Esa es la radicalidad. A mí, personalmente y profesionalmente, me gusta pensar que no debería ser así. Que el mito está en nuestro interior, en nuestro protagonismo, en nuestro modo de vida. Pienso que los mitos allende a nuestra personalidad provocan tensiones sostenibles (o insostenibles) que corroen como el ácido nuestros pensamientos, y lo más preocupante, nuestros sentimientos. Los mitos insertan leña para nuestro peregrinar de las obsesiones.  
Escribimos sin palabras. Al menos las que no deberíamos escribir. Somos incapaces de reconstruir una historia a causa de nuestra enfermiza confianza en los dotes de persuasión y no entender al mismo tiempo que la gente pueda discrepar. No sabemos expresarnos en un mundo que no sabe escuchar y por tanto queremos coincidir sin que lo parezca disfrutando de la incapacidad de sortear las sandeces.
Los libros no se pueden leer eternamente. Alguna vez hay que cerrarlos. El problema es que lo clausuramos en una lectura inacabada como esa felicidad que puede inscribirse en un instante fugaz. Al final, extraemos lecciones de ese incompleto manual queriendo construir nuestro propio mundo en breves líneas y con rostros de emoción cambiante y parasitismo.
Los milagros no duran para siempre, especialmente los de los demás. Si queremos moldear palabras de lo inexplicable, escribiremos en el vacío, sin palabras, en relatos sin transcendencia, o mejor dicho, relatos que se ahogarán por sí mismo en la rueda de la intrascendencia.
La gente cree a pie juntillas en el poder de las expectativas, cuando lo que importa es el ahora, incluso en nuestros planes de futuro. Nuestro paso de ventaja sobre uno mismo empieza disfrutando de la envolvente vida cotidiana desterrando la severidad de formas en el territorio de las sombras.
Es lícito escribir sin palabras con la tinta de la necia altanería. Pero corremos el riesgo de que se quede en nada y en la nada. Es por ello que existen las burbujas. Una palabra muy habitual en la que nos encanta sumergirnos en el vaivén del entorno y que ensalzamos sin una pizca de análisis.
Escribir palabras sabias con relatos que impulsen un paso firme de ventaja sobre nosotros mismos. Sin burbujas. Así será factible que las cartas lleguen a su destinatario, que no es otro que nuestra evolución constante.

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