martes, 24 de abril de 2018


Lo sé. Plenamente consciente soy de ello. Es más, siempre lo he sabido. Este es el mejor momento de la (mi) vida. Es el presente que acaricio en cada instante. En todos los presentes que llevo de camino en mis cincuenta y tan pocos años de recorrido. Lo fue en mi niñez, en mi adolescencia y las etapas posteriores. Quizás sea mi afición por conducir. Desde los trayectos por las interminables y llanas autovías, o por valles llenos de plenitud de bellísimos paisajes, por carreteras solitarias, por senderos intransitables, por lúgubres medianías de baches caprichosos, por montañas escarpadas e indómitas, hasta por desiertos de dunas impenetrables o incluso he disfrutado atravesando túneles configurados por la sorpresa y creatividad de la ingeniería humana.


Todo es un mejor momento. Si de algo he sido testigo es de saber aprovechar los vaivenes de la senda de la vida. He sido muy afortunado. Lo vivido ha sido siempre óptimo aprendiendo a aprender de las circunstancias y la sensibilidad de la longitud y altitud de las relaciones con mis semejantes. Mi mayor éxito ha sido emparejar mi empuje con el camino de la vida.

Elijo a las personas que crean valor o pueden crearlo en la proximidad. No he tenido ningún remordimiento en apartar al enjambre de mediocres que intentaban inyectar toxicidad o sombras en mi bienestar. Es en el fondo un arte sutil que va modelando el destino con los manejos del espacio y por encima de todo, del tiempo.

Cada día, cada instante, cada momento, va incrementando mi entusiasmo por la luz que proyecta el silencio de saber escuchar, de hacer lo correcto en la excelencia de lo que yo sólo en mi independencia pienso que es delicadeza y bondad, de reconocer la crítica, de otear en la cercanía los recuerdos que brillan en mi memoria, de la paciencia que simboliza la lluvia, del frescor de la cándida nieve, de prescindir de cualquier posibilidad de síndrome de inferioridad, de no dejar piedra que levantar, de distinguir con nitidez el momento siguiente, de querer a los que me quieren, de comprender a los que no me entienden, de cumplir los sueños que solo son míos, de flotar en la burbuja de mi imaginación, de proteger y cuidar a las personas más cercanas a mí, del derecho a elegir mi propio destino en cada segundo, de no obcecarme con conquistar la estima ajena, de procurar acompasar mis pasos con la simplicidad de una melodía.

Es el mejor momento de la (mi) vida. Sin duda. El de mañana también lo será, como le ocurrió a mi pasado. Me siento inmortal frente a la fugacidad de las cosas. He ido perfeccionando en el modo de fluir la vida a darle valor a las cosas, a los acontecimientos, a la confianza en la condición humana, a trazar con las reglas establecidas por mi razón el círculo de formas de convivencia magistral, a desterrar las expectativas de la otra orilla inalcanzable de los absolutos, a dejar de sufrir con las decisiones.

Nunca me ha atraído la nada, ni el vacío de los textos invisibles, ni siquiera imitar la apariencia de un hombre plagado de éxitos. Ya no me cautivan las redes sociales que cada vez utilizo menos. Escribo por mí y para mí. Me encantan los libros, y por tanto descubrir la estética de lo desconocido, del conocimiento, de dejar las cosas en paz, de observar mi entorno, de aullar sin ruido, de aceptar la continuidad del presente, de buscar lo que se ignora, de construir un hogar a la imaginación.

Es el mejor momento de mi vida. De la vida. Lo es siempre. Sólo hay que encauzarla y aprovecharse de ella.