martes, 19 de junio de 2018


Escribe Éric Vuillard en su brillante libro “El Orden del Día” (Tusquets Ediciones, 2018), que “…nunca se cae dos veces por el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y pavor…”.  Una reflexión que, sin embargo, a la vista de ciertos comportamientos inmorales del ser humano, no estoy del todo de acuerdo. Solo hay que fijarse en la realidad. Yo la hubiera escrito de la siguiente manera: “El ser humano es capaz de caer infinidad de veces por un abismo sin un ápice de ridículo, y una alta dosis contradictoria de pavor.”

No creo que exista en el universo inimaginable, un poder tan estúpidamente destructivo como el del ser humano. Tanto ajeno como propio. No es cuestión de valores metafísicos, de ética básica, de fe en la moral, de marca ponderada, de aptitudes irresolubles. Más bien de actitudes groseras de un ser humano incapaz de emparejar su paso en el sendero de la vida, de una irrefrenable e inexplicable atracción por la nada, pero hábil en la reinvención del truco permanente de su utopía pero que se desvanece en el instante de afrontar el extraño sentido de la autenticidad.

A falta de gloria, uno va y se la fantasea, sin ni siquiera arriesgarse a perder el latido de lo incierto.  Un ser humano capaz, eso sí, de detenerse más de lo necesario en lo nimio, en lo trivial, en lo circunstancial, haciendo dramas del más pequeño contratiempo. El ser humano es inmaduro con su sueño realizable, pero consistente al creerse su propia fábula observando a la vida en simetría imperfecta y evidenciando que se está a falta de algo muy propio que rodea en un universo limitado que paradójicamente uno mismo se ha creado.

Traiciones, mentiras, distorsiones de la realidad, argumentos que justifican batallas, denigración del semejante, intereses ocultos, el poder por el poder. En fin, inacabables lágrimas tal cual las lloramos, que incrementan, lubrican, el agujero en la textura y formas de las cosas.



Si uno se fija bien, todo este universo se fundamenta en limitar la apariencia de querer ser un ser humano corriente, de pretender contar las cosas exagerando un coraje que no tenemos, de la búsqueda incesante de la conexión de los enchufes que nos conectan fuera del tiempo.

Claro que somos capaces de caer más de una vez por un abismo abrazándonos misteriosamente a nosotros mismos, con indolente placidez, compensando los vacíos de este vacío, discurriendo los pensamientos al borde del precipicio de la aventura. En el fondo, nos encanta arriesgar la sencillez del destino, nos atrae la tristeza, el déjame tranquilo en mi rincón favorito que así dispongo del tiempo a disgusto, soportando con enorme dolor la joroba del conformismo.

El ser humano siempre está presto a aprender a juzgar al vecino, pero es incapaz de reinventar su propio modo de representación ante el mundo. Disfruta la estética del desconcierto, le encanta vivir en el caos de horizontes muy lejanos ebrios de ensoñación, le gusta estar en la sombra del éxito que no ha emprendido.

Así somos; y lo sé, no todos nos comportamos así. Pero, el poder de la comunicación engañosa y trolera asciende a quienes sí lo son y por consiguiente a que todos paguemos injustamente la fractura de nuestra condición de ser humano.

Es la creíble irrealidad que se torea cada día a través del prisma de una caída por el abismo permanente de la misma existencia que uno se ha creado pretendiendo volar a muchos sitios a la vez oculto por la apariencia fingida.

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