miércoles, 12 de septiembre de 2018

El 12.9.18 por Roberto MARTÍNEZ en , , , ,    Sin comentarios

Me lo imagino sentado cómodamente en un placentero sillón. A estas horas tan tempranas, ya volverá a estar al tanto de lo que ocurre en el mundo terrenal desde esta nueva perspectiva que le da las privilegiadas alturas del mejor de los Paraísos. Los responsables de su nuevo Hogar, entusiasmados de tener un nuevo huésped de tan inmensa categoría, se habrán apresurado en proporcionarle todo tipo de sutilezas y facilidades con el fin de que pueda seguir con mesura y atención todos los acontecimientos que abajo le encandilaban. Y por supuesto a cuidar de sus seres queridos.


Es ahora un Cielo enriquecido al máximo de una persona inigualable, irrepetible, excelente padre, ejemplar esposo, un tipo muy especial, humilde, sincero, sensible, extraordinario en todos los matices y sensibilidades que queramos instituir. Un tipo de persona, de personalidad, que, de no haber existido, habría tenido que tener que ser inventada. Una huella abismal que nos ha dejado huérfanos y muy vacíos de espíritu. Un listón muy difícil de superar.

No me alberga ninguna duda de que ya habrá tenido esos intercambios de opinión con sus nuevos allegados acerca del partido de ayer de la selección española, entre ellos a su queridísimo hermano al que yo también tanto veneraba; tan pasional como cuando juega su equipo del corazón que es el Real Madrid. Desconozco si en tan magnos lugares del Reino de los Mejores existirá un pequeño bar donde poder hacerlo a la vez de compartir el primer café de la mañana. Si no es así, le apadrinarán uno de inmediato.

Que si fulanito o menganito son jugadores magistrales, que el otro lo podía haber hecho mejor, que qué malo es este, que el árbitro, que si este entrenador tan rarito, … Si Florentino estuviera al tanto de lo que esta persona defendía y quería al equipo merengue, no tengo ninguna duda que lo haría socio de honor con todos los reconocimientos posibles.

Hizo de su profesión de panadero un arte. De su máximo hobby, la colombicultura, un experto sin igual. Criaba, seleccionaba y adiestraba sus palomos para las competiciones con una maestría y vocación ejemplar. Algún concurso de primerísimo nivel debería llevar ya su nombre en justo homenaje.

Me encantaba escucharle, de cualquier tema que se planteara, con esa expresión de voz y gestos corporales inimitables. Era la única persona a la que no me molestaba la exageración de sus tonos y sus diatribas. Es más, lo agradecía. Tenía ese don especial al alcance de muy pocos, de encandilar en profundidad con sus razonamientos y sus lógicas.

Lo admiraba, mejor dicho, lo admiro, y lo admiraré siempre. Como un padre. En mayúsculas. Su pérdida, inesperada y a contrapié, me ha dejado un hueco enorme en el alma, imposible de rellenar. Y estoy seguro que formará parte de ese pequeño elenco de personas, cuatro, instaladas en un lugar muy privilegiado en el Cielo, que vela por mí. Esa especie de ángel de la guarda que todos llevamos consigo.

Sé también que me perdonará por no haberle acompañado en su último acto entre los vivos. La cobardía de las circunstancias, familiares, las que sean y no importan de qué clase, me lo impidió. No sé todavía a estas alturas si hice mal o bien; lo único que sé es que pienso en él todos los días, del recuerdo de sus actos que me extrae cada sonrisa, y en lo bueno de su sencilla ejemplaridad; muchísimo más que en no haber ido a acompañarle o haber dado el pésame a quien era imprescindible hacerlo.

Son palabras Justas, insuficientes, para quién lo merecía todo. Ahora, acompañado también de su hermano del alma, y tan especial y tan cálidamente humano como él, podrán impartir en el Reino de los Mejores unas clases magistrales de buenismo que tanta falta nos hace aquí abajo.

Tres hermanos, dos ya juntos de nuevo, y otro que habita actualmente en la Patagonia argentina. Cuál de los tres más increíble. No existe en el mundo libro capaz de albergar las inmensas cualidades humanas de todo ellos.

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